Las corridas como metáfora de la desconexión

21 de octubre de 2016 (20:35 CET)

En 1971, Manolo Escobar cantaba una de esas canciones cutres del tardofranquismo, cuya primera estrofa empieza así: "No me gusta que a los toros/ te pongas la minifalda (bis). /La gente mira parriba, /porque quieren ver tu cara/ y quieren ver tus rodillas. /Los niñatos tan pesaos/ no dejan de contemplarte./ Me rebelo y me rebelo, /y tengo que pelearme/ y a los toros no los veo./ Así que tú ya lo sabes,/ no te pongas minifalda,/ que los toros de esta tarde/ yo tengo ganas de verlos/ sin pelearme con nadie".

La cancioncita de marras, titulada La Minifalda, con letra y música de Ruiz Venegas y Felipe Campuzano, era un compendio de tópicos machistas a ritmo de sevillanas que se incluyó en la película Me debes un muerto del director y guionista José Luís Sáenz de Heredia, digamos el cineasta de la dictadura franquista y director de la Escuela Oficial de Cine, coprotagonizada por Concha Velasco. No siento ninguna nostalgia ni ningún respeto por aquellos tiempos paupérrimos del franquismo. Me dan asco, en todo caso. Lo que incluye las corridas de toros televisadas en horario infantil por la única cadena oficial que existía entonces, la muy franquista, también, RTVE.

Mi educación sentimental se forja en el antifranquismo familiar y el catalanismo. En mi caso nunca me hablaron mal de las corridas, simplemente no existían en nuestro imaginario simbólico. Puede ser que la razón fuese que mis padres y su círculo de amistades dirigían su mirada hacia Europa a través de la música sinfónica y la literatura. Con unos padres como los míos, Mary Quant, la diseñadora inglesa que inventó la minifalda en la década de los años sesenta, tenía más puntos de ser admirada que Manolo Escobar y Concha Velasco.

Deshacerse de la roña franquista no ha sido fácil, en primer lugar porque muchos de los que hoy mienten sobre eso que llaman memoria histórica, también fueron cómplices del silencio que pactaron franquistas y antifranquistas para dar cauce a la transición. Y eso vale para Ricard Vinyes y Manel Risques, responsables del desaguisado perpetrado en El Born, que entonces eran militantes del PSUC después de escindirse de Bandera Roja.

Pero volvamos a los toros, porque la performance revisionista de los comunes ha acabado corneada por la ira popular ante tamaña tomadura de pelo.

Este jueves, el Tribunal Constitucional ha anulado la ley catalana que prohibía las corridas de toros, al considerar que la norma invadía las competencias del Estado en materia de Cultura. La decisión se ha adoptado por ocho votos a tres, lo que evidencia que hay magistrados discrepantes que emitirán un voto particular favorable a la constitucionalidad de la norma y no sabemos si a la prohibición de las corridas.

La sentencia reconoce que Cataluña tiene competencia para regular los espectáculos públicos y para proteger a los animales, y que dentro de esas competencias podría incluir, en principio, la prohibición de las corridas con el fin de proteger a los animales. Pero por otro lado hay que tener en cuenta que, en el ejercicio de sus competencias sobre Cultura, el Estado ha dictado leyes declarando la tauromaquia como patrimonio cultural.

Que las corridas de toros sean patrimonio cultural es como declarar patrimonio de la humanidad la silla eléctrica, cuyo uso aún sigue vigente en algunos estados de los EEUU. ¡Qué barbaridad, me dirán ustedes!

No lo duden, las corridas lo son y cuando adquirieron la forma de Fiesta Nacional se convirtieron en uno de los mayores elogios de la imbecilidad humana, de esa España vacía que describe certeramente Sergio del Molino.

Los ocho magistrados favorables a la restitución de las corridas en Cataluña hacen también consideraciones sobre la diversidad cultural para indicar la imposibilidad de que un gobierno autonómico pueda prohibir, en una parte del territorio español, una celebración, festejo, o en general, una manifestación de una arraigada tradición cultural española. No salgo de mi asombro por el cinismo que desprende la sentencia, especialmente porque en las africanas Islas Canarias las corridas de toros están prohibidas por ley desde hace muchos años.

La iniciativa de prohibir corridas en Cataluña fue de las asociaciones animalistas, a través de una iniciativa legislativa popular, y no de ninguna conspiración catalanista, por lo que está claro que lo que argumenta el TC está escrito en clave nacionalista española.

Se quiere resarcir a los patriotas españoles del ataque de cuernos que les entró cuando el legislativo catalán aprobó la prohibición. Que a estas alturas las corridas puedan ser consideradas la fiesta nacional española da vómito. La exaltación del primitivismo, que no dudo que haya sido fuente de inspiración para muchos y muy buenos artistas, como para otros lo es la escatología, demuestra el gran fracaso del nacionalismo español, abortado por sus mismos promotores cuando sólo triunfa si se impone.

Los toros, asociados a las cancioncilla de Manolo Escobar, es el puro retrato de la España negra. La España antimoderna que ignora, una vez más, que el mundo libre se sostiene en el respeto a los derechos humanos y de los animales. "Matar toros es cultura, poner urnas es un crimen" reza una pegatina que corre por las redes sociales. Esa es la paradoja de la España del PP-PSOE, los viejos partidos de la segunda Restauración monárquica y cuya incidencia electoral en Cataluña es perfectamente descriptible a tenor de los resultados electorales.

La sentencia de los ocho magistrados del TC es un viaje en el tiempo, un paso atrás y una estocada a la soberanía del Parlamento catalán que el Govern no va a consentir: "El TC puede decidir lo que quiera, pero nosotros ya decidimos hace tiempo que no habría toros en Catalunya. Estamos hablando de qué tipo de país queremos... Eso es inalterable para nosotros" —sentenció el consejero de Territorio y Sostenibilidad Josep Rull.

La mayoría de los catalanes apoyan ese desacato y eso es lo que va a suceder de ahora en adelante. En muchos aspectos Cataluña ya está desconectada de España. El TC lo va poniendo fácil sentencia tras sentencia, cubriéndose las pantorrillas ante el escándalo de la minifalda.
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