La ruleta catalana

14 de octubre de 2016 (01:00 CET)

No deja de ser una paradoja que aun cuando la complejidad de los estados contemporáneos y su incardinación global es cada vez mayor, se recurra a la oferta de soluciones antiguas para dirimir problemas modernos.

Tal es el caso de la apelación al referéndum como solución mágica, a pesar de que la realidad nos demuestra que todo lo que suelen lograr los plebiscitos es debilitar la democracia y enquistar las divisiones políticas, tal y como acabamos de ver en el Reino Unido.

En cualquier caso, este tipo de ataque en la línea de flotación de la democracia representativa no es nuevo. Ya en su día Jean-Jacques Rousseau se mofaba del parlamentarismo electo, mientras que los sans-culotte exigían que los representantes nacionales siguiesen estrictamente las consignas dadas por las asambleas locales permanentes.

No se nos puede escapar que los escenarios controlados son el caldo de cultivo ideal para que florezca y prevalezca la demagogia populista. Esta es una lección que no pasó desapercibida a Napoleón Bonaparte, pionero en tiempos modernos en el uso del referéndum como instrumento para legitimar la toma y mantenimiento del poder, procedimiento imitado más recientemente por Hitler, Franco, Perón, Slobodan Milosevic o Chávez.

Ciertamente, la aparición de populismos plebiscitarios requiere de situaciones sociales extraordinarias. Cambiando el foco a la situación española actual, veremos que el país está atenazado por dos clases de populismo que abogan por lo refrendario. El surgimiento casi simultáneo de ambos fenómenos populistas es una réplica sísmica de las dos crisis sistémicas que atenazaron a España: la causada por los atentados del 11M de 2004 y la creada por la crisis económica de 2008 que dio luz al movimiento 15M. En este sentido, tanto el populismo bolivariano como el catalanista son un síntoma, antes que una causa.

Tras su puesta de largo, ambos populismos han ido confluyendo en modos de actuación diseñados para llegar al referéndum en las condiciones más favorables para sus propios fines.

Así, evitan sistemáticamente concretar contenidos específicos, elaborando una narrativa que es una forma de pensar las identidades sociales para articular demandas dispersas y una manera de construir lo político. Es decir, un populismo basado en una lógica política transversal a ideologías y carente de propuestas políticas definitorias para permitir que sus seguidores imaginen sus propios paraísos artificiales.

Esto último es condición necesaria para alcanzar lograr una masa crítica capaz de ganar un plebiscito. Es por ello que el referéndum es la herramienta ideal para los populismos, al ser un movimiento antes que un programa, lo que les permite vehicular el acceso al poder mediante propuestas vacías de contenido.

La otra característica común es el afán por desarrollar lo político en base a la previa construcción de "El Pueblo", confín político que cohesiona el proyecto político en un campo común, y arrincona a su vez al adversario. Este confín político es instrumental para habilitar un sujeto político difuso y heterogéneo guiado por las emociones, fácilmente manipulable en un referéndum. Esto es imprescindible, dado que el marco de referencia que crea la celebración de un referéndum limita el debate a unas pocas variables, determinadas y condicionadas por el promotor del referéndum en su pregunta. El objetivo es polarizar el debate, hurtando así los beneficios deliberativos que son inherentes a la democracia representativa.

La premisa fundamental de un referéndum es llevar a que el poder se ejerza otorgando la responsabilidad a una indeterminada "voluntad general" que circunvala la responsabilidad de los políticos electos, muy a pesar de que los efectos de un referéndum tienen consecuencias permanentes de difícil reversión. No obstante, un referéndum otorga un poder desmedido a los medios de comunicación y a celebridades que pueden despachar cuestiones complejas con argumentos populistas, desincentivando el voto de quienes dudan por no sostener posiciones predeterminadas, dando así ventaja a los fanáticos que hacen del voto un acto de fe.

Si estos últimos ganan, cristalizan una tiranía de la mayoría conquistada mediante la manipulación de emociones. Y sin embargo, el rasgo fundamental de un Sistema Democrático es que está basado en el Imperio de la Ley. Es decir, que es un Estado de Derecho voluntariamente constituido mediante normas que obligan y protegen a todos sus ciudadanos por igual, impidiendo que la mayoría oprima a la minoría.

Y precisamente para evitar que las minorías vean sus derechos vulnerados por la tiranía de la mayoría, la Constitución Española deja un número substancial de derechos fundamentales fuera del alcance de la simple regla de la mayoría ejercida a través de pretendido "derecho a decidir" qué es tan arbitrario como inexistente en el derecho internacional.

En definitiva: reducir la democracia al ejercicio del voto es una falacia simplista que toma la parte por el todo y con la meta de crear un estado de opinión favorable a tomar atajos procedimentales para alcanzar fines partidistas saltándose las garantías constitucionales que nos hemos dado.
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