La muerte de la mayoría que nunca existió

13 de junio de 2016 (01:00 CET)

Sí, ya sé que parece un título sin sentido, porque no puede morir algo que nunca existió, pero esto es lo que ha sucedido con la ruptura del pacto de estabilidad parlamentaria firmado por Junts pel Sí y la CUP.

Aquel fue ya en su mismo origen un pacto falso, basado en una lectura errónea de los resultados de unas elecciones autonómicas planteadas en clave plebiscitaria pero que desde Junts pel Sí se quisieron interpretar de forma interesada: no se asumió que el porcentaje de todos los votos independentistas no llegaba ni tan siquiera al 48% y se optó por contar escaños, sumando los 10 de la CUP a los 62 de la coalición de CDC, ERC e independentistas diversos.

Por cierto, la suma resultante, 72 diputados, era la misma conseguida en los comicios autonómicos de 2010 solo por CiU y ERC y quedaba por debajo de los 74 escaños obtenidos en 2012 por CiU, ERC y CUP. Nada importaron todas estas cifras. Nada importó retorcer los datos y negar la pérdida del plebiscito planteado.

Todo lo que hemos vivido desde entonces ha sido penoso. A nadie con un conocimiento mínimo de la CUP le ha podido extrañar. Lo raro fue que una coalición articulada por CDC y ERC pactase con un grupo político antisistema como ha sido siempre la CUP.

Anticapitalista y antieuropeísta, asamblearia y sobre todo partidaria de romper con el Estado de derecho mediante una declaración unilateral de independencia precedida por el desacato sistemático de la vigente legalidad constitucional, la CUP estaba, está y estará siempre en las antípodas de los planteamientos ideológicos y políticos de CDC y ERC, con quienes tiene un único punto de aparente coincidencia: la reivindicación independentista. Y digo aparente porque el objetivo de la CUP no es solo la independencia de Cataluña, como al menos por ahora defienden tanto CDC como ERC, sino la de todos los territorios de habla catalana, incluyendo por tanto Valencia y Baleares.

Solo desde la desesperación causada por la pérdida incuestionable del plebiscito en que quisieron convertir las elecciones autonómicas de 2015 se puede entender que CDC y ERC se agarrasen al apoyo de la CUP como último recurso para intentar mantener la ficción de un proyecto político, el de la independencia por la vía rápida y expeditiva trazado por Artur Mas.

Su sucesor o sustituto, Carles Puigdemont, ha reconocido que no hubiese aceptado la presidencia de la Generalitat si hubiese sabido que su continuidad en el cargo estaba condicionada al veto de la CUP. Pero esto era así y fuimos muchos quienes desde el mismo momento de su investidura presidencial lo constatamos.

La CUP ha sido, es y muy probablemente seguirá siendo coherente con sus principios ideológicos, políticos y de funcionamiento interno. Es posible incluso que en futuros comicios esta coherencia le reste apoyos.

Lo que no ha sido coherente en ningún momento es que Junts pel Sí, y en concreto CDC y ERC, se sometieran a la CUP cuando estaba claro que aquel pacto nació ya muerto.

A Carles Puigdemont se le plantea ahora un dilema de resolución harto difícil. En septiembre, cuando se someta a una moción de confianza en el parlamento catalán, Puigdemont deberá escoger entre seguir con la ensoñación del proyecto independentista por la vía rápida, que le abocaría de nuevo a un pacto de segura inestabilidad con la CUP, o aparcar este proyecto y optar por el pragmatismo que le podría garantizar los votos y las abstenciones que le permitieran gobernar de forma estable. Entonces, y solo entonces, podrá intentar hacer frente a los cada vez más graves y acuciantes problemas económicos, sociales, financieros, políticos e institucionales que sufre Cataluña. 

Si Puigdemont no escoge entre una u otra opción, la ciudadanía de Cataluña será convocada de nuevo a unas nuevas elecciones autonómicas, tal vez este mismo año. Serían ya las cuartas en apenas seis años.

 

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