La secretaria general de ERC y número dos en la lista, Marta Rovira (d), junto a la presidenta del Parlament y número cuatro de la lista, Carme Forcadell (i), durante el acto de inicio de camapaña para las próximas elecciones catalanas del 21 de diciembr

La larga noche del 21-D

La noche del 21-D dejará al descubierto las dificultades para articular una mayoría sólida y la necesidad de tender puentes

Es más que probable que la noche del 21-D sea muy larga. Puede suceder incluso que no conozcamos el resultado oficial definitivo de las elecciones autonómicas catalanas y, en concreto, el número de escaños correspondientes a cada una de las formaciones políticas que concurren a estos comicios, hasta la madrugada del 22-D o incluso algunas horas más allá.

No es ningún despropósito pensar que las coberturas informativas de todos los medios de comunicación sobre el tradicional sorteo de Navidad se entremezclen ya con las últimas asignaciones de algunos escaños decisivos. Podría suceder incluso que se produjeran algunos recursos y que no conociéramos la composición final de la nueva legislatura del Parlamento catalán hasta pasados algunos días.

Esto puede ser así porque todo apunta a que los resultados definitivos de estas elecciones tan excepcionales pueden ser muy ajustados, tanto entre los dos grandes bloques que concurren a ellas -los secesionistas de Juntspercat, ERC y CUP por un lado y los constitucionalistas de PSC, C’s y PP por el otro, con CECP en una supuesta equidistancia- como entre las cuatro candidaturas que  ahora parecen contar con posibilidades reales de quedar en primera posición -ERC, C’s, PSC y Juntspercat- y las otras tres que todo apunta que se disputarán las últimas plazas.

Las coberturas informativas sobre el 21-D se solaparán con el sorteo de Navidad

De este resultado final dependerá la configuración definitiva del mapa parlamentario catalán en esta nueva legislatura, y en concreto la existencia o no de una nueva mayoría absoluta independentista -algo que ahora parece improbable pero que sigue siendo posible- y la posibilidad de alguna mayoría alternativa, que sea capaz de sacar a Catalunya de este callejón sin salida al que la han conducido los dirigentes secesionistas durante estos últimos cinco largos e interminables años de desatinos.

De victoria en victoria, el independentismo catalán puede llegar ya a su derrota final. Es lo más previsible. Con un elevado nivel de participación ciudadana, que puede estar entre el 81 y el 85%, es difícil que la suma de votos de ERC, Juntspercat y CUP supere el 45%, lo que les alejaría de los 68 escaños de la mayoría absoluta incluso con una legislación electoral que les beneficia al primar el voto rural al urbano.

Sin embargo, incluso dando ya por descontada la probable desaparición de la mayoría absoluta independentista, está por ver cómo se podrá articular una nueva mayoría parlamentaria que permita no solo la investidura de un nuevo presidente de la Generalitat sino que garantice la necesaria estabilidad al gobierno que encabece.

 Es una incógnita cómo se articulará una nueva mayoría parlamentaria 

Porque lo que Cataluña necesita ahora más que nunca es estabilidad parlamentaria y política, seguridad jurídica y paz social y ciudadana. Únicamente desde esta base la sociedad catalana podrá poner fin a este descabellado viaje a ninguna parte que ha tenido lugar durante estos últimos cinco años, con una aceleración creciente que ha llegado a su paroxismo en estos últimos cuatro meses finales, de auténtica locura.

Desde los días 6 y 7 del pasado mes de septiembre, cuando la mayoría parlamentaria secesionista abolió de un plumazo tanto la Constitución española como el vigente Estatuto de Autonomía de Catalunya, los hechos sucedidos han llevado a la ciudadanía catalana al borde mismo del precipicio. El resultado por ahora ha sido ir de una ilusoria preindependencia a una real preautonomía, con la Generalitat intervenida por el Gobierno español.

Situación a la que se unen tres circunstancias excepcionales: que el expresidente de la Generalitat Carles Puigdemont y cuatro de sus antiguos consejeros están huidos en Bruselas; que el exvicepresidente Oriol Junqueras, el exconsejero Joaquim Forn y los dos principales dirigentes de las asociaciones secesionistas están prisión provisional por orden judicial; y que Artur Mas, además de otros destacados miembros del movimiento independentista tienen sobre ellos graves acusaciones en causas abiertas en el Tribunal Supremo y en otras instancias judiciales.

Los resultados del 'procés': caída económica, peores previsiones y fractura social irreparable

Está claro que los dirigentes secesionistas no fueron capaces de hacer ni tan siquiera un simple cálculo de la correlación de fuerzas existente entre ellos y el poder del Estado. Despreciaron o menospreciaron a más de la mitad de la ciudadanía catalana, no supieron entender que la fuerza del Estado de derecho es, en una democracia, un poder insoslayable, y se creyeron sus propias falacias y mentiras.

Los resultados están a la vista están: pérdidas económicas ahora ya extraordinarias, previsiones fatales si se persistiera en este despropósito, un desprestigio internacional evidenciado en todo tipo de sectores y, sin duda lo más grave, una profunda y por ahora todavía irreparable fractura social que no se curará fácilmente.

De ahí la trascendencia enorme de lo que suceda el próximo 21-D. Después de la previsiblemente muy larga noche de recuento de votos, cuando conozcamos de forma oficial y definitiva los resultados finales de la asignación de los 135 escaños del Parlament, habrá llegado la hora de tender puentes entre un bloque y el otro, de iniciar un diálogo abierto y sin condiciones, de intentar recomponer los cristales rotos, de recoser todas las telas escindidas, de negociar y transaccionar.

Después del recuento llegará la hora de tender puentes

Y todo ello no con el objetivo falso e ilusorio de ser “un solo pueblo”, de caer de nuevo en la eterna pulsión del unanimismo que Pierre Vilar criticó tantas veces como uno de los defectos históricos del catalanismo, sino con la esperanza y la ilusión de regresar al tristemente abandonado camino del diálogo y el consenso, que en democracia es la única manera eficaz de servir al conjunto de una sociedad.

Para todo ello será necesario, no solo el abandono definitivo de la unilateralidad por la que apostaron los secesionistas, sino también el respeto a la legalidad democrática y el fin tanto de la espiral del silencio de estos últimos años como de la espiral del ruido de estos últimos meses. Y tender puentes, como a mi modo de ver solo puede hacer, hoy por hoy, un político honesto, riguroso y serio como Miquel Iceta, capaz de articular una nueva mayoría catalanista y progresista, transversal, inclusiva y no excluyente, capaz de recuperar la confianza en un país que ha estado a punto de suicidarse.   

Este artículo no refleja necesariamente la opinión del consejo editorial o de Economía Digital y sus accionistas.

Jordi García-Soler

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