Hasta un cerdo ciego encuentra una bellota

16 de septiembre de 2016 (19:00 CET)

"Si un ciego guía a otro ciego, ambos caerán en la hoya". No sé si Albert Rivera es tan agnóstico como servidor, pero por lo que he podido escuchar en una entrevista en 13tv, el líder de Ciudadanos ha optado, a diferencia de otros partidos, dirigentes y medios unionistas, por seguir la máxima se San Mateo y reconocer que la movilización independentista es todavía muy alta y que la participación popular en la Diada fue masiva. Preguntado por el entrevistador sobre si creía que el independentismo se había deshinchado, Rivera dijo: "Podría barrer para casa y decir que sí, pero este tipo de afirmaciones me parecen peligrosas." ¡Él sí que sabe!

En la Diada había miles, miles y miles de personas en la calle, reconoció Rivera, y seguramente su percepción no es muy distinta a la de los negacionistas madrileños, quienes se empeñan en negar en público lo que en privado les duele como un punzón en el vientre. Su condición de catalán, lo que le está perjudicando electoralmente, lleva a Rivera a ser más ecuánime que la mayoría de políticos unionistas. Es imposible que Rivera se pusiera una venda en los ojos para no ver lo obvio.

Puede que los partidos soberanistas hayan provocado ese error de percepción de los unionistas mostrando públicamente sus discrepancias. También puede ser que la gente esté un poco harta de esas reyertas fratricidas y por eso su aparición masiva en la calle es como el Guadiana, que sólo se deja ver en las grandes ocasiones. Y la Diada lo fue por quinta vez consecutiva.

A menudo los opinadores unionistas se dedican a destacar las debilidades del soberanismo catalán, que estoy seguro que no son pocas, sin prestar atención a sus propias flaquezas. Es un ejercicio de propaganda legítimo que no obstante puede comportar que sus partidarios se líen y confundan sus deseos con la realidad. Querer menospreciar la fuerza del independentismo catalán es, sencillamente, una estupidez por su parte.

A los que viven en Cataluña, ese apagón informativo, que incluso llega a las retransmisiones deportivas, no les va a engañar. Como se constató la noche del pasado martes, cuando Antena3Tv quiso ignorar lo que estaba pasando en el Camp Nou en los momentos previos al partido entre el Barça y el Celtic FC bajando el sonido ambiente o enfocando las cámaras hacia el cielo, la realidad es que el estadio se volvió a llenar de miles de banderas independentistas (se repartieron hasta 30.000 esteladas entre los culés) y la afición mostró su rechazo por las sanciones impuestas por la UEFA silbando el himno de la Champions y con gritos de "Independencia".

Una protesta que se repitió, como viene ocurriendo en todos los partidos, en el minuto 17:14 de la primera y la segunda parte. El gentío -más de 73.000 personas- que llenaba las gradas azulgranas demostró al mundo una vez más que el conflicto español con Cataluña no se resolverá dando la callada por respuesta. Más temprano que tarde los políticos españoles deberán darse cuenta de que ellos y los periodistas que les bailan el agua están contribuyendo a la unilateralidad del proceso de autodeterminación catalán.

¿Cuál es la diferencia entre información y propaganda? —se preguntaba el gran Walter Lippmann. La línea que les separa debería estar muy clara, pero en España la propaganda, incluso la propaganda "blanca", que es en la que se inscribe la actitud del otro día de Atresmedia, está sustituyendo a la información. Lippmann defendió siempre una visión de la propaganda de guerra en clave positiva, pero no hasta el punto de caer en la manipulación. Eso lo dejo para los populistas y reaccionarios.

Lippmann se opuso a los engaños que acabó imponiendo el también periodista George Creel en el seno del Commitee on Public Information, organismo impulsado por el presidente Woodrow Wilson inmediatamente después de obtener la autorización del Congreso para mandar tropas a luchar en la Primera Guerra Mundial. A diferencia de Creel, Lippmann consideraba que la propaganda debía ir orientada a difundir la verdad y proteger a la opinión pública de las informaciones tendenciosas o simplemente falsas.

Al final se impuso Creel, pero quien está considerado un intelectual como la copa de un pino es Lippmann, puesto que para él el periodismo debía ser la esencia de la democracia, ese cuarto poder que ya no es.

La democracia se basa en la libertad y el principal mandamiento que debería regir el comportamiento de los periodistas es poner en conocimiento de la opinión pública, de forma rápida y fiable, los hechos relevantes para que ésta pueda tomar sus decisiones y forjarse un criterio propio.

Los hechos no son artefactos culturales cuya veracidad dependa de quien los observa, como aseguraban los postmodernos contrarios al materialismo. Los hechos son la realidad desnuda, tangible. Lo que se puede ver y oír. Albert Rivera, quien no tiene un pelo de tonto, especialmente después del baño de realismo que le han dado las urnas y sus dos fracasados intentos de influir en la política española mediante la investidura del nuevo presidente de Gobierno, debió pensar en algo así cuando dijo con la mirada, en la tele de los curas, que, a veces, hasta un cerdo ciego encuentra una bellota.
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