Espejos y espejismos

16 de mayo de 2016 (01:00 CET)

Han pasado ya más de 40 años de la muerte de Franco. Llevamos ya casi cuatro décadas de democracia y libertad. Desde hace ya más de 36 años en Cataluña tenemos una autonomía con competencias muy amplias en casi todos los terrenos, con unos altos niveles de autogobierno, muy por encima de los que tienen en lo que se conocen como regiones en nuestro entorno europeo, e incluso en el marco mundial.

No obstante, los ciudadanos de Cataluña seguimos encerrados con un solo juguete. Así lo definía yo hace ya nada menos que 15 años en un artículo publicado en El País, retomando el título de la gran novela de Juan Marsé, para intentar reflejar el elevado grado de autismo en el que se movía la política catalana. Por desgracia seguimos igual. O tal vez peor, porque parece que nos hemos acostumbrado a vivir en una situación como esta.

Escribía entonces, entre otras cosas, que "Cataluña permanece, como siempre, encerrada con un solo juguete, ensimismada, como diría Raimon, en su soliloquio solipsista". Después de haber hecho saltar por los aires la unidad del catalanismo político plural, integrador y transversal, nacida en el antifranquismo y mantenida durante toda la transición, el nacionalismo político lleva demasiado tiempo mareando la perdiz con un debate identitario que le sirve de excusa perfecta para desatender las gravísimas urgencias de todo tipo que el conjunto de la sociedad catalana tiene planteadas.

Graves urgencias económicas y sociales, políticas e institucionales, de lucha contra el paro, la desigualdad, la corrupción y la creciente precarización de los servicios públicos esenciales, de los puestos de trabajo y de las prestaciones sociales mínimas, de la práctica extinción de la clase media y de ampliación alarmante de la pobreza. Todo ello lleva años subordinado al debate identitario.

Llevamos muchos años viendo cómo todo tipo de líderes nacionalistas nos proponen supuestos espejos en los que deberíamos mirarnos para ver cómo será Cataluña en el futuro.

Esta hipotética Arcadia feliz ha tenido hasta ahora gran número de espejos. Unos espejos tan dispares como pueden ser Quebec, Lituania, Kosovo, Letonia, Escocia, Massachussets, Estonia, Flandes, Holanda, Eslovaquia, Croacia, Eslovenia, Dinamarca, Noruega, Sudán del Sur y algunos más, a cual más disparatado.

Uno tras otro, todos aquellos espejos se han roto. No nos sirven. Eran, son y serán simples espejismos. Pero siguen siendo utilizados como espejos. No como espejos en los que podamos ver cómo será la Cataluña soñada del futuro sino como aquellos espejitos con los que los colonizadores sorprendían a los indígenas colonizados, usándolos para engañarles y someterles. 

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