El retorno del catalanismo

28 de julio de 2016 (01:00 CET)

Cerca de un millón de votos, desde el año 2012, han venido quedándose huérfanos en Cataluña. En el sostenido proceso que ha dinamitado el mapa de partidos catalanes a lo largo de los últimos, al menos, cuatro años, la oferta del centro derecha catalanista ha sufrido un acoso tan notable que ahora parece hibernada.

El arrebato independentista que sacude la Cataluña institucional parece haber ahogado al catalanismo.

Las ofertas políticas en Cataluña han implosionado a la par que el desgaste ocasionado por estas crisis que venimos viviendo desde el 2008 –económica, social, política e institucional- han sumido en el sufrimiento electoral a los partidos tradicionales españoles y han espoleado la articulación de nuevas formaciones políticas.

A menudo, en Cataluña y en el resto de España, estas nuevas ofertas políticas de urgencia han evidenciado su voluntad oportunista y en algunos casos sus mimbres populistas.

Y ahora, precisamente, está en juego la gobernabilidad del Estado y el fortalecimiento de la recuperación económica que ya es una realidad y que la inestabilidad política interior y los factores externos que suponen una amenaza, como el Brexit, pueden dañar.

En Cataluña, pues, al fragor de las consignas independentistas, la zozobra de los partidos tradicionales ha sido especialmente violenta y, en particular, en el campo del catalanismo ha sido letal.

Hasta el punto que Convergència i Unió, la federación que ha sido la gran protagonista del gobierno autonómico y que ha ostentado una parte muy importante del poder local, ha decidido finiquitar todo el valioso legado de más de treinta años de políticas responsables con la gobernabilidad del conjunto de España y de gobierno responsable y provechoso para el progreso social de todos los catalanes.

Incluso, al malgastar en un santiamén todo su patrimonio político, ha decidido desaparecer como partido político dando paso a una nueva formación que despierta, de momento, más malos presagios que felices certezas.

Por el camino, en un año, Convergència ha roto 30 años de coalición electoral e ideológica con Unió Democràtica de Catalunya, ha ensayado una alianza electoral y de gobierno con ERC y otros grupúsculos de izquierda dentro de Junts pel Sí, ha concurrido a unas elecciones generales bajo el nombre de Democràcia i Llibertat, y ahora adopta unas nuevas siglas como Partit Demòcrata Català. Un desatino.

¿Dónde está el catalanismo de centro derecha, firme en su defensa de la personalidad singular de Catalunya en el contexto español y responsable en el gobierno de lo común?

A estas alturas, cerca de un millón de votantes se hacen esta pregunta y no encuentran respuestas.
Hay que pensar que las cosas caen por su propio peso y que en esta fase de retroceso del suflé independentista y de perplejidad gubernamental en que parece instalado el primer gobierno independentista de la Cataluña moderna, las propuestas catalanistas que beben de la larga y serena tradición política que se articula hace 130 años tenderán a emerger de nuevo.

Se formularán como nuevo partido político y se presentarán con una propuesta nítida, real y convincente que sea capaz de dar respuesta y alivio a esos votantes, que son mayoría, que han sido sumidos a lo largo de estos últimos cuatro años en una orfandad progresiva.

Hoy ya existen los líderes que atesoran un excelente patrimonio político y cuya proyección está paralizada por el peso secesionista que anquilosa la política institucional en Cataluña.
Hay que retomar el hilo de responsabilidad, cordura e inteligencia catalanista que a lo largo de siglo y medio han hilvanado grandes nombres políticos como Balmes, Prim, Eugeni D'Ors, Cambó, Ventosa i Calvell, Tarradellas o Jordi Pujol.

Lo deberemos ver más temprano que tarde. Al gobierno actual de la Generalitat, si debemos atenernos a lo que los programas y las fuerzas que lo sustentan afirman, quizá no le quede ni un año de mandato.

Desde el mundo empresarial, que siempre entendemos que lo serio es agotar los mandatos y dar estabilidad a las instituciones, no compartimos estas legislaturas de 18 meses pregonadas con pompa. Pero de ser así, de no quedarle ni un año al vigente gobierno, se abrirá al menos una oportunidad para que las propuestas catalanistas tradicionales asuman el protagonismo que les corresponde.

Y que en Cataluña --y también en Madrid--, el catalanismo vuelva a hacer política, a trabajar a favor de los intereses de todos los catalanes y a corresponsabilizarse con la gobernabilidad de España.
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