¿Cuándo se jodió el PSOE?

10 de octubre de 2016 (01:00 CET)

La supuesta 'operación de Estado' orquestada para destituir a Pedro Sánchez como secretario general del PSOE, ejecutada desde el propio partido pero urdida con evidentes complicidades externas, abre un escenario inédito en la política española.

Sorprende comprobar cómo aquellos que obligaron a Pedro Sánchez a presentar su dimisión no tenían ningún plan B, ya que daban por sentado que la militancia socialista aceptaría sin más, de forma disciplinada y resignada, que el PSOE facilitara la nueva investidura de Mariano Rajoy mediante la abstención de sus diputados.

A la vista está que no es así: por ahora ya más de un tercio de los militantes han firmado la petición de la convocatoria extraordinaria y urgente de un congreso del partido, a la espera de superar el 50% del conjunto de la militancia para que la convocatoria sea automática, y las voces críticas con la deriva emprendida por la comisión gestora se extienden prácticamente por toda España, incluso en Andalucía.

Más aún: según las encuestas más recientes, Pedro Sánchez sigue siendo el candidato preferido por el electorado socialista y un cambio de candidato del PSOE en unas supuestas terceras elecciones legislativas comportaría la pérdida de más de un millón de votos, amén de la consumación del tan indeseado sorpasso de Podemos.

¿Cómo ha llegado hasta aquí el PSOE? ¿Cuándo se jodió el PSOE? Únicamente en dos ocasiones, en su ya mucho más que centenaria historia, este partido ha elegido a sus máximos dirigentes por voto directo de todos sus militantes, mediante unas elecciones primarias. Sucedió por vez primera en 1998, cuando el entonces secretario general, Joaquín Almunia, cayó derrotado frente a Josep Borrell como candidato a la presidencia del gobierno, y sucedió de nuevo en 2014, cuando Pedro Sánchez fue elegido secretario general.

En ambos casos los candidatos elegidos por el conjunto de la militancia fueron derrotados por una especie de despotismo, no sé si ilustrado pero en cualquier caso muy efectivo: Borrell dimitió apenas tres semanas después a causa tanto de la falta de apoyo de la dirección del partido como del escándalo montado con la excusa de que antiguos colaboradores suyos habían cometido fraude fiscal, y en el caso de Sánchez la dimisión se ha producido tras más de dos años de ejercer el cargo de secretario general del partido.

Lo que sucedió con Borrell en 1998 se ha repetido ahora con Sánchez. Los protagonistas reales de ambas operaciones siguen siendo los mismos de siempre, tanto dentro como fuera del PSOE, con los inevitables añadidos y las no menos inevitables sustituciones: una misma eterna cúpula emérita y en la sombra que se niega aún a desaparecer, unos mismos colaboradores externos económicos, políticos y sobre todo mediáticos, y una misma militancia que asiste con creciente estupor al penoso espectáculo de una supuesta élite partidaria que pretende torcer de nuevo su voluntad.

Felipe González no supo o no quiso aceptar en su momento que su sucesor al frente del PSOE fuese el elegido por la militancia. Con él, un número importante de dirigentes socialistas siguen negándose a aceptar que los tiempos han cambiado, que quien se mueve sí puede salir en la foto, que los militantes no son ni serán unos simples seguidores resignados, obedientes y silenciosos, y que serán estos militantes quienes más pronto que tarde acabarán por poner punto final a un descalabro que podría impedir el retorno de las izquierdas al poder en España durante décadas.

 

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