Reflexión antes del 21-D: Cataluñas paralelas y política ‘Fringe’

La serie 'Fringe', de JJ Abrams, como metáfora de la campaña del 21-D en Cataluña. Warner Bros

Reflexión antes del 21-D: Cataluñas paralelas y política ‘Fringe’

La campaña del 21-D se desarrolló en dos dimensiones, como en 'Fringe': la de la realidad tangible y la de la república virtual

¿Remediarán las elecciones del 21-D el bloqueo institucional, el parón económico y el enfrentamiento social en que se encuentra Cataluña? ¿O servirán solamente para aumentar aún más la distancia entre problemas y soluciones? Existen pocos motivos para el optimismo. Ya no hay una Cataluña, sino dos y divergentes. El reto es volverlas a unir… sin que choquen.

El concepto central de las cinco temporadas de Fringe (2008-2013) era la existencia de universos paralelos. Aunque similares y poblados por los mismos personajes, ambos mundos eran radicalmente distintos. Una singularidad en el continuo espacio-tiempo permitía transitar entre uno y otro, pero cualquier intento de armonizarlos acababa en fracaso.

Cataluña es como Fringe. Lleva al menos cinco temporadas desafiando todas las leyes de la política y dando forma a dos universos paralelos. Éstos, al tiempo que se han separado irremediablemente, han mantenido (porque el espacio es curvo) un rumbo de colisión fatal que culminó con la DUI y la aplicación del artículo 155 de la Constitución.

Cataluña es como 'Fringe': lleva al menos cinco temporadas desafiando todas las leyes de la política y dando forma a dos universos paralelos

¿Es posible alejase y chocar al mismo tiempo? No, según la física convencional; pero para la física Fringe todo es factible. La campaña del 21-D se desarrolló en dos dimensiones: la de la realidad tangible y la de la república virtual. 

Horas después de que el Parlament declarara la independencia, Carles Puigdemont se metió en un túnel inter-dimensional en algún lugar de Girona y reapareció cerca de la Grande Place bruselense. ERC y sus propios correligionarios del Pdecat ya le habían descontado: era un cadáver político, incómodo, cuyo último servicio sería asumir el monumental descalabro. No comprendieron que el Puigdemont reaparecido pertenecía al universo Fringe, desde el que podría materializarse por video streaming y hacer lo que le viniera en gana. 

Desde entonces, el que escuchó gritos de "botifler" y aguantó el tuit de las “155 monedas de plata” de Gabriel Rufián, se ha transformado en un renacido –mesiánico, vengador y eurófobo– al que todo le ha sido perdonado porque el guión independentista obliga a reconocerle como presidente “legítimo”. O casi todo. Oriol Junqueras, cuyo único tránsito fue en un furgón de la Guardia Civil rumbo a Estremera, se negó a que Puigdemont encabezara una única candidatura neoprocesista.

Pero, desde entonces, sólo ha podido mandar mensajes breves desde la cárcel mientras mientras el expresident se prodiga por las ondas y las redes. El exvicepresident recordó el lunes que él no salió corriendo cuando se aplicó el 155: “No me escondo nunca de lo que hago”.

Solo si el millón largo votantes indecisos se decanta hacia una opción, se evitará que las dos mitades enfrentadas de Cataluña sigan en un frustrante y ruinoso impasse

Las expectativas de voto de ERC, que llega al final de la campaña recuperada después de que Junts per Catalunya se le acercara incómodamente, no obedecen solo a que el único activo de la lista del president es precisamente un exmandatario que será detenido en cuanto ponga un pie en territorio español, sino al cambio de alineación en las propias filas republicanas.

En cuanto ERC relegó a un segundo plano a la sollozante Marta Rovira (“el futuro del partido”, según Junqueras) y colocó en su lugar a un monótono, pero más tranquilizador, Carles Mundó, comenzó a remontar. Se le retiró el micrófono a quien más presionó en el sanedrín independentista de 26 de octubre por la DUI y se le ha confiado al que más se opuso, junto al oprobiado Santi Vila. ¿Viraje táctico o propósito serio de enmendar su estrategia hacia una independencia sine die? De momento, las últimas proyecciones apuntan a una recuperación republicana.

Pero ni el cambio de caras ni la subida de tono en las perlas que salen de la boca de Rufián –“el gran hallazgo de la política catalana”, nuevamente según el observador Junqueras– no han evitado que Inés Arrimadas (Ciutadans), pise los talones a ERC. Se refuerza así la hipótesis de que la construcción de una mayoría de gobierno decisiva es improbable, incluso contando con "los comuns". Solo si el millón largo de votantes indecisos se decanta concentrado hacia una opción, se evitará que las dos mitades enfrentadas de Cataluña sigan en un frustrante y ruinoso impasse.

Aliados que son enemigos

En otro lugar, con otros políticos y ante a una cuestión existencial como la que se en dirime, la intención del electorado estaría ya claramente decantada en ambos polos –independentista y no independentista– a favor de la opción con mayores posibilidades de ganar ¿ERC y Ciutadans? En el universo Fringe catalán, sin embargo, es igual de importante para cada partido derrotar a sus rivales dentro de su propio terreno –en algún caso, no sólo en Cataluña, sino en toda España– que en superar al del campo contrario.

Junqueras necesita quitar de en medio de una vez a Puigdemont, el tapón que impide su ambición de gobernar. Ser la lista más votada es clave para salir de prisión, lanzar un Procés 2.0, de menor intensidad pero de mayor recorrido, y reconfigurar un nuevo independentismo de base más amplia que el actual.

En la orilla contraria, el PP se desangra a favor de Ciutadans. Quizá mareada por la hemorragia, Soraya Sáenz de Santamaría se vanaglorió el fin de semana de que el Ejecutivo de Mariano Rajoy haya aplicado el 155 y  “descabezado" a ERC y Junts per Catalunya, afirmación interpretable como la admisión de que los fiscales y jueces han actuado al dictado del Gobierno.

La eficacia electoral en Cataluña de la bravata es dudosa, pero adquiere otro sentido en el plano nacional, donde Albert Rivera lleva camino, bajo la complacida mirada de José María Aznar, de disputarle al PP la franquicia-master de la derecha nacional y la defensa  exclusiva de la “unidad de España”.

Clima anticatalán

El ensimismamiento en la burbuja catalana oculta el calado de la reacción anti-nacionalista fuera de Cataluña y el grado en que ésta condiciona –y va a seguir condicionando– la actitud de los partidos de dimensión nacional: PP, PSC-PSOE, Ciudadanos y hasta el propio Podemos. El aviso de Rajoy, el domingo, de que, una vez estrenado, será más fácil a aplicar el 155 dónde y cuando haga falta; la advertencia sobre “desinfección” de las heridas independentistas del socialista Josep Borrell o, incluso, el reciente torpedo de Carolina Bescansa a la línea de flotación de Pablo Iglesias, advierten del clima anticatalán. 

Y es que el mayor elemento común –la singularidad– que por adhesión, oposición o conveniencia tácita afecta a todos los agentes de la política catalana es el artículo 155. Su inmediato y perceptible efecto ha subrayado que la sociedad pedía a gritos un respiro. Y será un punto de inflexión. El soberanismo quiere cruzar de vuelta ese Rubicón en volandas de un resultado electoral que le “legitime” para que cese la persecución judicial contra él y reemprender una nueva versión del procés.

El no independentista ofrece un reset reformista de perfiles indefinidos, máxime cuando el PP se mantiene hostil hacia una reforma constitucional significativa.

Y nadie puede esperar que la maquinaria judicial se detenga, por mucho que la vicepresidenta, en un calentón, haya sugerido que tiene mano en los tribunales. Sus palabras han sentado mal entre los jueces, que tendrán un motivo adicional para esmerarse en la aplicación de la ley. 

"Hasta aquí hemos llegado"

Si el 21-D acaba en tablas, no solucionará ninguno de los problemas planteados hasta ahora, pero hará tangible en votos y escaños un hecho novedoso: el salto a la política activa de un sector que dice, explícitamente, “¡hasta aquí hemos llegado!”. Son esos catalanes de identidad dual que han vivido con respetuosa aceptación los 30 años de construcción de país nacionalista y, con creciente incomodidad, los 30 meses de construcción de estructuras de Estado independentista.

Las manifestaciones del 7 y 8 de octubre, cada una con su matiz y el hashtag #NoEstamosSolos les ha habilitado individual y colectivamente a salir del silencio y la inacción. Son los que explican el fuerte crecimiento de Ciutadans y la recuperación del PSC.

Es un segmento indisimuladamente “español”, sin dejar de reclamarse catalán, al que el nacionalismo político no estaba acostumbrado a atender porque no solía manifestarse explícitamente. Ese, quizá, es –junto a una participación que se espera elevada– el mayor interrogante de las elecciones. ¿Existía una masa de opinión silenciada? ¿Cómo y en qué número votará? El jueves por la noche lo sabremos. Y posiblemente sepamos también si es capaz de devolver a Cataluña al universo de lo real.

Este artículo no refleja necesariamente la opinión del consejo editorial o de Economía Digital y sus accionistas.

Carlos Lareau

Analista, Economía Digital

Carlos Lareau está especializado en comunicación corporativa y relaciones institucionales. Es socio director general de Conduit Market Engineers. Dedicó 12 años al periodismo de trinchera en El Diario Vasco, El Correo Español, PRISA y EFE.

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