Lluís Llach junto al resto de diputados en el Parlament. EFE

Campanades a Llach

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Las últimas polémicas declaraciones del artista han reavivado el debate soberanista y le han colocado en el punto de mira

Barcelona, 27 de abril de 2017 (21:22 CET)

Mil veces me han dicho que Cataluña y Euskadi no són el mateix… Pero cuando vi a Lluís Llach entrar entre aplausos en el Parlament el miércoles pasado, creí que había viajado en el tiempo a un mitin de Batasuna que aclamaba a Arnaldo Otegui.

Llach no es un independentista más. Diputado no alineado de Junts pel Sí, simboliza el “paso adelante”, el tránsito de la emoción a la acción. Su aportación técnica es tan escasa como su experiencia en la política. Pero ese es precisamente su capital: ser un referente moral, un tótem de la cultura y símbolo de la ética nacional que actúa como legitimador del procés.

Cuando llegué a Barcelona hace 25 años, la diferencia implícita entre la política vasca y catalana era que en Cataluña, la violencia jamás sería un factor. Ahora, cuando se comparan ambas, mis amigos partidarios del procés creen que los vascos nos hemos hecho tibios y pactistas por no forzar la secesión.

La aportación técnica de Llach es escasa, pero es un referente moral, un tótem

Cuando la izquierda abertzale, a mediados de la década pasada, intentaba abrirse un espacio propio, diferenciado del de ETA, quiso añadir un matiz de civilidad a la dureza de sus principales representantes políticos: Otegi, Barrena, Díaz Usabiaga... Se pensó en el ex lehendakari Carlos Garakoitxea y el ex presidente del PNV Xabier Arzalluz; pero también en personajes populares como el levantador de piedras Inaxio Perurena, hijo del mítico harrijasotzaile Iñaki Perurena, y en el cantante Benito Letxundi.

Esa plataforma de apoyo civil nunca se formalizó. Pero su lógica es la misma que la de lo que Alfons López Tena describía en estas páginas como ‘gongos’ (Goverment Organized NGOs - ONGs Organizadas por el Gobierno) como la ANC y colaboradores celebrity como el ex senador y ex juez Santiago Vidal o el diputado Llach.

Cambiar el discurso es una habilidad que desarrollan quienes hacen de la política su actividad principal; lo llaman “evolucionar”. Irónicamente, pese a lo fácil que resulta acceder en internet a las opiniones de cualquiera, el pasado de una figura pública es cada vez menos relevante en estos tiempos que Zygmunt Bauman llamó modernidad líquida con gran acierto pero lamentable falta de trascendencia.

Las advertencias de Llach me provocan decepción, no dudaba sobre su integridad

Creíamos, sin embargo, que algunos espíritus son inmunes al sectarismo. No me entusiasma el lirismo oscuro del Lluís Llach músico, pero su ‘Campanades a Morts’ , igual que para muchos vascos de mi generación, es inseparable del recuerdo de los hechos de marzo de 1977 en Vitoria y Basauri, cuando la policía asesinó a seis obreros durante una huelga general.

Aunque no comparta sus convicciones, nunca se me hubiera ocurrido dudar de su integridad. Por eso, leer sus advertencias a mossos y funcionarios sobre la obligación de cumplir, so pena de sanción, la Ley de Transitoriedad cuando se apruebe, causa algo más hondo que rechazo. Me provoca decepción. Especialmente cuando el cantautor, solo unos días antes, afirmaba en el Huffington Post que en el Parlament "procuro que mi coherencia no hiera al resto".

Quienes propagan la mezcla de crispación y fervor que alimenta el procés no tienen por que suscribirla al pie de la letra. En la entrevista, sin embargo, Llach describe con inusual sinceridad cómo la causa le permite convivir “con gente a la que no votaría jamás” y asumir las contradicciones de la disciplina de voto. Así pudo prorrogar las subvenciones a colegios del Opus Dei: “me tapé la nariz y voté” porque “era un acto de profunda izquierdosidad (sic)".

Llach está encantado de haber sacrificado su retiro en Senegal para participar en el procés, “el movimiento político más trascendental de la época moderna de Cataluña". Siente que se llegará “hasta el final” porque tienen mayoría independentista en Parlament, un presidente “con las cosas claras” y un vicepresidente, “que si no hace la independencia, no sabe hacer otra cosa", descripción de la que se ignora si Oriol Junqueras apreció el lirismo.

Se han perdido las formas y eso lleva a perder el sentido de la realidad

Que Llach saltara política activa es legítimo. Y meritorio, en la medida en que podría haberlo hecho sin el tedio, el trabajo y, ahora, la polémica, de un escaño. Pero a un artista que se proclama independiente y que ha hecho de la libertad una enseña de su carrera, cabe exigirle que ponga la conciencia por encima de consignas; que aúne convicción y rigor.  

La gran diferencia hoy entre Euskadi y Cataluña es que antaño, la izquierda abertzale, a la sombra de ETA, imponía la independencia como única opción. Ahora es el soberanismo catalán el que, bajo la coartada de una mayoría de escaños –que no de votos— coquetea con la noción de que la independencia se puede lograr con una mezcla de engaños e imposición.

Se han las perdido las formas y eso lleva a perder el sentido de la realidad. Desde las reuniones del President con congresistas ultra-nacionalistas americanos que causan rubor a la alianza estratégica con la potente Flandes; desde las charlas de Santiago Vidal y Lluís Llach a la más preocupante reforma del reglamento del Parlament para posibilitar la eventual aprobación instantánea y sin oposición de la Ley de Desconexión.

Ahora, se da trato de héroe a Lluís Llach en la cámara y Carles Puigdemont glosa sus méritos de luchador antifranquista. No repara el president que el tono de las advertencias de Llach, no desmentidas por el Govern, no difiere en esencia del de Manuel Fraga Iribarne, ex ministro de Franco que, como titular de Interior, fue responsable político (nunca se probó si dio personalmente la orden de abrir fuego real) de la matanza de 1977.

La ironía es sangrante. Las ‘campanades’ deberían sonar por eso también. 

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