El mandamás

Quim Torra: el excepcionalismo sale del armario

Quienes relativizan el pensamiento del nuevo presidente catalán no solo normalizan sus ideas aberrantes; consolidan la perversión de Carles Puigdemont

El “doble de luces” es una figura singular en la industria cinematográfica. Su función es sustituir a los actores en las tareas más tediosas previas al rodaje: comprobar el foco, ajustar el encuadre y la iluminación… Cuando todo está perfecto, se aparta para que el protagonista real interprete la escena prevista en el guión.  

Joaquim Torra ha sido reclutado como doble de luces en la segunda temporada del serial independentista. Su cometido es realizar las labores más incómodas de la nueva entrega –La república virtual— hasta que el showrunner, Carles Puigdemont, decida iniciar la tercera, titulada tentativamente A las urnas otra vez.

Es socorrido asociar la investidura del nuevo presidente de la Generalitat con una película, pero no es materia de broma. Pese a combinar elementos de thriller con los de una comedia torrentiana, el género que más cuadra a la nueva fase de la política catalana es el drama.

El independentismo ha abrazado un ultranacionalismo iliberal y etnicista alineado con el resurgimiento del nativismo en Europa y los Estados Unidos

Si alguien cree que después de que asuma su cargo se abrirá un periodo de distensión, estará muy equivocado.

No solo sólo porque el plan táctico del tándem Puigdemont-Torra es la tensión y el conflicto, como demuestra el nerviosismo que cunde entre los partidos que apoyan el artículo 155.

También, y principalmente, porque la designación del presidente vicario ha puesto de relieve, como nunca antes, los atributos ultranacionalistas e iliberales del independentismo, alineados con la intolerancia y el nativismo resurgentes en Europa y los Estados Unidos al amparo del colapso del modelo demo-liberal.

La ideología de Torra

El pensamiento del president designado no es muy diferente de la xenofobia de Matteo Salvini o del America First de Donald Trump.

Abundan años de evidencia escrita, que llega hasta nuestros días, en la que Torra documenta su opinión sobre una Cataluña pura y virtuosa contaminada por criaturas hediondas que hablan español, como afirma en el infame libelo titulado “La lengua y las bestias” (El Món, 19/12/12), auténticamente digno de atención psiquiátrica.

El corolario que se infiere de su producción periodística queda explícito en los artículos recopilados por Economía Digital.

En su discurso programático del lunes ante el Parlament, Torra intentó diluir de forma tramposa su significado, pero las miles de líneas que desarrollan sus ideas no son como un tuit; no pueden atribuirse a un calentón. Las tibias disculpas que Torra lleva ofreciendo en los últimos días no le absuelven.

Es inútil buscar un término que sea clínicamente neutro para designar la prosa presidencial: los textos de Torra rezuman supremacismo racista. De hecho, su carencia de filtros es, en sí misma, un dato relevante. Su descripción de la catalanidad es un ejemplo estelar: “Si somos catalanes, no podemos ser otra cosa […]. Ante la patria toca escoger: tierra, bandera, lengua, historia, formas de vida, humor” (El Món, 08/09/15).

Quien abriga estas convicciones y sólo admite un modelo de patriotismo, ¿puede ser el presidente de todos los catalanes? Lo dudo.

El corpus argumental del nuevo president es un pronóstico de su comportamiento al frente de la Generalitat: sumisión al diktat de Berlín y activismo por encima de gobierno. Sus primeros actos, empezando por  visitar a Puigdemont, así lo auguran.

La acción de su gobierno –anuncia— estará guiada por la “restitución de la legitimidad”, presumiblemente a través de una suite de instituciones tan vicarias como él: Asamblea de Electos, Consejo de la República, Espacio Libre de Europa… Es difícil que fructifique el diálogo al que dice estar dispuesto –y que Mariano Rajoy afirma también aceptar— si pretende sentarse a la mesa como líder de una república en construcción.

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Puigdemont no quería a nadie con carisma ni ideas propias, sino un mero representante; un acólito leal a quien no se le pase por la cabeza desobedecer

Quienes conocen a Torra le retratan como un independentista inamovible, un admirador de la etapa en la que el nacionalismo catalán coqueteó con el fascismo y un subordinado leal. Su carrera no es resultado de sus méritos ni de su intelecto, sino de la fidelidad a su padrino político de cada momento. Puigdemont no quería a nadie con carisma ni ideas propias, sino un mero representante; un acólito leal a quien no se le ocurra desobedecer. 

Más allá de las etiquetas habituales, Torra es un excepcionalista. Hay que admitir que serlo tan explícitamente requiere valor. O una notable carencia de la templanza que se espera de un gobernante.

El excepcionalismo es tan poco presentable en nuestra cultura política que, aunque muchos lo mantengan, rara vez se manifiesta en público.

Es una ideología difusa que aducen los grupos sociales que se consideran únicos para exigir un trato especial o justificar un comportamiento diferente al demandado a sus iguales. En la América de 1898 justificó expulsar a los españoles de Cuba y Filipinas; en la actual, da cobertura a Donald Trump para romper el acuerdo nuclear con Irán o largarse del tratado de Paris sobre el clima.

Habrá que aceptar las disculpas de Torra por sus expresiones etnicistas, pese a que no parecieran sinceras.

La suerte de Cataluña queda en manos de un solo individuo: un autócrata de facto que –¡ironías de la historia!—, reside en Berlín

Pero no conviene engañarse. Se percibe un esfuerzo por contextualizar su bagaje: que si hay que mirar al futuro y no al pasado; que si son los excesos de un nostálgico a los que la realidad se encargará de corregir… Y el inevitable “y tú más” de que hay otros que también ofenden a Cataluña.

La ofensa, siendo importante, es lo de menos. Lo arriesgado es relativizar y normalizar una mentalidad aberrante.

Y además, es un tremendo error político porque consolida una perversión mayor: que la suerte de Cataluña –tanto la de los independentistas y como la de quienes no lo son— haya quedado en manos de un solo individuo, que no responde ante nadie. Un autócrata de facto que –¡ironías de la historia!—, reside en Berlín.

Los usos de la democracia obligan a conceder los famosos 100 días al president para comprobar si los temores que suscita son infundados o reales. Aunque sea solo por cumplir con las convenciones de la política civilizada y cargarse de razones cuando llegue el momento de ofrecer una resistencia inclemente y determinada.

Tras las sesiones de investidura y los últimos movimientos del Gobierno y los partidos nacionales en Madrid, está claro que cada paso de Torra estará sometido a un estrecho seguimiento por parte del llamado eje del 155, por si hay que aplicarlo de nuevo. Y también, de una manera más exigente que hasta ahora, por Unidos Podemos y los comunes de Ada Colau, que comienzan a dar signos de comprender que el neo-carlismo, con la inestimable ayuda de la CUP, es ya una amenaza directa para ellos.  

Pero quien más necesita realizar una reflexión existencial es Esquerra Republicana y lo que queda de lo que fue la fuerza hegemónica del catalanismo: el Pdecat. Los primeros, pese a su peso electoral, van a remolque de Puigdemont y carecen de iniciativa alguna. Los segundos están a un tris de que el ex president les termine de fagocitar, especialmente si se convocan nuevas elecciones este otoño.  

El talón de Aquiles de Puigdemont puede ser Torra cuando se conozca en el exterior que es un ultranacionalista y no el buen catalán oprimido que se ha vendido con tanto éxito

En su lugar se pretende imponer un activismo hiperpopulista al amparo del mantra de la legitimidad. Ajeno a los partidos, difícilmente perseguible (es complicado perseguir una entelequia) y controlado solo por el líder supremo, Puigdemont confía en seguir ‘montándole el pollo’ a España y vendiendo la “represión” en el exterior para vencer al Estado.

El talón de Aquiles de Puigdemont puede ser, irónicamente, su buen amigo Quim Torra.

A medida que empiezan a difundirse las traducciones de su obra, será más difícil esconder que el nuevo president es un ultranacionalista y no el arquetipo del buen catalán oprimido que la propaganda independentista querría seguir vendiendo. El día que CNN se interese por Torra, el relato independentista podría llevarse una sorpresa.

La suerte de Torra –y su misión— es la de ser el doble de luces, el hombre de paja, del populista más descarado de Europa y el demagogo más hábil que ha dado la política catalana desde Jordi Pujol.

A la vista de hasta dónde han llegado las consecuencias de esa habilidad –y su capacidad destructiva para las instituciones y la sociedad catalana— más vale que los restos del soberanismo decidan si abrazan definitivamente el excepcionalismo que justifica seguir violentando la más elemental decencia o retornan a la política.

Rajoy no durará para siempre. Puigdemont, tampoco. Pese a eso, soy pesimista.

Este artículo no refleja necesariamente la opinión del consejo editorial o de Economía Digital y sus accionistas.

Carlos Lareau

Analista, Economía Digital

Carlos Lareau está especializado en comunicación corporativa y relaciones institucionales. Es socio director general de Conduit Market Engineers. Dedicó 12 años al periodismo de trinchera en El Diario Vasco, El Correo Español, PRISA y EFE.

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