Los deplorables

Torra, durante su comparecencia del martes en la Generalitat para hacer balance del primer año de su gobierno. EFE/Andreu Dalmau

Los deplorables

La deplorabliidad no es patrimonio exclusivo de los independentistas más sectarios o de los machotes ibéricos enrolados en Vox

Sesenta días antes de perder las elecciones presidenciales de 2016, Hillary Clinton desató una tormenta al afirmar que “la mitad” de los seguidores de Donald Trump eran unos impresentables a los que se podía colocar “en el cesto de los deplorables”.

Tras la inicial indignación, los fanáticos del hoy presidente, un deplorable de marca mayor, se apropiaron del remoquete y se hicieron camisetas: soy un deplorable, proclamaron orgullosamente. Clinton se disculpó, pero con la boca pequeña: “solo me arrepiento de haber dicho que son la mitad”. El 8 de noviembre, fue derrotada por los deplorables.

En su libro Lo que pasó -Simon & Schuster, 2017-, Clinton admite que la polémica contribuyó a su fracaso. Pero el término, convertido en sustantivo, acabó incorporado al glosario político de nuestro tiempo. La propia candidata fallida enunció su significado: “son los racistas, los sexistas, los homofóbicos, los xenofóbicos…”. Vivimos la edad de oro de –perdonen que me invente la palabra— la deplorabilidad.

15 minutos de fama

Hay mucho deplorable entre nosotros. Ser deplorable o actuar con arreglo a esa condición, se ha normalizado. Juan José Liarte es uno de ellos. El hasta ahora desconocido portavoz de Vox en Murcia ha obtenido sus 15 minutos de fama por llamar “puta” y “tiparraca” a la ministra de Justicia, Dolores Delgado. Es verdad es que le solo le llamó “p***”, ya que no pronunció la palabra sino que la colgó en Facebook. A los deplorables les encantan las redes sociales.

En Vox abundan los deplorables. Para su líder andaluz, el paquete que por fin le ha metido el Tribunal Supremo a La Manada, esa jauría de deplorables irredimibles, es consecuencia del dictado de “la turba feminista-supremacista”.

Deplorable es, por ejemplo, insultar por lo bajini “a la española esta”, como hizo la presidenta de la ANC, Elisenda Paluzie

La deplorabilidad del ex magistrado Francisco Serrano ya estaba acreditada desde que el mismo tribunal al que ahora acusa de ceder a la presión social le inhabilitó por prevaricar con una sentencia de sesgo machista.

Tanto se han pasado sus dos deplorables más recientes, que su partido ha tenido que amagar con desautorizarlos. Y es que mujeres hay muchas y votan, además. Pero lo han hecho también de aquella manera: “es una opinión personal que no compartimos”, dicen en Vox. “Me he explicado mal”, añade Liarte, el del apellido premonitorio.  

Sectarismo ‘desacomplejado’

En Cataluña florece la deplorabilidad política. No es extraño cuando ése es el atributo más destacable del actual presidente de la Generalitat. Quim Torra –el de las “bestias rabiosas”— no solo la ha regularizado; la ha elevado a rango oficial.

Deplorable es, por ejemplo, insultar por lo bajini “a la española esta”, como hizo la presidenta de la ANC, Elisenda Paluzie, molesta por el descaro de una periodista -de los medios no afectos, por supuesto- de preguntar lo que ella no quería contestar.

Se diría que estudiar en Yale o en la London School of Economics debería dar apertura de mente. Pero no a esta señora, el retrato perfecto del sectarismo más desacomplejado. Como el de Vox, curiosamente.

Igual de deplorable fue la justificación –perdón, explicación— de Ernest Maragall de los epítetos machistas, los insultos escatológicos y los objetos físicos lanzados por los cachorros independentistas contra Ada Colau en el día de su extraña investidura.

“Puta” -¡y dale con las meretrices!-, “guarra”, “zorra”… Muy original. Y muy coincidente también con los caballeros de Vox. Claro que, según Maragall, si él hubiera sido investido alcalde con la anuencia de Colau, en lugar de puta, pues excelentísima señora.

Despreciar a los contrarios, despojarlos de legitimidad, es un método temiblemente eficaz cuando se destina a dividir a la sociedad entre buenos y malos

Uno se pregunta quién habla por ERC. ¿Oriol Junqueras, cuando desparrama amor a España al tiempo que trabaja para separarse de ella, o el hermano segundón de Pascual Maragall cuando muestra tanto resentimiento que hasta ofende la memoria de su abuelo?

El problema de la deplorabilidad exhibida por los políticos no es sólo su manifestación verbal -o digital o impresa- sino lo que denota sobre sus emisores: el desprecio a segmentos enteros de la sociedad como las mujeres, los inmigrantes, los catalanes opuestos a la independencia o los españoles en general.

Además, es contagiosa y multiplica sus efectos: deslegitimar a quienes privarían los deplorables del derecho a opinar o, ¿para qué andar con tibiezas?, de cualquier derecho.

Las palabras no son inocuas

La deplorabilidad no es patrimonio exclusivo de los independentistas más sectarios o de los machotes ibéricos enrolados en Vox. Uno cuenta con cierto conocimiento sobre los efectos de la deplorabilidad.

Pocos vascos que pasen de los cuarenta no recuerdan la aberrante consigna de “ETA, mátalos”, un grito que servía para justificar el último asesinato y animar al siguiente.

Y es que las palabras no son inocuas y no es casualidad la intención con que se pronuncian. Despreciar a los contrarios, despojarlos de legitimidad, es un método temiblemente eficaz cuando se destina a dividir a la sociedad entre buenos y malos catalanes, españoles, musulmanes o americanos.

Véase, si no, lo que ha conseguido Donald Trump en menos de tres años: erigirse en el presidente más indigno de la historia de su país, dividir a sus habitantes, rebajar su prestigio en el mundo y poner en peligro la paz. Para cada uno de esos logros, el primer paso de Trump ha sido menospreciar y humillar a quienes luego quiere hacer víctima de sus decisiones, sean inmigrantes o iraníes.

Rivera, atendiendo a los medios, este jueves en Bruselas. EFE/Leo Rodríguez

El líder de la derecha española

La salida de Roldán muestra la obstinación de Rivera de convertirse en el líder de la derecha española

Para combatir la deplorabilidad pública -contra la privada es más difícil batallar- solo hay una vía: reivindicar el decoro y actuar con ejemplaridad… hasta que a los deplorables se les caiga la cara de vergüenza o, en su defecto, se les expulse del discurso político.

No sirve la manida explicación de que se trata de actitudes minoritarias “que no compartimos”. Los silencios culpables acaban en tragedias, como ya se constató hace 75 años.

La cuesta por la que cae C’s

Por eso tiene tanto valor la conducta del portavoz económico de Ciudadanos, Toni Roldán. Dimitir de todos sus cargos, incluido el escaño, y explicar sin rodeos los motivos de su dimisión es el acto más regenerador surgido del partido que nació bajo la bandera de la regeneración. Lástima que para ejecutarlo su autor haya tenido que abandonar el partido.

La condición de deplorable no se alcanza únicamente con explosiones de incontinencia verbal. Es también un proceso, una cuesta que lleva desde la honorabilidad a la deplorabilidad.

Albert Rivera explora ese camino con su obstinación por convertirse en líder de la derecha española. Sustituir a Roldán con Marcos de Quinto, cuyo ego solo es comparable al del propio Rivera, promete acelerar esa caída.

Solo el tiempo dirá si la estrategia le funciona, pero de momento quienes más le afean la conducta –Francesc de Carreras, Manuel Valls, el Palacio del Elíseo y ahora Roldán—surgen desde dentro del espacio que, un día aun no muy lejano, reclamó como suyo el propio Rivera.

Deplorable, en suma.

Este artículo no refleja necesariamente la opinión del consejo editorial o de Economía Digital y sus accionistas.

Carlos Lareau

Analista, Economía Digital

Carlos Lareau está especializado en comunicación corporativa y relaciones institucionales. Es socio director general de Conduit Market Engineers. Dedicó 12 años al periodismo de trinchera en El Diario Vasco, El Correo Español, PRISA y EFE.

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