Cataluña y el dilema de Israel: identidad o democracia

Mas y Puigdemont, en el acto de toma de posesión del segundo, en enero de 2016. EFE/AD

Cataluña y el dilema de Israel: identidad o democracia

El nacionalismo catalán ha mirado siempre hacia Israel, pero la Ley del Estado-Nación judío es el ejemplo de lo que hay que evitar

Artur Mas solía repetir que una Cataluña independiente sería como Dinamarca. Pero cuando de verdad necesitaba inspiración la buscaba en Israel, como otros notables soberanistas, porque allí “también hay un pueblo decidido a ser libre”.

Esa admiración, expresada al recibir en 2016 el homenaje de la comunidad israelí de Barcelona, se mantiene inalterada hoy, a juzgar por el silencio del ex president sobre de la Ley del Estado-Nación aprobada recientemente por el Knesset en Jerusalén.

La norma deposita la soberanía nacional –su derecho a la autodeterminación— sólo en los judíos y excluye a cualquier otro ciudadano (léase árabe) que no tenga esa condición.

El mutismo con que los amigos catalanes de Israel han acogido la nueva norma fundamental es significativo. Unos días antes de proclamarse, Pilar Rahola tuiteaba que Israel será en breve el cuarto país en llegar en la luna.

Sin embargo, que ese país se una a la senda liberticida de Hungría o Turquía no ha merecido la más mínima condena de la gran propagandista de la causa judía.

Ese silencio es un hito en el relativismo moral del independentismo a medida que adopta su nueva configuración: iliberal, caudillista, de partido único y de modos autoritarios.

La fagocitación del Pdecat por la Crida Nacional de Cataluña de Carles Puigdemont descansa sobre la misma ‘legitimidad’ que invoca Benjamín Netanyahu para oficializar el apartheid de los árabes israelíes. Enfrentados al dilema entre identidad o democracia, ambos se decantan por la identidad.

Una imagen mitificada

El nacionalismo catalán, y luego el independentismo, ha mirado con admiración durante décadas hacia Israel. La imagen mitificada del estado judío –pequeño pero fuerte, solidario e industrioso, combativo pero anclado en una sólida institucionalidad– ha sido un modelo a imitar.

Desde los años 80, Jordi Pujol estableció fuertes lazos económicos y políticos con el estado hebreo que Más se esforzó en continuar. Israel devolvió el favor con una calculada ambigüedad respecto al independentismo: “es un asunto interno sobre el que no tenemos nada que decir”.

Mientras tanto, el ex juez Santiago Vidal aseguraba –hasta que le ordenaron callar– que Israel proveía de contrainteligencia a la Generalitat y que actuaría como banquero de último recurso cuando se produjera la desconexión.

La Ley del Estado-Nación es un ejemplo para Cataluña. Pero por su valor cautelar: no es lo que hay que imitar; es lo que hay que evitar. Israel se fundó sobre la premisa de ser una patria segura para los judíos tras el Holocausto (se fundó en 1948) y una isla de libertad política e individual rodeada de un mar de regímenes autoritarios.

Su Declaración de Independencia, obra de David Ben Gurion, otorgaba los mismos derechos a un judío que a un árabe o un cristiano. La ley de Netanyahu y sus aliados ultranacionalistas acaba con el equilibrio entre judaísmo y democracia.

Nuevas leyes aprobadas por mayorías ultranacionalistas destruyen la convivencia entre sensibilidades políticas, culturales y religiosas para imponer el orden del grupo dominante

En Hungría, Polonia, Turquía e Israel, nuevas leyes aprobadas por mayorías ultranacionalistas en parlamentos democráticos destruyen, paso a paso, la convivencia entre diferentes sensibilidades (políticas, culturales, religiosas) a favor del orden impuesto por la facción dominante.

Culto a la personalidad

El supuesto “mandato” del 1 de octubre se utiliza como única y suprema justificación de que la república es la única solución posible para Cataluña.

Con la excusa de “ir pasando pantallas” –el recurso semántico con que se elude cualquier argumento o evidencia contrario a las tesis propias–, el independentismo ha emprendido la consolidación de todas sus ramas (partidos políticos o entidades como ANC y Ómnium) en un solo tronco asambleario y populista con una raíz basada en el culto a la personalidad.

Puigdemont ha encontrado en Elisenda Paluzie, presidenta desde marzo de la ANC, la perfecta horma de su zapato. Tiene el arrojo del que carecía Carme Forcadell y, a diferencia de Jordi Sànchez, ningún deseo de distraer un ápice de atención al líder. 

Tras la ‘pacificación’ del  Pdecat, la ANC le ha regalado a la Crida un mandato imperativo para someter a ERC

Una semana después de que la Crida ‘pacificara’ –al modo de las legiones romanas– al Pdecat, la ANC le ha regalado un mandato imperativo para conminar a ERC a que se integre en una lista única cara a las municipales. Ya se sabe cuál es la pena de no acceder: “Traidors!”, “botiflers!”.

Israel se hizo independiente con una doble estrategia: hacer la vida imposible a los británicos que ocupaban Palestina y desarrollar un intenso lobby internacional.

El estado mayor independentista repite ahora el guión: reactivar el Diplocat; racionar el voto en el Congreso (sumándose a la pin​za entre Podemos y del PP sobre le techo de gasto) y advertir a Pedro Sánchez de que “se le acaba el tiempo”, como hizo Puigdemont en su regreso a Waterloo.

Autodeterminación selectiva

El Govern y los restantes notables del independentismo insisten machaconamente, como hizo Quim Torra hace unos días frente al cuerpo consular en Barcelona, sobre el “irrenunciable” derecho de Cataluña a la autodeterminación.

Que no sea aplicable en virtud de ninguna de las convenciones o supuestos que aduce el propio independentismo no importa: las contradicciones no han sido nunca un obstáculo.

Si Israel acaba de decretar que sólo sus ciudadanos judíos son acreedores de ese derecho, ¿qué impide declarar que el ‘poble de Cataluya’ es únicamente el que fue a votar el 1-0?

La pregunta es crucial para los catalanes que no aceptan una identidad única y obligatoria. El catedrático Antón Costas hacía el miércoles un análisis particularmente lúcido de las consecuencias de los acontecimientos que pronto cumplirán un año.

La Crida de Puigdemont –el populismo autoritario– “busca sustituir la democracia de los partidos por una democracia orgánica apoyada en movimientos populares”. Para quien no lo recuerde (por joven o desmemoriado) ‘democracia orgánica’ era el nombre oficial del régimen de Franco.

Costas añade que “dividir a la sociedad en dos mitades irreconciliables” dará como “resultado probable” una política de trincheras.

Si en Israel, marginar al 20% de su población (los árabes) de sus plenos derechos de ciudadanía es ya grave, en Cataluña, pretender proclamar una república con el 46,7% de la población, según el último CEO, es llevar la primacía de la identidad sobre la democracia a su consecuencia más aberrante.

La expectativa de Sánchez de gobernar hasta 2020 se desvaneció cuando Puigdemont ajustició a Pascal

La derrota del Gobierno respecto del techo de gasto; la exigencia de bilateralidad –con su componente de agravio para otras comunidades– y el empeño en que la tensión presida todo contacto con el Estado debería alertar a Sánchez.

Su expectativa de gobernar hasta 2020 era un espejismo que se desvaneció el momento que Puigdemont ajustició políticamente –pour encourager les autres– a Marta Pascal. Puigdemont solo tiene un plan: acelerar en su carrera hacia la república. Y hasta ahora va teniendo éxito.

Su próximo paso, tras hacerse con el Pdecat, es cooptar a ERC. Para hacerlo, quiere explotar las tres debilidades que limitan su margen de maniobra: la prisión de Oriol Junqueras; la esquizofrenia de tener unas bases más radicalizadas que su dirigencia; y la obligación de mantener una gestualidad “de combate”, so pena de ser acusada de flaquear en su patriotismo.

Tanto a ERC como al Gobierno les queda poco tiempo para controlar el tren a la fuga del populismo autoritario antes de se lleve todo por delante.

Los republicanos tendrán que decidir si pueden integrarse en la Crida sin sacrificar su futuro y, de paso, liquidar el último resto de pluralidad que queda en el independentismo. ¿Pagarán ese precio para que no les llamen tibios? Parece que sí.

A Joan Tardá le faltó tiempo el domingo para sumarse vía Twitter al llamamiento de Jordi Sànchez a sumarse a la Crida y a la autodeterminación como “única salida” en una entrevista desde la cárcel.

¿Un 155 'plus'?

En cualquier caso, la decisión más trascendente le tocará, antes que tarde, a Pedro Sánchez. A la vuelta de verano, el presidente ya habrá mostrado un tráiler de tres meses de lo que sería un gobierno socialista validado por las urnas.

Con un PP echado al monte y un apoyo catalán transformado, a todos los efectos visuales, en extorsión, aferrarse al poder se convertirá en un lastre insoportable para las aspiraciones electorales del PSOE.

Tras las advertencias proferidas por Puigdemont en su retorno a Bélgica –mientras Torra asentía mansamente– es muy dudoso que el presidente del Gobierno consiga que el Govern cambie de actitud. La desobediencia, el desafío y la unilateralidad se abren paso con la consolidación de una Crida caudillista.

A Sánchez podría no quedarle más remedio que decretar un 155 'plus'

Es posible –probable quizá– que, a no mucho tardar, no le quede a Sánchez más remedio que decretar un 155 plus si quiere salvar cualquier posibilidad de convalidar su cargo en unas elecciones anticipadas... “cuanto antes” de verdad.

De lo contrario, la “España de las banderas en los balcones” a la que aludió Pablo Casado al asumir triunfalmente la presidencia del PP, también convertirá la palabra “traidor” en un grito atronador.

Y lo que es peor para Sánchez, los que han llegado a creerse que tenía hechuras de presidente podrían enviarle –esta vez definitivamente– a la bandeja de SPAM.

¿Democracia o identidad? Buena pregunta.

Este artículo no refleja necesariamente la opinión del consejo editorial o de Economía Digital y sus accionistas.

Carlos Lareau

Analista, Economía Digital

Carlos Lareau está especializado en comunicación corporativa y relaciones institucionales. Es socio director general de Conduit Market Engineers. Dedicó 12 años al periodismo de trinchera en El Diario Vasco, El Correo Español, PRISA y EFE.

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