¿Y si nada de esto fuera cierto?

22 de noviembre de 2015 (00:00 CET)

Me hacía esta misma pregunta que sirve de titular un amigo mío madrileño recientemente: "¿y si nada de esto fuera cierto?" Mi amigo justo acababa de escuchar unas declaraciones de Quico Homs en las que, tras un nuevo rechazo de la CUP a investir a Artur Mas, venía a decir que había que repensar todo el procés porque efectivamente no existía una mayoría clara para liderarlo.

¿Y si nada de lo que está ocurriendo fuera realmente cierto? ¿Y si todas las propuestas de desafío soberanistas, amenazas de desobediencia a las instituciones y otros pulsos por el estilo que de unos años a esta parte vienen haciéndose desde los actuales dirigentes políticos que hoy se cobijan bajo Junts pel sí no fueran más que puros y efímeros fuegos de artificio?

Pues si fuera así tendríamos que concluir que estamos o que hemos estado sometidos a una grave irresponsabilidad por parte de ciertas fuerzas políticas que han movilizado a miles, a millones, de catalanes; al mismo tiempo que han enfurecido a otras tantas personas del resto de España sin un programa claro y sin medir las consecuencias de sus proclamas. 

Pero… ¿es así? Pues a estas alturas, queridos lectores, no lo sé, no estoy seguro. Un día nos despertamos con que sin una mayoría consistente no se dará el disparo de salida para la independencia y al día siguiente se nos dice que aunque no haya una mayoría de votos basta con que se dé de escaños; más tarde se defiende lo más parecido a una declaración unilateral de independencia y unas horas después se afirma que hay que ir a Madrid a negociar.

Y es que a día de hoy parece claro lo que pretende la CUP --al fin y al cabo nunca ha ocultado que es un partido revolucionario que quiere derrocar el sistema-- pero no sabemos bien qué pretende Mas (no ya Convergència, cuya presencia como partido político parece haberse desvanecido definitivamente).

Muchos de los votantes que depositaron su confianza en el actual presidente en funciones de la Generalitat estaban convencidos de que un buen resultado de Junts pel sí reforzaría la posición negociadora de la Generalitat ante las autoridades del Estado. Hoy empiezan a darse cuenta de que sus escaños están a punto de prestarse para apoyar un programa de gobierno con ciertos ribetes anticapitalistas.

Si, finalmente, Mas decide escuchar a algunos de sus próximos y desoye los cantos de sirena de la CUP, asume que carece de una mayoría política y social para un enfrentamiento directo con el Estado y retoma la vía negociadora para mejorar la posición de Cataluña, todos estos días pasados se verán en el futuro tan irreales como los sueños.

Si, por el contrario, Mas prosigue su salto hacia delante con el único objetivo de lograr la investidura, diluye la presencia de CDC en el futuro gobierno autonómico hasta el punto de hacerla residual (5 de 13 consejerías) y se ata a un programa que tenga el visto bueno de la organización antisistema, la pesadilla presumiblemente continuará con un resultado incierto.

En ambos casos no parece una mala apuesta jugar contra Mas. Un hombre suficientemente preparado, pero que las sucesivas decisiones tomadas a partir del momento en que convocó unas elecciones anticipadas para reforzar su papel --y se dejó casi un tercio de los diputados que tenía antes de la cita-- han sido siempre desacertadas, al menos a tenor de los resultados obtenidos. Definitivamente, desde la derrota es difícil construir nada

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