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La cultura popular juega un papel fundamental en la sociedad, mirarla de reojo es un grave error de percepción

Xavier Marcé

Economista y gestor cultural

La exposición Vinilygráfica del Madrid Design Festival recorre la historia de la música popular / EFE

Barcelona, 08 de febrero de 2018 (17:30 CET)

¿La cultura debe ser divertida o la diversión es un hecho cultural? ¿Es posible responder a esta pregunta sin pillarnos los dedos? No lo sé. De hecho, cuando hablamos de actividades culturales de manera genérica y no discriminamos los contenidos en términos de calidad, observamos que las propuestas divertidas son las más consumidas sin que ello implique necesariamente que sean las peores.

Los cánones del arte, sin embargo, acostumbran a señalar lo contrario. Tendemos a considerar que un producto fácil de entender es menos valioso que otro más complejo y curiosamente este principio sirve para la cultura y para otros menesteres comerciales. En el universo de los electrodomésticos y las tecnologías digitales un aparato del que se aprenden rápidamente sus funciones parece poca cosa y de hecho nos gusta tener maquinas de las que solo utilizamos unas pocas posibilidades.

La cultura popular ha sido relegada a un enorme islote alejado del espacio que configura la élite

La música de Beethoven o de Mozart es más divertida que la de Bach, las canciones de los Beatles son más llevaderas que las de Waits, las películas de Spielberg se digieren mejor que las de Jarmush y que decir de las novelas de Houellebecq  respecto a las de De Clezio.

Todo es música, cine o literatura y si nos referimos a la capacidad de un ámbito artístico para expresar sentimientos, aportar ideas o utilizar las técnicas de creación y producción que les son propias para conseguir eficiencia emotiva las diferencias son irrelevantes.  Sin embargo unos tienen más prestigio que otros y configuran un espacio de elite frente a otros que han sido relegados a ese enorme islote indefinido que llamamos cultura popular.

La cultura popular es el vagón de cola de la cultura, un inmenso purgatorio donde el arte permanece largos periodos a la espera que un académico, un crítico, o cualquier analista de prestigio consiga desenmarañar las claves del misterio y establecer un consenso sólido que decante cada pieza hacia el cielo o el infierno; o quede en el purgatorio indefinidamente que en última instancia es una manera linda de permanecer en la historia sin juicios de valor añadidos.

No sabemos pues, a ciencia cierta si la cultura popular es un genero en si mismo o un estado de paso hacia limbos más prestigiosos o hacia el olvido.

Desprovista de todos estos contenidos populares la cultura por si sola sería económicamente irrelevante

Para gestionar estos conflictos nos hemos inventado una palabra de connotaciones difusas, pero muy generosa en su capacidad para aglutinar contenidos diversos: entretenimiento. De hecho los periódicos utilizan con frecuencia el concepto de entretenimiento para agregarlo al de cultura y titular así sus secciones especializadas y los americanos, poco preocupados por sutilezas semánticas, miden el éxito económico de su industria del ocio con el mismo concepto: entertaintment.

La industria del ocio es poderosa y alcanza prácticamente el 7% del PIB  de los países occidentales. Desprovista de todos estos contenidos populares que venden millones de copias, llegan a cualquier rincón del mundo y congregan feligresías internacionales, la cultura por si sola sería económicamente irrelevante y probablemente materia de discordia.

La cultura popular es el engranaje que nos convierte en ciudadanos del mundo

Hay que reivindicar la cultura popular porqué funciona sola y generalmente es sostenible, bien sea porque surge de expresiones ancestrales y se transforma en materia de consumo masivo, bien sea porque consigue consensos repetidos de audiencia y consolida en la memoria colectiva.

Por activa y por pasiva la cultura popular es el engranaje que nos convierte en ciudadanos del mundo, a costa de aquellos que preferirían vivir bajo el manto protector de la realidad local. Las expresiones genuinas de la cultura popular surgen de poca cosa y las reelaboran (a esas pocas cosas) para convertirlas en propiedad pública, lo cual nos acerca a uno de los mitos más obtusos y perseguidos de la cultura: cómo convertirla en propiedad de todos.

El jazz, el blues, el flamenco, la salsa o más recientemente el hip hop o el rap no son productos de laboratorio que nos distinguen y nos diferencian de los demás, son expresiones sentidas que nos hacen inevitablemente comunes.  

Mirar la cultura popular de reojo es un grave error de percepción. Como sustrato cultural permite que algunos artistas la sublimen y creen autenticas obras singulares y permite a su vez que multitudes enteras se interesen por la cultura aun sin saberlo, lo que a la postre es una digna manera de ocupar el tiempo.

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