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La paciencia de Rajoy puede verse desbordada en este via crucis septembrino con un miura montserratino con muy malas maneras

Adolf Tobeña

El independentismo no sabe cómo avanzar ahora, después de asomarse a la realidad. EFE /Archivo

Barcelona, 06 de septiembre de 2017 (18:41 CET)

La estación mayor de la travesía secesionista llega este año, en Cataluña, a su cita del 11 de Setiembre, con anuncios de culminación decisiva e inapelable. La magna romería que vestirá, en esta ocasión, una sencilla camiseta vaticana para formar una Cruz victoriosa, se apresta a alcanzar la cima final y la gloria. En el solemne auto sacramental del primero de Octubre, las urnas estarán dispuestas en todas las plazas mayores del Principado para recibir los deseos de la fervorosa feligresía, y en menos de 48 horas, en el Parlamento de la Ciudadela se proclamará la República prometida con la bendición divina. Que así sea, amén.

Sería conveniente que algo resolutivo sucediera, en este mes de nuevo trascendental, sobre todo para acabar con el fastidio que supone cerrar, cada año, el verano con una celebración que pasó de ser una excusa perfecta para un puente estival de regalo, a convertirse en una procesión de tintes fundamentalistas que bloquea la capital catalana e inunda el ambiente con fervor místico y patriótico durante quince días, al menos. Derivas típicas del Mediterráneo ceremonial y ultra-católico, claro está, pero que cargan la atmósfera con ingredientes irrespirables para los agnósticos y los descreídos.

Jamás un país libre y plenamente democrático se vio en la tesitura de tener que encarar una exigencia taxativa de divorcio

Aunque todo apunta a que no habrá cielos receptivos para esa virtuosa República. Que San Pedro Rajoy no cederá en esta ocasión, magnánimo como suele ser, y no abrirá las puertas del Paraíso. Es más, viene anunciando don Mariano, con grave reiteración, que tiene ya dispuestos los cuerpos de guardia, con sus baterías de respuesta sólidamente pertrechadas con armas constitucionales, jurídicas y policiales de todos los calibres, para causar una desbandada entre las huestes secesionistas, caso de que persistan en intentar dejar constancia de sus anhelos en miles de cajas de metacrilato.

Ya se verá. Pero dejando al margen los matices fanáticos y hondamente beatos que luce el movimiento secesionista, lo cierto es que el primer ministro español tiene ante sí un problema mayúsculo. Y que debe abordarlo, además, en primicia y virginidad absoluta. Sin antecedentes de ningún género, quiero decir, de los cuales extraer alguna lección aplicable. Jamás un país libre y plenamente democrático se vio en la tesitura de tener que encarar una exigencia taxativa de divorcio, por parte de uno de sus componentes, rompiendo todas las reglas pactadas de antemano.

Ante Rajoy hay un miura montserratino con muy mala pinta y muy malas maneras

Y jamás se dio eso en un entorno donde la coerción y la sanción justificadas, para hacer cumplir las normas aprobadas por todos, estén quizás contraindicadas ante la posibilidad de que se conviertan en un “boomerang”. Hay delante un Gobierno y un Parlamento autónomos en rebeldía, con dos millones de ciudadanos detrás y unas redes de propaganda y activismo enormemente eficaces.

En fin, que don Mariano tiene una papeleta de aúpa y deberá ser muy sutil e imaginativo. Repito, lo que tiene ante sí no tiene parangón ya que los envites que tuvieron que abordar el Sr. Cameron, ante Escocia en la Gran Bretaña, o los primeros ministros canadienses ante las demandas quebequesas, partían de supuestos opuestos a la quiebra sistemática de reglas que ha emprendido el desafío secesionista en curso. Está muy sólo, además, Rajoy, con pocos apoyos firmes por parte del resto de fuerzas políticas hispanas y el mundo entero le contempla porque los experimentos políticos innovadores, y este lo es en grado superlativo, despiertan siempre un enorme interés.

Hasta ahora don Mariano ha mostrado una sobriedad, una cautela y una paciencia inconcebibles casi. Dignas de mejor causa, se piense lo que se piense de él como gobernante. Pero ahora sus templadas reacciones de resabiado Job galaico quizás ya no le valgan. En el ruedo hay un miura montserratino con muy mala pinta y muy malas maneras.  

Adolf Tobeña es autor de La pasión secesionista en ED Libros

 

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