Un president a la desesperada

24 de octubre de 2015 (11:04 CET)

Si alguna línea roja le quedaba por atravesar, Artur Mas cruzó ayer una de ellas: la de la libertad de expresión. A la información aportada por Economía Digital sobre la reunión que mantuvo con Jordi Pujol el día del registro de Convergència Democràtica y entrada en prisión de su tesorero y varios empresarios afines, Mas respondió, de nuevo, con insinuaciones falsas y carentes de fundamento.

Sorprendido, molesto, visiblemente contrariado, el president en funciones de la Generalitat de Catalunya atribuyó la noticia a alguna "operación" basada en intereses ocultos, "dado el medio que lo publica", aludiendo a este diario sin citarlo directamente.

Las palabras de Mas pronunciadas en sede parlamentaria resultan de una gravedad inaudita que no debería, y creemos que así será, pasar desapercibida por la sociedad catalana. De entrada, Artur Mas miente. No hay ninguna operación montada por las cloacas del Estado, por utilizar términos tan queridos en su cohorte, y, en caso de que exista, les puedo asegurar que ha pasado de refilón a nuestro lado sin que nos enteráramos.

Lo único que hay es el trabajo de una periodista, Leonor Mayor --autora de la información en cuestión--, y un equipo que se dejan las pestañas cada día por desvelar noticias allí donde otros preferirían que reinara el silencio o las notas de prensa emitidas por el departamento de turno. No vea, señor Mas, gigantes donde no hay otra cosa que simples molinos de vientos, sin otra misión que airear las vergüenzas que otros pretenden ocultar. No caiga, por favor, en el mal de la paranoia y sienta persecuciones donde no hay más que pura honestidad en el trabajo de un grupo de periodistas.

Artur Mas no podrá aportar ni una sola prueba que justifique sus insidias, sencillamente porque no existe tal "operación". Que el máximo representante de la Generalitat se permita el lujo de realizar tales insinuaciones sin aportar, porque no los hay, un solo dato en el que basarlas es un acto de grave irresponsabilidad y una muestra de desprecio inaceptable hacia un medio de comunicación y el Parlamento en el que pronunció estas afirmaciones.

Pero, además, el contenido de esas falsas insinuaciones muestra un preocupante sesgo de sectarismo y autoritarismo. Cuando en vez de explicar las informaciones se lanzan sospechas sobre el medio, intentando descalificarlo por los hechos que desvela, se está amenazando uno de los pilares básicos de la democracia: la libertad de expresión.

Porque eso es lo que está en juego. Al margen del peligro que encierra para las instituciones que el más alto cargo del ejecutivo autonómico y presidente de un partido bajo sospecha de financiación irregular se reúna "privadamente" con un hombre confeso de delito fiscal y cuya familia está siendo investigada (e imputada en algunos casos) por cobro de comisiones. O que, de la misma manera, el conseller de Sanidad departa alegremente mesa y mantel con el principal imputado por el caso Innova.

¡Qué lejos se halla este Artur Mas del hombre que llegó a la presidencia de la Generalitat ofreciendo un gobierno business friendly y con unos aires kennedyanos, que seguramente hubiera hecho suya, entonces, la frase de Thomas Jefferson de "prefiero una prensa sin gobierno a un gobierno sin prensa"!

Al president Mas, y a una buena parte de su entorno, empieza a resultarle cada vez más molesto el ejercicio libre del periodismo. Necesita, en su viaje a no se sabe dónde, adictos más que críticos, palmeros más que ciudadanos y medios independientes, para que en su camino no haya obstáculos y nada se interponga entre él y el destino que se ha imaginado. Pero eso tiene poco que ver con una sociedad libre.

Economía Digital no ha participado ni participará en ninguna otra operación que no sea el ejercicio del periodismo libre e independiente; no estaremos en ninguna otra trinchera que no sea la de la defensa de la información sin ataduras y útil a nuestra lectores y a la sociedad en su conjunto, y no tendremos otra bandera que la de las libertades y la pluralidad. Y, lo malo, es que estamos convencidos de que Artur Mas lo sabe.
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