El Govern de Puigdemont ha conseguido el 1 de octubre lo que perseguía. Una foto. Cientos de fotos, de hecho. EFE/AE

¿Un picnic o el día en que se perdió Cataluña?

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Los causantes de la crisis a la que se aboca Cataluña y España no pueden formar parte de la solución. La pregunta es a qué precio se llega a esa conclusión

Carlos Lareau

El Govern de Puigdemont ha conseguido el 1 de octubre lo que perseguía. Una foto. Cientos de fotos, de hecho. EFE/AE

02 de octubre de 2017 (09:24 CET)

“Un picnic”, sugirió el jueves a los catalanes como programa dominical el secretario de Estado de Seguridad, José Antonio Nieto. Una parte sustancial de esos catalanes, pese a la lluvia, tenía otros planes. Como consecuencia, el Govern ha conseguido lo que se proponía: una foto. De hecho, cientos de fotos, horas de televisión, miles de páginas vistas y un torrente en la red bajo el hashtag #CatalanReferendum. Todo para pintar el cuadro de un “gobierno represor“ tras el ‘día más largo’ de la historia de Cataluña y España desde la Transición.

No le faltaba razón a Carles Puigdemont cuando el viernes proclamó que el soberanismo “ya ha ganado”. Por lo pronto, ha ganado la batalla de las percepciones. Y no porque le asista la razón, algo debatible, sino porque ha sido más perseverante, organizado y eficaz en transformar las emociones en acción masiva, manifestada con rotundidad. Y con el efecto más buscado: un fuerte impacto entre los líderes de la Unión Europea. Los mismos cuya protección invocó el president el domingo por la noche, dando a entender que en breve declarará la independencia.  

Mariano Rajoy, dos horas antes, declaró lo contrario: que la inmensa mayoría de catalanes ignoró la llamada a esas extrañas urnas opacas de tapa negra. Viciado desde su lanzamiento en el Parlament el 6 de septiembre, la consulta carece de valor objetivo. Máxime, después de que el Govern declarase por la mañana un censo universal –“vote donde quiera” cuando se perdió pretensión de validez o capacidad de arrojar un recuento fiable.

No se entiende, por tanto, el exceso de la intervención policial, legal (el Estado es el único depositario del monopolio de la fuerza) pero desprovista de mesura y prudencia. ¿Nadie en La Moncloa reparó en las consecuencias en Cataluña, en España y en el plano internacional?

¿Qui prodes? A la “astucia” de la que hace gala el Govern, el Gobierno popular ha vuelto a responder con una colosal negligencia. Tanta que cabe preguntarse si deben a una monumental incompetencia del aparato estatal o a la voluntad de Rajoy de perseverar en su pecado original hacia Cataluña por la misma razón que hace una década: el cálculo electoral.

Hace tiempo que los políticos adoptaron el binomio estrategia-táctica, pero muchos no distinguen ambos conceptos. La estrategia es la razón por la que se persigue un objetivo. La táctica es tan solo la manera de lograrlo. Seis años de movilización independentista –de movimientos tácticos permanentes y coordinados— han producido un resultado estratégico capital: fijar para un largo tiempo un nuevo y ampliado perímetro para el problema catalán.

Es fácil, particularmente fuera de Cataluña, centrar la atención en la tensión y en los incidentes del 1-O. En las cargas policiales, en los 800 heridos (según la Generalitat), en los encontronazos entre Mossos y fuerzas del Estado. En el Camp Nou vacío, en las acampadas en las escuelas, en las marchas con estelades o las manifestaciones con la bandera rojigualda y el reforzamiento de los patriotismos identitarios. En la ruptura emocional de una parte cada vez mayor de Cataluña respecto del resto de España.

Pero no se puede ignorar otra realidad. El entusiasmo de los que acudían a los centros de votación: la gente mayor y la gente joven. El sentimiento de trascendencia, de participar activamente en la historia. Las lágrimas de Gerard Piqué después de un inédito partido a grada vacía. Cualquier argumento racional palideció ante la palabra –y representación visual— que con más eficacia actuó de acicate instantáneo contra la lluvia y la incertidumbre: “represión”.

La lógica derivada de la primera apreciación podría animar al PP a aprovechar el probable fracaso en la negociación presupuestaria de 2018 (a cuenta del alejamiento del PNV por Cataluña) para disolver la Cortes y convocar elecciones anticipadas en volandas de la reacción anticatalana. ¿Qué números maneja Pedro Arriola?

La segunda realidad es más cercana y más plausible, a tenor del discurso de Puigdemont en la noche del domingo y consiguiente estallido callejero: traspasar el punto de no retorno y declarar la independencia. Hasta hay una fecha especialmente indicada para la ocasión, ya que el 6 de octubre se cumplirán 83 años desde que Lluís Companys proclamara en 1934 el Estado Catalán. Salvo si el Govern va de bluff y consigue que alguien en Bruselas o Berlin diga “halt!”

En los próximos días quedan abiertas varias alternativas pero ninguna es buena. Una  declaración unilateral conllevaría la segura suspensión de la autonomía en virtud del Artículo 155. Tras lo ocurrido el 1-O, la toma de control sobre las competencias de Seguridad y Educación parecerían probables. Y la anunciada huelga general también cobraría mayor posibilidades de éxito.

Lo que no se vislumbra en el horizonte es la posibilidad de una tregua que, eventualmente, dé paso a una negociación ‘creativa’ de una profunda reforma constitucional. Rajoy ha prometido hablar con todos los partidos con representación parlamentaria y comparecer ante las Cortes. ¿Sabrá ofrecer algo nuevo? ¿Aceptará hablar de ello ERC, o el PDeCAT o Podemos?

El ‘día más largo’ desde la restauración de la democracia en España, va a redefinir el reto frontal a la institucionalidad asentada sobre la Constitución de 1978. Aunque su escenario inmediato siga siendo Cataluña, la capacidad destructiva del desafío catalán entronca con el desafío de mayor escala que acecha al conjunto del sistema, cuyas primeras lances se produjeron, en la Puerta del Sol y en la Plaza de Cataluña, el 15-M de 2011.

El debilitamiento del sistema demo-liberal tras años de paro, crisis económica, desigualdad y erosión del estado de bienestar, han dado alas a los populismos que prometen soluciones a los desencantados de la sociedad. En un proceso que algún día se estudiará en las universidades, el independentismo catalán ha adoptado los modos del nacional-populismo, que explican su deriva hacia la rebelión desde su origen burgués y su tradición pactista.  

¿Cuándo abrazó el independentismo la insurrección? La respuesta probablemente se encuentre en la carambola que puso al frente de la Generalitat a Carles Puigdemont en lugar de Artur Mas. La exigua mayoría en escaños, que no en votos, del soberanismo en las plebiscitarias de 2015 permitió que la CUP impusiera la desobediencia como estrategia principal. Eso solo ha sido posible gracias a la rauxa gironina de Puigdemont, dispuesto a asumir un papel mesiánico que Mas solo interpretaba con los brazos abiertos en los carteles.

La épica revolucionaria se manifiesta cíclicamente en la historia de Cataluña. En las últimas semanas, el ambiente ha conectado con ese acervo. Y también con la tradición comunal, que da lugar a una unidad de acción interclasista entre la tranquila mesocracia, los cachorros del estudiantado (entre los que no faltan hijos de la más célebres ‘cien familias’) y los nuevos ‘sans-culotte’ de la CUP.

Tras el 1-O, los más optimistas –o menos pesimistas— confiábamos en que se abriera un periodo, siquiera breve, de desescalada, aunque solo fuera por agotamiento o para reponer fuerzas. Nos equivocábamos. El ‘día más largo’ promete con acelerar aún más los acontecimientos. Y la historia nos enseña lo impredecible de las aceleraciones históricas.

A partir del domingo, los autores materiales de la crisis a la que se aboca Cataluña y España son responsables de fracaso de dimensiones históricas y difícilmente reparables. La razón sugiere que ninguno de los causantes del problema pueden formar parte de la solución. La pregunta del millón es cómo, cuándo y a qué precio se llega –si se llega—a esa conclusión.

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