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El referéndum se refiere a la posibilidad de construir una república catalana, pero ha dejado al margen otras fórmulas como la Comuna

Adolf Tobeña

La escuela catalana ha potenciado los valores del nacionalismo, y la ha convertido en una escuela catalana. EFE
La escuela catalana ha potenciado los valores del nacionalismo, y la ha convertido en una escuela catalana. EFE

Barcelona, 19 de julio de 2017 (07:55 CET)

El segundo apartado de la pregunta que debe responder la ciudadanía catalana en la consulta del próximo 1-O no ha suscitado, ni de lejos, el mismo interés o desasosiego que el primero 1. Es natural, porque ese decisivo primer apartado requiere un pronunciamiento a favor o en contra de la independencia del país y el segundo, en cambio, tan solo demanda la aquiescencia o el rechazo a la forma republicana que adoptará el futuro Estado. No obstante, al ir las dos cuestiones juntas en una única interrogación no hay manera de desgajarlas, con lo cual el carácter fraudulento del plebiscito planteado por la Generalitat resulta meridianamente claro.

Por la sencilla razón de hurtar, mediante trampa alevosa, la posibilidad de ponderar ambos horizontes por separado y de decidir de manera juiciosa y autónoma sobre ellos.

El Gobierno catalán ha decidido, de un plumazo, que la ciudadanía no tenga otra opción que aceptar o rechazar el pack entero, cercenando así el derecho a una doble decisión meditada y responsable. No se podrá debatir sobre la fórmula más conveniente para la denominación y concepción del Estado porque el asunto vendrá viciado y sentenciado, de entrada. Todos los no-republicanos, aunque sean secesionistas convencidos, quedan automáticamente al margen del negocio mediante un dictado inamovible. Es decir, por la ley del embudo.

La pregunta del referéndum no deja lugar a otra fórmula que no sea una república

Puestos a estrenar Estado y a distribuir sinecuras y privilegios, que es de lo que se trata, nada hay más relevante que la unción, la forma y los protocolos que adopte la nueva Administración.

Cataluña tiene mimbres y tradición más que suficientes como para haber considerado, al menos, la pertinencia de debatir sobre otras opciones estatales tan válidas y seductoras, en principio, como la República. La fórmula del “Principado”, por ejemplo, resultaba obligatorio plantearla por cuanto conecta con la denominación histórica del país, además de coincidir con el vecino más apreciado, Andorra, del cual podría incluso copiarse la bicefalia principesca, vaticana y gala, para tener así una cobertura exterior garantizada ante una España comprensiblemente despechada y hostil.

Pero tampoco veo necesidad alguna de negarse, por principio, a fórmulas como el Virreinato o el Reino, incluso. Se hubiera encontrado, seguro, a algún descendiente austracista con apetito por re-emprender la penúltima línea dinástica. Y si no hubiera ninguno con suficiente empuje o pedigree, hay linajes muy destacados y con grandes servicios prestados a lo largo del periplo autonómico, en donde escoger algún vástago (o vástaga) para inaugurar una nueva estela de monarcas. Estrenar Corona y una pequeña corte de diseño y estilo envidiables podría acarrear enormes rendimientos en el mercado turístico y el publicitario, y cuesta entender que se renuncie a ello de forma tan alegre. Y si suena demasiado pomposo, en esta época, siempre se podría recurrir a un Gran Ducado, un Condado o una Baronía, por ejemplo.

Se descartan ideas como un virreinato o el Reino, que hubieran sido atractivas

Pero si se hubiera optado por primar la tradición obrerista y socializante de la cual también puede presumir ampliamente el país, podrían haberse planteado otras fórmulas nominales sin aspirar a copiar, con automatismo robótico, las estructuras republicanas de nuestros convecinos franceses o italianos. La fórmula de la Confederación era, asimismo, obligado debatirla ya que permite lanzar un guiño a aquella tradición proletaria y tiene ventajas añadidas no precisamente triviales. Remite, por ejemplo, a la impecable civilidad de los cantones suizos y deja abierta la puerta, de par en par, a ulteriores incorporaciones de los territorios irredentos del mediterráneo occidental o de los posibles bantusanes que pudieran enquistarse en una secesión traumática.

Hay muchas otras fórmulas atractivas que hubieran podido enriquecer el debate constituyente y contribuir, de paso, a mejorar el acervo histórico de la ciudadanía. A mí la que me hubiera ilusionado ver como opción plausible es la Comuna. A parte de sus espléndidas resonancias revolucionarias y utópicas conecta, por un lado, con el renovado brío del activismo local de izquierdas que, no por casualidad, ha usado el epíteto “En Común” o “Los Comunes” en todos sus estandartes, y define, por otro lado, a una sociedad abierta y perennemente experimental que podría cobijar un estallido incesante de creatividad.

Hubiera sido ilusionante apostar en el referéndum por una Comuna, con resonancias revolucionarias

Además, para guarecerse de los posibles fiascos que siempre andan al acecho en estos menesteres, la lengua catalana reserva una acepción escatológica para “la comuna. Con lo cual hubiéramos redondeado al asunto. Lástima: seguro que no va a poder ser.

1 Alex Grijelmo (El País, Domingo, 8-7-2017) dedicó un comentario a la insoportable artificiosidad y fealdad lingüística de la pregunta seleccionada para el referéndum del 1-O.

Adolf Tobeña es autor de La pasión secesionista (ED Libros)

 

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