25 de enero de 2015 (00:00 CET)

Algunas semanas, el revoltijo de temas de interés que la actualidad suscita hace difícil escoger apenas uno sobre el que escribir. Decidirse implica a menudo renunciar y a veces no sale a cuenta, como en la que nos ocupa. Perdonen, pero a riesgo de pecar de excesivamente simplista en alguna de las exposiciones la opción de este semana es politemática. Como sigue:

La desigualdad. El Colegio de Economistas de Catalunya organizó este pasado miércoles un debate entre Jordi Gual, director del Servicio de Estudios de La Caixa, y Emilio Ontiveros, presidente de Analistas Financieros Internacionales. Lo moderó Xavier Segura, de Tracis.

El motivo: el libro de Thomas Pikkety, el superventas El Capital en el Siglo XXI, que ha tenido la virtud de situar el problema de la creciente desigualdad en la mesa de los líderes mundiales.

El debate fue honesto y enriquecedor, de los que cuesta trabajo hoy encontrar. Aún viniendo de filosofías y culturas políticas enfrentadas (por poner etiquetas: Gual, liberal; Ontiveros, socialdemócrata), ambos hicieron un esfuerzo por entender los argumentos del contrario y analizarlos, reconocer lo que no podían afirmar y trasladar a los asistentes las dudas que no podían resolver.

En fin, un debate de verdad, para los que vemos y oímos demasiadas tertulias o sesiones parlamentarias. Algunas conclusiones: la desigualdad creciente es una amenaza, las razones admiten más matices; la política monetaria ayuda (para uno más y para otro sólo a cortísimo plazo) pero puede desincentivar reformas necesarias y urgen respuestas políticas a diferentes niveles: la educación, el gobierno de la globalización, inversiones…

Aznar ha vuelto. Pese a que él dice que no, sencillamente porque nunca se ha ido, su discurso como presidente de honor del PP en la sesión de apertura de la Convención Nacional tuvo una contundencia política muy alejada de las florituras con que habitualmente se despachan estos momentos de cortesía. Sus palabras fueron más propias de un líder opositor, de los de verdad, que las de un político prejubilado.

Rajoy, señalado además directamente horas antes por Bárcenas, quedó petrificado en su asiento. Algo nuevo podría empezar en el PP.

Mas y Junqueras a palos. Si la semana pasada mostraba un alto nivel de escepticismo sobre que alguno de los dos pudiera realmente haber salido satisfecho de ese encuentro en el que, bajo la estrecha vigilancia de la soberanísima trinidad (Forcadell, Casals, Vila d'Abadal), se recuperó la unidad de acción, no ha habido que esperar mucho tiempo para ver la fragilidad de esas buenas intenciones.

Con ocho meses de campaña electoral por delante, va a ser muy difícil que la independencia tape las diferencias y las vergüenzas. Si Mas no ha conseguido esa lista única, dictatorial, de país, entonces deberá competir con Junqueras y por medio hay demasiadas pruebas: la corrupción, por ejemplo. De entrada, el líder de ERC ha exigido a Mas que dé explicaciones. Una sonora bofetada.

El frívolo invento de las primarias. La debilidad política de la mayoría de dirigentes actuales les lleva a la precipitación y la ligereza cuando se ven emplazados ante problemas ante los que no hay respuestas fáciles. Hay que hacer algo, hay que conseguir rápido un espacio en los medios… aunque no tuviéramos nada elaborado al respecto.

Las primarias es una de esas importaciones llevadas a cabo por la izquierda como un intento para paliar su descenso electoral y la crisis de funcionamiento de sus formaciones políticas.

Pero al instaurarlas, han enfrentado dos legitimidades, como bien está padeciendo IU en Madrid. Por un lado, la que otorgan los militantes al elegir de manera directa a sus candidatos (a la presidencia del Gobierno, de la comunidad, a la alcaldía, a la presidencia del partido…) y por otro la de los órganos regulares y las estructuras estatutarias del partido (agrupaciones, consejos generales, congresos, etc...).
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