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El soberanismo ha alcanzado un éxito y es que la ciudadanía ha comenzado a considerar la segregación de los pueblos que cohabitan España como algo debatible

Adolf Tobeña

Mariano Rajoy ha afrontado el pleito catalán con prudencia y serenidad, y eso se ha visto, erróneamente, como un defecto. EFE/

Barcelona, 28 de junio de 2017 (07:55 CET)

La efervescencia secesionista en Cataluña ha ofrecido, a lo largo de los últimos siete años, un repertorio de espectáculos tan variado y estimulante que se ha ganado a pulso la atención de las tribunas internacionales más distinguidas.

Las estaciones mayores y no pocas de las “performances” domésticas del independentismo catalán han tenido un seguimiento puntual y meticuloso por parte de los púlpitos con mayor prestigio y capacidad diseminadora del globo. Es un mérito indiscutible del activismo secesionista y sus numerosos y eficaces propagandistas. Se ha fichado o seducido a verdaderos líderes en múltiples ámbitos de la persuasión mediática o en las redes, que han actuado con una profesionalidad encomiable para vender al mundo más avanzado la aspiración catalana de alcanzar la plena soberanía por vía democrática. El último de esos impecables voceadores, el New York Times, aconsejaba al Gobierno español en un enjundioso editorial (24-6-2017), los pasos que debía emprender, de inmediato, para dar curso a ese anhelo mediante una consulta de autodeterminación vinculante.

A pesar de las cascadas de interpretaciones que ha suscitado el fenómeno hay un ingrediente en ese ambicioso y pertinaz envite al que no se dedicado, a mi modo de ver, el debido cuidado. Me refiero a la reacción de los interpelados por la exigencia de sustanciar una segregación inapelable. Es decir, a las expectativas y las vivencias de los futuros “abandonados” ante ese horizonte de divorcio sin vuelta atrás. Dejo al margen, a propósito, de esa caracterización “perdedora” a los catalanes de filiación no-secesionista porque, aun siendo una mayoría social clara, no han conseguido montar una fuerza política sólida con la que contener el poderoso oleaje secesionista y, por tanto, cuentan más bien poco o nada.

Además, ellos pueden aspirar al torrente de oportunidades, privilegios y virtudes que traerá, con toda seguridad, la futura República cuadribarrada con lo cual cabe pensar que avizoren posibles ganancias para llevarse al zurrón, si actúan con tiento.

Mi interés se dirige a la digestión psicológica que han podido hacer el resto de españoles ante un litigio familiar, en fase de crisis aguda, aunque se ha ido enquistando y que por fuerza ha debido dejar alguna mella, a pesar de no haberse concretado nada irremediable, por ahora. Hay que descartar, de entrada, el desinterés distanciado y altivo por un fastidio que crepita en uno sólo de los confines peninsulares, porque el desafío ha copado el candelero político, en todo momento, desde que tomó cuerpo. Es cierto que a menudo se detectan mohines o expresiones de indiferencia o hastío, pero suelen ser impostados o sobreactuados. No ha lugar a pretender sacudirse, sin inmutarse, un moscardón singularmente cojonero porque todo el mundo sabe ya que la plaga es mayúscula y señorea un territorio y un dominio económico nada despreciable. Vital, en realidad.

Es un mérito indiscutible del activismo secesionista el haber seducido a líderes en la persuasión mediática

En la metabolización hispana del problema me ha parecido observar, al menos, tres fases. Una primera de sorpresa e incomprensión genuina: ¿a qué viene ahora, esa demanda enervante, en tiempo de grandes estrecheces?

Una segunda de indignación contenida: ¿cómo es posible que uno de los rincones más autónomos, ricos y avanzados de Europa ose pregonar agravios inventados y exigir rupturas expeditivas, mediante chantajes ventajistas?

Y una tercera de resignación llevadera ¿no será mejor, ante tamaña obstinación, soltar algún lastre simbólico y pecuniario para conseguir que dejen de dar la lata, de una vez por todas?

En eso estamos, me parece. España forma parte, según todos los barómetros serios, de la quincena de países más liberales y permisivos del planeta. Pertenece, por fortuna, al estupendo club de las democracias más abiertas, acogedoras y cordiales. Ha conseguido superar, en puntuaciones de calidad democrática, a un buen puñado de las sociedades más acreditadas en el buen vivir y en el respeto hacia todos los modos de pensar y de actuar. Su ciudadanía lo tiene bastante interiorizado, de modo que ofrece muy pocas muestras de estar dispuesta a dispendios o sacrificios por una vieja y enconada disputa vecinal. Se percibe incluso una tendencia creciente a considerar como plausible y aceptable una futura separación de mutuo acuerdo, preservando quizás algunos lazos simbólicos y fijando convenios comerciales y defensivos preferentes.

En el conjunto de España se ha llegado a la conclusión de que algún lastre simbólico se deberá soltar

Ya se irá viendo, pero sospecho que, a día de hoy, coexisten ingredientes de todo lo anterior en el panorama afectivo de la convivencia hispana. En definitiva, que el secesionismo ha ganado ya una importantísima batalla psicológica al conseguir que buena parte de la ciudadanía celtíbera haya comenzado a considerar la segregación de algunas de los pueblos que cohabitan en las Españas, como una opción perfectamente debatible.

Sin tabús, aspavientos o descalificaciones. Tengo para mí que, para que eso haya ido cundiendo ha sido crucial, asimismo, la actitud que el Gobierno central ha mostrado a lo largo del exigente y tenaz envite catalán. La paciencia marmórea, la estoica impavidez, la olímpica cachaza y la inigualable prudencia y serenidad que ha sabido mostrar el Sr. Rajoy ante desplantes e imposiciones impensables y unas urgencias aparentemente inaplazables, han contribuido a temperar, en gran manera, la previsible ebullición en todas las trincheras.

Esa espléndida virtud del primer ministro ha sido tomada, erróneamente, como su mayor defecto. Como paradigma de dos pecados capitales que habrían contribuido a envenenar el litigio: la pereza en la gobernanza, dejando que el tiempo y las desavenencias ajenas acaben por arreglar cualquier desaguisado, por ominoso que sea; y el soberbio desdén ante un inveterado pleito de aldea contra el que poco cabe hacer u oponer salvo la mejor y más resignada templanza.

Ya se verá, asimismo, cual es el diagnóstico final para ese modo de manejar el timón, en función de cómo evolucione y acabe (si es que acaba) el asunto.

De momento, lo que no puede negarse es que, en la España de hoy, andaluces, gallegos, canarios, valencianos, navarros, menorquines o leoneses (por mentar algunos paisanajes de innegable carácter y gran poso histórico), pueden debatir y emprender iniciativas para intentar desgajarse del marco hispano, si así lo desean y lo deciden mayorías cualificadas, sin que nadie se rasgue las vestiduras.

La virtud de Rajoy, su serenidad, se ve erróneamente como su mayor defecto

Todo puede debatirse y todo o casi todo puede someterse a la consideración ciudadana (con las debidas cautelas normativas). Esa es otra espléndida contribución, otro hito modernizador que el impetuoso soberanismo catalán deja para un futuro que puede que siga siendo (o no) común. A veces tengo la impresión de que en España se están tanteando nuevos mimbres para fortalecer vínculos entre países que llevan siglos conviviendo bajo el mismo paraguas o fórmulas benignas y consensuadas para cambiar de parapeto, con un respeto esmerado a los pactos previos.

Es decir, todo lo que distingue a la civilidad más abierta y madura. A pesar del ruido sainetesco y de los apasionamientos menos recomendables, sospecho que en el laboratorio hispano andan probándose y cocinándose recetas imaginativas para encauzar los anhelos de reconocimiento identitario que anidan, invariablemente, en los pueblos de largo recorrido. Todo ello para intentar eludir las gravosas facturas que suele conllevar el ejercicio de la auto-determinación, tal como lo promovió el infausto Woodrow Wilson. Hay que esperar que cristalicen fórmulas exquisitas para que, como en el caso de la mejor tortilla que depara la cocina mundial, los pinchos o las raciones sigan siendo memorables al mostrar, con orgullo y sin desdoro, el aroma, los sabores y la textura de una combinación imbatible.  

 

Adolf Tobeña es autor de La pasión secesionista (ED Libros)

                         

 

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