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Este 1-O es un desastre histórico de consecuencias imprevisibles. Digan lo que digan unos y otros, hoy nadie ha vencido: todos hemos perdido

Jordi García-Soler

1-O: El operativo de la Policía Nacional en los alrededores del colegio Ramón Llull de Barcelona, la mañana del referéndum. Foto: EFE/AE

Barcelona, 01 de octubre de 2017 (13:13 CET)

Escribo este artículo con mucha rabia y sobre todo con una gran tristeza. En el televisor se suceden, tanto en las cadenas catalanas como en las del resto de España y también en algunos canales extranjeros, las imágenes en las que contemplo cómo agentes de los Mossos d’Esquadra incumplen el mandato judicial de evitar la celebración del referéndum secesionista ilegal, y que otros agentes, los de la Guardia Civil y la Policía Nacional, cumplen dicho mandato e incluso lo hacen, en no pocos casos, con el uso de la violencia física contra algunos de los ciudadanos que deseaban participar en esta convocatoria independentista.

Siento ahora una rabia inmensa, una tristeza infinita. La gravísima irresponsabilidad política de unos y otros, tanto por parte del Gobierno de España presidido por Mariano Rajoy como por parte del Gobierno de la Generalitat presidido por Carles Puigdemont, nos ha llevado, por ahora, a una muy profunda escisión en el mismo seno de la sociedad catalana, que me parece difícilmente reversible al menos a corto e incluso a medio plazo. Una escisión social profunda y que se produce ya a todos los niveles, en las relaciones entre familiares y también entre amigos, vecinos, colegas y compañeros. Una escisión social que se extiende también entre el conjunto de la ciudadanía de Cataluña y la ciudadanía del resto de España.

Quienes llevamos muchos años defendiendo que solo a través del diálogo se podía evitar esta escisión social, y que en no pocos casos llevamos incluso más de medio siglo defendiendo la opción de la catalanidad democrática, asistimos ahora con rabia y tristeza a este despropósito. Lo que desde el secesionismo se quiso plantear como un desafío abierto al Estado democrático de derecho se ha convertido en un disparate enorme, incluso con la aprobación a última hora de un supuesto censo universal que se da de bruces con las mínimas normas de homologación internacional de un referéndum.

Este 1-O es un desastre histórico de consecuencias imprevisibles. Digan lo que digan unos y otros, hoy nadie ha vencido: todos hemos perdido. En primer lugar, ha perdido nuestro Estado democrático de derecho, gracias al cual España –y por tanto también Cataluña- ha vivido estos últimos cuarenta años en paz, con democracia y con libertad. Ha perdido asimismo toda la catalanidad democrática, todo el catalanismo político integrador e incluyente, diverso y plural. No ha habido ni habrá vencedores, solo vencidos.

Como en todas las guerras –y este conflicto sin duda lo es, aunque por suerte todavía pacífica–, las primeras víctimas han sido la información y los puentes. La información es ahora prácticamente inexistente y ha pasado a ser casi siempre pura y simple propaganda. Y todos los puentes han sido dinamitados.

¿Para cuándo la llegada de los pontoneros, capaces de reconstruir todos los puentes volados? ¿Para cuándo una información rigurosa y veraz, un auténtico contraste de opiniones diversas y plurales?

Mientras, mucha rabia y mucha, muchísima tristeza.

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