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En la escuela se ha propagado un determinado ideario, una propaganda, con el fin de lograr votantes a medio plazo de determinadas opciones políticas

Sonia Sierra

Ocho profesores de Lleida declararán por posible incitación al odio por la forma en la que trataron el 1-O en las aulas. EFE/JCC/Archivo

Barcelona, 29 de septiembre de 2017 (13:21 CET)

Uno de los mayores logros de las sociedades democráticas es la educación universal desde la infancia hasta la adolescencia. Se trata, sin duda, de la herramienta más potente para dar las mismas oportunidades a todos los niños hayan nacido en la familia que hayan nacido. Por ese motivo, los centros escolares son (o deberían ser) templos civiles donde los alumnos puedan desarrollarse en libertad, lugares donde todos se puedan sentir cómodos sea cual sea su manera de pensar o la de sus familias. La educación debe servir para formar buenos ciudadanos y para que los alumnos puedan desarrollar su sentido crítico para decidir por ellos mismos. Todo lo contrario del adoctrinamiento, vaya.

Sin embargo, en los últimos tiempo hemos visto como proliferan las ‘estelades' y los carteles a favor del referéndum ilegal y de la opción del “sí”. ¿Alguien se imagina que durante cualquier contienda electoral se empapelaran los colegios e institutos con propaganda de los diferentes partidos políticos? Por una parte, no es posible porque tenemos normas que regulan donde se pueden colgar y donde no estos carteles pero es que, además, no acaba de tener sentido porque los menores de edad no votan. Entonces, ¿por qué tenemos esos carteles a favor de un referéndum que es ilegal? ¿A quién beneficia? Quizá se podría pensar que es para captar el voto de las familias pero la realidad en que estos carteles están muchas veces dentro del recinto, donde los padres pocas veces entran. Parece, más bien, una estrategia a medio plazo para ir formando futuros votantes de determinadas opciones políticas.

Hay una estrategia a medio plazo para formar a futuros votantes de determinadas opciones desde las escuelas

No es ninguna novedad que una de las mayores obsesiones de los nacionalistas ha sido siempre controlar la educación. De hecho, cuando se dan posibles alternativas a sus planes, jamás falta la opción de blindar esa competencia. Ya en 1990, Jordi Pujol y los suyos ponían negro sobre blanco esa determinación en su programa ideológico. En él se hablaba de “impulsar el sentimiento nacional catalán de los profesores, padres y estudiantes” y para ello proponía “incidir en las asociaciones de padres, aportando gente y dirigentes que tengan criterios nacionalistas”.

No es de extrañar, pues, que la FAPAC (federación de las AMPA de Cataluña) se haya apresurado a sacar un manifiesto a favor del referéndum ilegal, que haya convocado a concentraciones o incluso asistido a actos con la ANC y Òmnium Cultural. ¿Qué hacen las AMPA compartiendo eventos con dos asociaciones secesionistas? ¿No debería ser su función velar por el buen funcionamiento de los centros escolares? Y, sobre todo, ¿no deberían representar a todas las familias sea cual sea su ideología? Cabe recordar que los partidarios de la secesión no llegan ni a la mitad de la población.

Otra de las propuestas del programa de Jordi Pujol era editar y utilizar libros de textos sobre historia de los Països Catalans. Más que historia deberíamos hablar de mito porque jamás han existido dichos países catalanes más allá de la formulación romántica decimonónica de la Renaixença. Pero esto es un aviso para navegantes a las comunidades vecinas: el nacionalismo es insaciable y expansionista. Resulta cuanto menos curioso que la Generalitat de Catalunya regale cada año un millón y medio de euros a la entidad pancatalanista Acció Cultural del País Valencià. La mitad de ese dinero va a pagar el crédito hipotecario del edificio El Siglo que llevamos años pagando los catalanes al igual que las reformas que se han hecho. ¿Por qué destina la Generalitat catalana tanto dinero a esa entidad? ¿Con qué propósito? Se ha preguntado en el Parlamento de Cataluña sin obtener ninguna respuesta convincente más allá de un genérico apoyo a la difusión del catalán. Cuesta de entender en que beneficia a una lengua pagar un edificio carísimo en Valencia.

Es necesario el compromiso de toda la comunidad educativa para que se salvaguarde la escuela de la propaganda

Volviendo a Cataluña, es urgente que los centros escolares sean lugares de neutralidad política donde todo el mundo se pueda sentir cómodo. No es posible que todos los alumnos reciban un mensaje instándoles a llevar ‘estelades' y pancartas a su instituto como ha sucedido en Santa Coloma de Farners. Es importante mantener las aulas fuera del debate político y de la agitación que hay en las calles catalanas en estos momentos. Es urgente que el Gobierno central deje de mirar para otro lado, como han hecho los anteriores gobiernos a lo largo de más de 30 años. Y es imprescindible no poner a los directores ni al resto de los funcionarios contra la espada y la pared al pedirle que cedan las llaves para llevar a cabo un referéndum que ha sido suspendido cautelarmente. Los directores han de velar para que todos los miembros de su comunidad se sientan cómodos y para eso han de poder trabajar sin presiones políticas.

Es más necesario que nunca el compromiso de toda la comunidad educativa y de todas las opciones políticas para salvaguardar el interés de los menores y que se ocupen de lo que les corresponde por edad: descubrir el mundo por ellos mismos bajo la atenta mirada de los adultos.

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