Queridos Reyes (Magos)

Los reyes Felipe y Letizia, junto a la princesa Leonor (i) y la infanta Sofía (2d), a su llegada a la ceremonia de entrega de los Premios Princesa de Asturias 2019 que se celebra este viernes en el Teatro Campoamor de Oviedo. EFE/ Ballesteros

Queridos Reyes (Magos)

El autor imagina qué desea la Princesa de Asturias ante la situación política que atraviesa España

Queridos padres:

Hace algunos años que no creo en la tradición cristiana de los Reyes Magos, esa historia bíblica de los antiguos sacerdotes eruditos que acudieron desde Oriente a rendir homenaje a Jesús de Nazaret tras su nacimiento con estrambóticas sustancias como ofrenda.

Como todas las historias bíblicas, no son más que eso, historias preñadas de sabiduría creadas por la Iglesia Católica Romana siglos después del tiempo en el que, en teoría, acontecen. Comienzo esta carta con esta reflexión porque me llama la atención que en un estado aconfesional, laico a todos los efectos, la institución que vosotros representáis, que yo misma represento en mi calidad de Princesa de Asturias, esté enmarcada en las más rancias tradiciones del catolicismo.

Descendemos de los Reyes Católicos y nuestros actos públicos están orlados por el rito católico. Imagino, mamá, que a ti te chocará aún más; siempre fuiste una mujer agnóstica, que no sabía de credos hasta ingresar en esta institución al casarte con papá. Nunca te he preguntado si para ti resulta un incordio más el tener que acudir a los templos o expresar tus promesas bajo la égida cristiana; o es una más de las concesiones personales que tuviste que hacer para ser reina.

En cualquier caso, no creo que te resulte plato de buen gusto, como no me lo resulta a mí. Tengo ya catorce años y, aunque no soy mayor de edad, me tengo ya por una mujer a todos los efectos. Parafraseando la genial Luces de Bohemia, hace ya muchos meses que me visita el nuncio.

Hace tiempo que pensaba escribiros una carta, una carta como las que de niña escribía para pedir mis juguetes de regalo a los Reyes Magos. Ya no escribo cartas de esas, ni siquiera mi hermana Sofía lo hace, esa niña adorable que solo por ser la segunda en nacer queda relegada al segundo puesto en la línea de sucesión dinástica, esas reglas que se recogen en la Constitución en el artículo 57 y que, a cualquier marciano que mirase nuestro país, una democracia consolidada, le parecerían una broma de mal gusto, ya que sigue el orden regular de primogenitura y representación, primando al hombre sobre la mujer. Ahí queda eso.

Aquel presidente tan cómico que tuvimos, José Luis Rodríguez Zapatero, prometió enmendar -e incumplió, por supuesto- lo que es un dislate constitucional, pero que vosotros aceptáis cada día y no lo consideráis algo urgente. ¿O sí? Nunca hablamos de esto, nunca es tema de conversación y me gustaría saber vuestra opinión. Vuestra opinión como padres y vuestra opinión como ciudadanos libres. Sofía y yo lo hemos hablado alguna vez e imagino que sabéis lo que pensamos de una norma así.

Habéis querido la mejor de la educaciones posibles para nosotras, la educación más completa. Como así la tuviste tú, papá. Pasaste por Lakefield en Ontario, Canadá, por la prestigiosa universidad de Georgetown, una de las siete universidades “pijas” de la Ivy League de la Costa Este americana; Las tres academias militares, Zaragoza, Marín y San Javier, te han visto desfilar. Sabes desde pilotar un caza militar a comandar un buque transoceánico, y todo lo puedes expresar en varios idiomas.

Aparte de tu talento natural, que lo tienes, papá, eres una de las personas de tu generación con una formación más sólida, trufada de miles de experiencias políticas, culturales, profesionales, sociales y religiosas que te hacen un ejemplar único, si me lo permites, y sabes que te lo digo con todo el cariño y amor que te tengo, y con el máximo de los respetos desde el cargo que ostento como sucesora tuya.

Llevo mucho tiempo pensando que esta nación, España, a la que decimos amar, aunque yo no lo tenga del todo claro, no puede permitirse un desperdicio así. Que un  talento como el tuyo, papá, se malgaste en un cargo tan trasnochado, rancio y anacrónico como el de rey es algo que no comprendo, que no alcanzo a comprender. Es algo que, en definitiva, me gustaría hablar un día contigo, sin coronas ni tiaras.

Será amor de hija, no lo dudo, pero en estos días se está votando la investidura de un presidente mediocre, como mediocres eran los otros cuatro candidatos de los partidos principales que participaron en el debate televisado que vimos juntos. Aquella noche, papá, yo te imaginaba, alto y gallardo, con las ideas muchos más claras que todos ellos, participando en el debate. Y les ganabas por goleada.

Solo yo sé lo claras que tienes las ideas para regenerar España, para cambiar las instituciones, empezando por la monarquía que tanto ayudaron a enlodazarla tus antepasados y familiares políticos, por acabar con privilegios absurdos heredados del franquismo como el régimen foral vasco con sus tres haciendas provinciales que hacen de sus ciudadanos unos privilegiados con respecto al resto de sus pares nacionales, las estupidez misma de las nacionalidades históricas -como si no tuviese tanta historia Cartagena como Tarragona- y tantas otras cosas.

Pero debemos entender, papá, que la monarquía no tiene enmienda ya que, de por sí, es algo inconcebible unido a los conceptos de libertad, igualdad o democracia. Creo, en definitiva, que el mejor servicio que podías proporcionar a España es el de renunciar al cargo, el de tratar de ayudar, de arrimar el hombro desde las filas de un partido político, de alguno de los existentes, corruptos y llenos de paniaguados, o creando una nueva formación. Solo te auguro éxitos y, si no, bastante éxito será el que pases a la historia como el monarca que disolvió como un azucarillo algo tan obsoleto como la monarquía, algo que para mí es parecido a la esclavitud, la progenitura, el machismo o el racismo. Algo que no pertenece a mi siglo.

Por último, padres, pediros que deis este paso también por amor, por amor a Sofía y a mí misma. Solo queremos ser niñas, personas, normales, como lo eras tú antes de casarte, mamá, alguien que podía divorciarse, que podía ejercer el derecho al aborto o a hablar con la más absoluta de las libertades.

¡Oh, dioses, libertad, qué palabra! Algo que nunca conoceré a no ser que reaccionéis a tiempo. ¿Queréis un futuro para nosotras como el que han tenido mis tías Elena y Cristina, un futuro lleno de libros secuestrados, desmentidos, persecuciones periodísticas, rumores, favores judiciales, estigmatización social… un futuro sin libertad?

¿Queréis un futuro como el de los abuelos Juan Carlos y Sofía para nosotros? A veces lo hablamos mi hermana y yo en la soledad de nuestros cuartos, a veces imaginamos que somos una familia normal, que va a hoteles y restaurantes con normalidad, que puede viajar en Ryanair o tomarse una hamburguesa en el Five Guys sin provocar un caos circulatorio y sin que tengamos que controlar si el ketchup se escapa por la comisura de nuestros labios… Eso os pido en estas fechas, mis queridos padres, mis amados Reyes Magos de Oriente.

                                                                                  Leonor de Borbón y Ortiz

Este artículo no refleja necesariamente la opinión del consejo editorial o de Economía Digital y sus accionistas.

José María F. Ameneiro

Consultor, empresario y, sobre todo, lector.

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