Puigdemont y Sánchez crean una sociedad de interés

15 de marzo de 2016 (23:00 CET)

Una imagen, pero no sólo eso. Pedro Sánchez y Carles Puigdemont se han conocido. La paradoja es que los dos pueden ser aves de paso. Dependen en demasía de factores externos. Sánchez no es presidente del Gobierno. Y Puigdemont llevará las riendas de la Generalitat por un tiempo tasado, no más allá de los 20 o 24 meses. Pero los dos han decidido invertir a medio plazo.

Los dos dirigentes se entendieron. Y pudieron limitar sus diferencias en un encuentro en el Palau de la Generalitat. Las fuentes conocedoras de la entrevista, tanto del Govern autonómico como del PSOE, coinciden en el relato. La mayoría de la reunión se dedicó a la financiación autonómica, y a la necesidad de constituir un sistema que realmente sirva. El problema no se centra en Cataluña. Son muchas las comunidades que reciben ingresos por debajo de las necesidades, en función de las prestaciones con las que están comprometidas. Pero es cierto que en Cataluña se ha interiorizado como un problema central y de envergadura.

Las diferencias se produjeron, claro. Pedro Sánchez rechaza la convocatoria de un referéndum a la escocesa, que, al margen del resultado –hay voces en el PP y en el PSOE que en privado sostienen que se podría consultar, porque el resultado sería un 'no' a la independencia-- crearía un precedente que no resolvería el problema de fondo. Puigdemont mantuvo la tesis de que la mayoría de catalanes, entre el 70% y el 80% según distintos sondeos, está a favor del derecho a decidir.

Pero los dos dirigentes invirtieron en una sociedad que les beneficia a los dos. El independentismo conoce perfectamente sus límites, y sabe que no podrá hacer nada sin negociarlo previamente. Y que el interlocutor será el próximo presidente del Gobierno español.

Sánchez abrió el abanico de acuerdos, que pasan por la financiación autonómica y por la inversión del Estado en Cataluña. También sobre un mejor reconocimiento de la singularidad catalana, pero no por un referéndum de autodeterminación, se pierda o se gane.

Ahora a Sánchez le toca negociar con Podemos. Este martes ya contactó, de nuevo, con Pablo Iglesias, el líder de Podemos. Sólo esta formación, a través de una abstención, le puede posibilitar a Sánchez la presidencia del Gobierno. Por ello, el Govern de Puigdemont aguarda a que eso se pueda producir.

El problema y eso sí es una responsabilidad histórica del nacionalismo catalán, es que no se puede actuar de una forma pasiva. Es decir, Puigdemont, --tiene, sin embargo, toda la legitimidad para ello-- no puede esperar a ver qué pasa, y mientras seguir una hoja de ruta que nadie se la cree de verdad. Lo que le ofrece Sánchez al catalanismo, en todo su amplio espectro, es una reforma constitucional que garantice un nuevo salto adelante para el conjunto de España.

Y sólo se puede realizar si realmente el catalanismo, o ahora el soberanismo, se emplea a fondo en esa dirección.

Para muchos dirigentes e intelectuales de toda España el gran error del nacionalismo catalán, cuando lo pilotó Jordi Pujol, fue su rechazo a participar en la gobernación de España. ¿Estaríamos ahora en la misma situación, con ministros nacionalistas que se hubieran implicado en la construcción de toda España?

Ahora se podría abrir un nuevo periodo. Por el momento, Sánchez y Puigdemont ya conocen el punto de partida
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