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Las palabras de Puigdemont sobre ETA y el esfuerzo para alcanzar la independencia son una muestra de miseria moral que responden a una concepción radical

Jordi García-Soler

El presidente de la Generalitat, Carles Puigdemont, y el exentrenador del FC Barcelona Pep Guardiola, que actuó con su discurso zen en una manifestación en Montjüic. EFE

Barcelona, 20 de junio de 2017 (12:44 CET)

Equiparar, aunque solo sea de una manera un tanto confusa, el proceso secesionista catalán con la larga y difícil lucha contra el terrorismo etarra, resulta una muestra más de la grave incontinencia verbal que aqueja a buena parte de los dirigentes del movimiento independentista catalán.

Lo que sin duda es más preocupante es que quien ha hecho esta equiparación, y la ha hecho precisamente en el transcurso de un acto público tan relevante como el que ha tenido lugar en Barcelona con motivo del trigésimo aniversario del criminal atentado terrorista que ETA cometió en los almacenes Hipercor de la capital catalana, ha sido nada más y nada menos que el presidente de la Generalitat, Carles Puigdemont.

Las palabras de Puigdemont sobre el esfuerzo frente a ETA y para alcanzar la independencia han rebasado el límite

Todo tiene un límite. Puigdemont lo ha rebasado ya muy a menudo desde que sucedió a Artur Mas en la Presidencia de la Generalitat. En este caso ha rebasado todos los límites con creces. Las suyas son unas palabras que responden a una concepción radical e intolerante, únicamente comprensible en quien se deja llevar por una pasión ciega, por un fanatismo irracional.

Las palabras de Carles Puigdemont muestran un muy elevado nivel de miseria moral y una indigencia intelectual alarmante, en especial viniendo de quien vienen, que por su simple condición de presidente de la Generalitat debería intentar representar al conjunto de la ciudadanía catalana, sean cuales sean sus opiniones y opciones políticas. O, cuando menos, debería intentar no ofender con una equiparación tan burda e insultante a quienes no comulgan con sus ideas, concepciones y proyectos políticos.

Se debe tener respeto por todos, pero no con Puigdemont, que se ha atrincherado en una intolerancia fanática

Siempre he defendido que en política, como en la vida, lo importante no es la tolerancia sino el respeto. El respeto de todos y a todos. Pero no puede haber ningún respeto, ni tan siquiera la más mínima tolerancia, para quien, como ha hecho el presidente Puigdemont, se atrinchera en la intolerancia fanática e irracional, hasta el punto de intentar equiparar su legítima lucha por la independencia de Cataluña con el tan largo y difícil combate contra el terrorismo etarra, que tantas víctimas de todo tipo provocó durante tantos años en España entera, y también en Cataluña, y no solo en el ahora tan recordado atentado de Hipercor sino con otros muchos asesinatos, múltiples como el que hicieron contra la casa cuartel de Vic, o individuales, como el cometido contra el exministro socialista Ernest Lluch, por citar solo un par de casos.

Por último, me permito recordarle a Carles Puigdemont que tiene, en su legítima lucha por la independencia de Cataluña, acompañantes mucho más que complacientes con el terrorismo, como ese “hombre de paz” que para más de un diputado de Junts pel Sí es el exetarra Arnaldo Otegi, o Carles Sastre, terrorista de Terra Lliure condenado, entre otros crímenes, por el asesinato del empresario barcelonés José María Bultó, y que fue presentado en TV3 como un “independentista gran reserva” y a quien hemos contemplado participando en más de una reunión del Pacto Nacional por el Referéndum.

Una forma un tanto sorprendente de luchar contra el terrorismo, con estos compañeros de viaje.  

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