Ficción, autodestrucción y 'empastre' en el nacionalismo catalán

Una urna en un colegio electoral de Barcelona en las elecciones catalanas de 2005. Foto: EFE

Ficción, autodestrucción y 'empastre' en el nacionalismo catalán

Las características del nacionalismo catalán incluyen la afinidad por la ficción, la vocación autodestructiva y un gran sentido del humor

Entre otras características, el nacionalismo catalán se ha distinguido por la inclinación a la ficción, la vocación autodestructiva y un peculiar sentido del humor. Veamos. Por partes.

La ficción

Dejando a un lado episodios –ya tratados en otros artículo de ECONOMÍA DIGITAL- como la Asamblea de Parlamentarios de 1917, el complot de Prats de Molló o el golpe de Estado de octubre de 1934; dejando a un lado eso, el “proceso” que se implementa en 2012 se caracteriza, al igual que los precedentes, por la ficción. En la línea del “ficcionalismo” o filosofía del “como si” de Hans Vaihinger, el secesionismo ha construido una serie de ficciones con el objetivo de adecuar el mundo a sus necesidades y propósitos.

Así, el nacionalismo catalán ha actuado como si existiera el derecho a decidir, como si Cataluña fuera sujeto del derecho de autodeterminación, como si la mayoría de la ciudadanía deseara el advenimiento de la República Catalana, como si las elecciones autonómicas fueran plebiscitarias, como si las derrotas fueran victorias, como si la Unión Europea estuviera por la labor de la independencia, como si la ruptura del marco constitucional fuera legal y legítima, como si la independencia de Cataluña condujera al bienestar y el progreso. Nada de ello es cierto. Pero, el nacionalismo catalán, además de jugar a ser Estado, ha incurrido e incurre, una y otra vez, en la ficción. Si quieren, en la mentira y el engaño.

La autodestrucción

Sin entrar en detalles, un excelente resumen y compendio –premonitorio, por lo demás– de la vocación autodestructiva del nacionalismo catalán, lo brinda Joan Puig i Ferreter –dramaturgo, militante de Esquerra Republicana de Catalunya, diputado en el Congreso y en el Parlament durante la Segunda República y Ministro de Justicia del gobierno de la República en el exilio– en su Diari d´un escriptor. Ressonàncies, 1942-1952.

Selección: “porque habiendo puesto un pie en nuestra política, eso me permitió conocer nuestra política, disgustarme, asquearme, no tener ninguna fe en la misma… cuando dejé Barcelona, ya había perdido toda confianza en nuestra política y me fui a París, contento de alejarme de una cosa en la cual no creía, de librarme de una mentira a la cual, de estar asociado, me resultaba un tormento. Marcharme…era para mí una liberación…. Llego a creer que, dada la egolatría colectiva racial y sentimental de los catalanes, Cataluña está más necesitada de verdades que de cantos… no me duele insistir, tan necesario creo un cambio de régimen moral y espiritual de Cataluña”.

Prosigue: “mientras en el mundo se producían tantas cosas enormes… ¿qué hacían los catalanes con su vivir y pasar divertido, pintoresco, doméstico, casero y catalán como si vivieran en una isla remota, infinitamente lejos de Europa y de sus dramas eternos, o en una región sideral sin contacto con el presente de una Europa en tránsito de gestación de un nuevo mundo de grandeza y horrores?”

Ayer, como hoy –premonitorio, decía-, el nacionalismo catalán tiene mucho de autodestructivo. Sí: el discurso de Joan Puig i Ferreter sigue siendo válido 80 años después. Ahí está la autodestrucción de Convergència Democràtica de Catalunya y de Convergència i Unió, la previsible implosión del PdeCat. la ERC que dice basta a Carles Puigdemont y a JpC, o el Carles Puigdemont que afirma que “los nuestros nos han sacrificado”, que “esto se ha acabado”, que el “plan de la Moncloa triunfa” y se acerca “un ridículo histórico”. ¿La política del nacionalismo hoy? Relean el texto citado de Joan Puig i Ferreter.

Una autodestrucción compatible -¡qué cosas!- con la ficción. Carles Puigdemont se confiesa vía móvil, pero –al mismo tiempo- no tiene ningún problema en afirmar –vía plasma- que “Cataluña no se ha rendido. El proyecto de país libre y mejor une más gente que el del país sometido y decadente. Hoy tenemos la oportunidad de empezar a construir el país que quiere la mayoría”. Y “no hay ningún otro candidato”. ¡Joder, qué tropa!, dijo el conde de Romanones.

El 'empastre'

Rafael Dutrús Zamora, “Llapisera”, fue un valenciano de Cheste, nacido en 1892, que ha pasado a la historia como creador del toreo bufo, también denominado “charlotada”. Los espectáculos de “Llapisera” se presentaban con banda de música –los Calderones- y diversos personajes cómicos –además de banderilleros y bailarines- como Charlot, el Bombero Torero, Laurelito, don Pepe o Aquilino. El nombre de la troupe obedece al caos de sus espectáculos: La Banda del Empastre.

Efectivamente, algo o mucho de “empastre” ha habido y hay en el secesionismo catalán. Para empezar, unos personajes –reaparecen los calderones, los banderilleros, los espontáneos, los maletillas o los bailarines, en este caso de la política- siempre dispuestos a salir al ruedo a ganarse el sueldo o la independencia distrayendo al personal con sus historietas. Y no falta la banda musical mediática que anima y ameniza el espectáculo. Y, por supuesto, no hay “empastre” sin público: ahí está la fiel infantería que espontáneamente se echa al ruedo y participa en el espectáculo. Lo penúltimo: la posible investidura simbólica del presidente “legítimo”. ¡Menudo libreto! ¡Menudo espectáculo! Lo confieso: no me pierdo ni un capítulo.

Este artículo no refleja necesariamente la opinión del consejo editorial o de Economía Digital y sus accionistas.

Miquel Porta Perales

Analista, Economía Digital

Miquel Porta Perales completa un año particularmente productivo con ED Libros. A Totalismo se suma Paganos, que analiza el renacimiento de lo pagano en sus diversas formas de expresión. Su próximo libro será Sumisión en la granja.

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