¿Por qué el PSOE y Podemos se autolesionan en campaña?

25 de septiembre de 2016 (01:00 CET)

Mientras el PP permanece aparentemente unido, aplazando cualquier discrepancia y volcándose en las campañas de Galicia y Euskadi, el PSOE y Podemos exhiben sus discrepancias internas, incapaces de aguardar una coyuntura favorable para lidiar sus disputas. Ante unos electorados incrédulos, los dos partidos exhiben sus miserias sin que sus potenciales votantes entiendan ese ejercicio de autodestrucción.

Lo lógico sería que cada partido aprovechase la crisis interna del otro para sacar ventaja electoral. Pero parece que ambos han sincronizado sus deseos o frustraciones para autolesionarse delante de sus potenciales votantes.

La psiquiatría moderna tiene abundante literatura sobre las personas que se autolesionan. En general es producto de frustraciones muy profundas, de ira, desprecio y ánimo de llamar la atención. Estos síntomas se agravan con la tolerancia progresiva hacia el dolor que se producen, les obliga a una escalada hacía nuevas cuotas de sufrimiento que para el afectado son tranquilizantes.

Analicemos los síntomas psiquiátricos de Podemos y del PSOE.

La crisis de Podemos es radical, profunda y suma intereses de poder y discrepancias ideológica y estratégicas. Se ha manifestado de una forma tan violenta como la exteriorización que ha hecho de ella Pablo Iglesias: "si dejamos de producir miedo perderemos nuestra razón de ser como ideología política". A simple vista es una manifestación enfermiza. Si provocan miedo en los poderosos generan adhesión en quienes se sienten agredidos por aquellos. No se trata de convencer con propuestas sino de unificar con agresividad, odio y rechazo.

Es cierto que ese es el origen de Podemos, la indignación como pegamento de una multitud de desafectos con un sistema en crisis. Probablemente, era el único comienzo posible para aglutinar personas de distinta clase social, ideológica e intereses. En el guión de esa estrategia de "tomar el cielo por asalto", la segunda parte obligada para construir una organización política eficaz es la homogenización de postulados políticos con un mínimo común denominador para hacer eficaz la energía de la indignación convirtiéndola en proyectos concretos.

Y aquí está el gran fracaso de Podemos. Su obsesión, sus prisas de crecimiento le llevaron a una gran frustración: no conseguir el sorpasso promovió una crisis interna, consternados al comprobar la dureza de la vida política organizada que requiere subir los peldaños del poder de uno en uno. Lo que fue un gran triunfo, conseguir de la nada 70 escaños se mutó en una profunda insatisfacción.

Como no han sido capaces de una autocrítica sincera, la ansiedad se ha dirigido a buscar soluciones instantáneas. Y esa zozobra, frustración y ansiedad ha promovido el deseo imparable de autolesionarse. Es una conducta eminentemente patológica, cuyo exponente más claro es Pablo Iglesias. No tolera los fracasos; no puede entender que alguien le discuta la razón.

La existencia de una candidatura alternativa en Madrid fue el detonante de esta crisis que ha sido exhibida públicamente sin pudor en plenas campañas electorales en Galicia y Euskadi. La quiebra de la unidad es profunda y su solución es difícil. La cura del síndrome de autolesión necesita un tratamiento prolongado para recuperar la autoestima. En política, la autoestima es la asunción de la tolerancia, del entendimiento y del pacto como tecnología política. Algo muy difícil cuando los síntomas están complementados con autoritarismo, narcisismo y egolatría. Seguro que han adivinado que trato de describir la personalidad de Pablo Iglesias.

Vayamos con el PSOE.

La necesidad de autolesionarse del PSOE, aparentemente obedece a una mera crisis de poder, de disputa del poder. Los barones contra la ejecutiva que encabeza Pedro Sánchez y ésta contra los barones. Es más complejo.

El PSOE ha gobernado durante más años que el PP desde la transición. De un partido de masas, con militantes activos volcado en la lucha política ha pasado a ser un partido institucional. Durante muchos años sus militantes eran al mismo tiempo cargos institucionales en ayuntamientos, comunidades autónomas y gobierno de España. El partido ha estado tranquilo cuando sus militantes estaban ocupados en cargos institucionales. Dejaron de operar en la vida política al margen de las instituciones y quienes no tenían cargos no encontraron un trabajo político alternativo.

El tránsito paulatino de 202 diputados conseguidos en 1982 a 85 en la última legislatura ha desorientado a sus militantes. Ahora mismo, con las cifras en la mano, el PSOE no es alternativa de poder. Y lo que es más grave, está amenazada por primera vez la hegemonía de la izquierda que ha tenido desde las primeras elecciones en 1977.

Sería largo y prolijo analizar la profunda crisis del PSOE desde los orígenes que la impulsaron. Probablemente arrancó en el divorcio entre Felipe González y Alfonso Guerra. El primero gestionó la política de gobierno y de Estado. Alfonso Guerra fue el combustible que impidió que el PSOE dejará de ser un partido.

Luego la crisis de la sucesión de Felipe y el invento de las primarias para legitimar la designación de Joaquín Almunia, el episodio de la primera rebelión interna del poder establecido con la elección que los militantes hicieron de José Borrel. José Luis Rodríguez Zapatero prescindió e hizo prescindible al partido. Ganó el gobierno y destruyó la organización.

A partir de esos tiempos, el PSOE en sus congresos dejó de elaborar proyectos políticos y se redujo a una lucha de poder por ocupar la secretaría general. El control de la organización sustituyó a los proyectos para gobernar España.

Ahora el PSOE, desarbolado en todos sus parámetros existenciales, perplejo por una crisis sistémica, ha optado por la autolesión como metodología política. Pedro Sánchez se ha convertido en el objetivo a batir porque ni tiene un proyecto claro ni se ha molestado en ejercitar el diálogo y la mediación. Ha optado por una especie de talibanización del PSOE que ha hecho de la épica de la resistencia el único combustible de su acción política. No hay una crisis igual en el PSOE desde el congreso donde el abandono del marxismo promovió la dimisión de Felipe González.

Ahora el pacto ya es imposible.

Entre los opositores a Sánchez no hay disenso en que el secretario general del partido es el problema. No se trata de destituirlo para poner otro líder. Afirman que ese no es el problema. La solución pasa por una gestora que organice la regeneración del partido en sus objetivos y en su metodología interna. Mañana domingo se celebrará la primera batalla, cuando se conozcan los resultados electorales de Galicia y Euskadi. Luego, un comité electoral a cara de perro en donde Sánchez intentará un congreso instantáneo con el único objetivo de salvar su liderazgo.

Si hubiera psiquiatras especializados en organizaciones políticas, su obsesión sería diagnosticar este deseo irrefrenable que tiene el PSOE de autolesionarse, provocando un dolor profundo en los miles de ciudadanos que voten o no al PSOE consideran imprescindible este partido para la vertebración de España.

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