Pero, entonces… ¿era Pujol de verdad Ubú rey?

06 de septiembre de 2014 (17:23 CET)

En 1896, el dramaturgo Alfred Jarry estrenó Ubú rey, una pieza satírica, descarnada en grado supremo, en la que muchos sitúan el origen del surrealismo en el teatro. Ubú es un personaje amoral y grotesco, en cuya enorme panza lleva tatuada una espiral, como símbolo de su inagotable egocentrismo.

Ubú rey es ante todo una parodia de las instituciones, de los gobiernos, de los hombres que se ponen al frente, de todos los regímenes… Ubú, como personaje, es la ambición, la codicia, la estupidez. Pero su creador, Jarry, no se queda ahí y su lacerante caricatura alcanza también de lleno a la sociedad en la que reina su protagonista.

Asalta a ciudadanos, pero éstos no le acusan; confisca bienes de los nobles, pero los dibuja tan miserables como al propio Ubú, y les acusa de llegar a sus cargos por métodos muy similares. El pueblo resulta aún más estúpido y aborrecible, pues ante los atropellos vitorea al tirano por temor o por costumbre. En ese escenario, Ubú hasta consigue transformar sus errores en éxitos.

En 1995, el grupo de teatro Els Joglars, liderado por Albert Boadella, puso en marcha una adaptación con el inequívoco título de Ubú president, en la que el actor Ramon Fontseré encarnaba al pare Ubú, una feroz ridiculización del entonces presidente de la Generalitat, Jordi Pujol (el Excels), y otros personajes de la política catalana.

Casi 20 años antes, en plena transición democrática, Els Joglars estrenaron La torna, un duro alegato contra la justicia militar que costó a los componentes del grupo un consejo de guerra y a Boadella la prisión, de la que escapó mientras era trasladado a un hospital. En el 91 fue absuelto. La acusación contra el grupo generó una amplia movilización popular.

Por el contrario, con ocasión de Ubú president, Els Joglars empezaron a ser ampliamente denostados por sectores importantes del establishment catalán. La simpatía que habían recibido cuando el objeto de sus burlas eran los militares (La torna) o la Iglesia (Teledeum) se convirtió en indiferencia o en algunos casos en acusaciones de traición al país por los más fundamentalistas. Se les hizo el vacío institucional. Se transformaron en apestados para muchos de los que antes habían reído y aplaudido sus bufonadas.

Y es que cuando se presume de oasis, nada puede alterar la paz oficial. Pero una sociedad que no sabe reírse de sí misma es una sociedad acomplejada y cuando esto sucede resulta más vulnerable. Los presidentes de los Estados Unidos suelen hacer bromas, incluso sobre sí mismos, en la tradicional cena de corresponsales de la Casa Blanca, y no por ello el país sufre ningún escarnio. En Catalunya no es posible. El humor más agresivo que se tolera oficialmente es el de Polònia o el del magnífico Andreu Buenafuente, y eso son unos límites demasiado estrechos.

Al confesar haber defraudado a Hacienda durante más de 30 años, la figura de Jordi Pujol ha girado hacia la caricatura que Boadella y Fontseré le hicieron en el 95 y que les costó una cierta marginación en este país “con voluntad de ser”. Pero hoy, a la vista de la gravedad de la autoconfesión y de la verosimilitud que adquieren las sospechas sobre el origen fraudulento de un quizás ingente patrimonio familiar, tal vez debamos pensar que al fin y al cabo los cómicos no fueron tan imaginativos como creíamos. La realidad siempre supera a la ficción.

Tampoco la sociedad que despiadadamente estereotipaba Jarry merece mucho más. A la vista del escándalo Pujol, los medios miran a los políticos, éstos a los jueces y funcionarios, que a su vez miran a… ¿cómo es posible que nada se supiera antes? O si, como dicen otros, todo el mundo lo sabía ¿cómo es posible que no pasara nada antes?

Seguramente, porque cuando Els Joglars denunciaban su marginación, la invisible censura a la que eran condenados, la sociedad catalana, como la de Ubú, prefería callar, no preguntar, mirar hacia otro lado o pensar cómodamente en enemigos exteriores. A diferencia de Ubú --eran otros tiempos--, Pujol hizo algo extraordinariamente bien: el clientelismo con el que modeló una sociedad y una administración que le permitió gobernarla directamente durante 23 años e indirectamente bastante más.


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