Ocho años con Mariano

01 de noviembre de 2015 (20:03 CET)

Es posible que, a pesar de la fabulosa tormenta, Mariano Rajoy siga ahí. El PP encabeza casi todas las encuestas, él es el presidente y candidato y nadie tendrá más derecho a reclamar el cetro según las normas grises de la aritmética. Pero hay un problema: de existir, sus aliados exigirán su cabeza al asociarla a los viejos vicios, tanto políticos como morales. Será la prueba de fuego del Silencioso Resistente, capaz de sobrevivir al huracán Bárcenas, la gota malaya Aznar y la menguante Ola Popular, millones de hectáreas electorales quemadas en Andalucía, Madrid, Valencia y Cataluña, ah, el verdadero cerrojo del laberinto.

Hay cierto consenso respecto a la redención que se le presenta al ilustre si es capaz de pulsar la tecla adecuada. La pega es que nadie sabe exactamente cuál es esa tecla. ¿Dejar que la marea secesionista, ya también sediciosa, avance hasta el milímetro final del dique? ¿Recurrir al parapeto de un Tribunal Constitucional oficiosamente desactivado en la protorrepública catalana? ¿Aplicar el artículo 155 y crear derecho y aprender aprendiendo? Si el protagonista es fuertemente indeciso de serie, imaginen las tribulaciones que le creará semejante mesa de mezclas.

Mariano simboliza en la mente de las dos mitades ideológicas españolas el ángel y el diablo. Redención o pesadilla en una correlación perfecta. Si defiende la unidad del país desde la coerción, reavivará el fantasma azul, católico y momificado. Si insiste en la congelación, los anales esculpirán su negrísima responsabilidad como desguazador del Estado, o, en el mejor de los casos, aplicará más tarde las medidas que debió decretar antes. Porque, subrayemos la evidencia, Cataluña absorberá nueve de cada diez minutos de la energía nacional en adelante y hasta el 20D y más allá.

Ignorar el minuto solitario será un error más, y no menor, en nuestra atiborrada lista de pecados. Es un minuto crucial, uno que aprieta aliento contra aliento los asuntos pendientes: educación, calidad del empleo, clima inversor, fiscalidad, emprendimiento, sanidad y medio ambiente. Si la memoria no fuese tan volátil, los electores tendrían en cuenta la hoja de servicios de estos cuatro años para decantar el balón hacia una portería u otra, confrontando además programas y visiones de largo alcance.

Rajoy ha demostrado una aceptable disciplina presupuestaria, cultivado (aparentes) amistades en los círculos europeos e instaurado en la política española una aburridísima tarifa plana. Ni es un dirigente audaz ni entiende que los tiempos cambian y los moldes quiebran. Tampoco luce carisma crooner ni recibe bragas del público. La novedad le acongoja, la juventud le acogota y los órdagos le lastiman. Si gana, si sigue, si corona ocho años de mandato, ocurrirá justo aquello que niega: seguiremos alerta, con los nervios rotos por este zumbido terminal de discordias, miopías y desigualdades.

Cataluña tensó la cuerda en 1873, 1931 y 1934 aprovechando los achaques del conjunto. La maquinaria estatal no titubeó entonces, las aguas volvieron a su cauce y la precaria armonía entre discrepantes ganó sucesivos balones de oxígeno. La gran incógnita es cómo superará la falla un señor adicto a la zona de confort, los discursos leídos y las ocurrencias del arriolismo. Haga lo que haga, el desierto subyacente (la ausencia de un proyecto ilusionante) agrietará el suelo que pisamos

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