17 de julio de 2016 (01:00 CET)

Estamos consternados por la barbarie de un radical que en nombre de Dios ha matado y herido a más de un centenar de personas. Cómo todo el mundo ha dicho lo suyo, permítanme que les hable del lugar donde se ha producido el atentado. Niza es una ciudad de cerca de 400.000 habitantes situada entre Cannes y Mónaco, capital del Departamento de los Alpes Marítimos y que forma parte de la región de Provenza.

Niza, como Marsella, es el paradigma de ciudad maltratada por la historia, hasta el punto que pudiendo ser capitales de un territorio autocéfalo, apenas son grandes ciudades provincianas sin personalidad. El jacobinismo francés, que celebraba precisamente el 14 de julio su justificación revolucionaria, es el responsable de esta degradación que es, a la vez, económica, social y especialmente cultural.

Es un ambiente degradado y sin personalidad, una mala copia de la identidad francesa llevada a la exasperación, precisamente por gente que en el fondo se reconocen como "poco franceses". En este caldo de cultivo, los dos extremos del drama francés todavía se visualizan más. En el Consejo Regional, presidido por Christian Estrosi, los Republicanos (derecha) tienen 81 consejeros en la Unión de la derecha. Y el único grupo de la oposición es el Frente Nacional con 42 consejeros. Hace cinco años la correlación era 72 por la Unión de izquierdas, 30 por los Republicanos y 21 por el Frente Nacional.

Qué lejos queda la figura del primer presidente del Consejo de Provenza, el socialista Gaston Deferre –alcalde de Marsella- un hombre que, como mínimo, representaba una cierta fusión de la identidad de la región del Midi con las ideas de progreso. Ahora, la identidad emergente, y que gracias al atentado acabará de cuajar, es el populismo jacobino y de extrema derecha representado por Marion Maréchal-Le Pen, que sigue los pasos de su abuelo y es más radical aún que su tía Marine.

En las ciudades de Provenza como Niza hay una población autóctona envejecida y un aluvión inmigratorio con gran peso de la población de origen magrebí. Una economía de servicios y antiguamente basada en la  industria pesada. Y una economía sumergida y delictiva con clanes organizados que se acercan al ambiente de las regiones mafiosas italianas. Y esto puede convivir con islotes de nueva economía o de investigación universitaria puntera.

Sobre esta base socioeconómica subordinada sólo la Marsellesa y les Bleus son los principales cementos de fusión social. Pero esta sociedad no tiene suficiente fuerza para abordar lo que les está viniendo encima.

¿Cómo se ha llegado aquí? Niza no era ni francesa hasta hace poco más de 150 años. En marzo de 1860, por el Tratado de Turín, Niza y Saboya son cedidos por el rey Victor Manuel a Napoleón III, como contrapartida por el apoyo militar de este contra el imperio austríaco que poseía varios territorios de la península italiana.

Curiosamente, por primera vez esta anexión se validaba, cuando menos formalmente, por sendos plebiscitos en virtud del derecho de los pueblos a valerse por sí mismos. Derecho que cómo se sabe no es vigente en España, que todavía está en el siglo XVIII.

Así pues, por acuerdo de los gobiernos italiano y francés, las poblaciones de Niza y Saboya el 22 de abril del 1860 se pronunciaron en una votación a favor de la anexión. Anexión que se produjo con una pequeña excepción, para demostrar la arbitrariedad de las fronteras estatales. La parte norte del Valle alpino del Condado de Niza (el macizo de Mercantour) quedó anexionado al Piamonte porque era la zona preferida de caza del rey Víctor-Manuel. Después de la Segunda Guerra Mundial, De Gaulle la recuperó, modificando las fronteras francesas por última vez. En cambio no consiguió anexionarse la Vall d'Aosta por la oposición de la resistencia antifascista democristiana, liderada por Émile Chanu, precursor del autonomismo valdostano.

Tenemos pues, a una Niza de cultura y lengua occitana en transición hacia el idioma de los ligures, políticamente ligada o bien a la Provenza medieval o a la Saboya de protección austríaca hasta finales del siglo XIX, donde el jacobinismo, en un siglo y pico, ha arrasado cualquier señal de identidad propia, la única posible para cohesionar la población y facilitar el arraigo de las nuevas migraciones. Esto, junto con el centralismo económico de París, ha hecho que en sólo un siglo de diferencia, Niza haya pasado de ser la cocapital (con Turín) y puerto de un país potente – Saboya-Piamonte-, a una ciudad provinciana de la periferia de la periferia.

Y por desgracia, teniendo que sufrir dramas como el de esta semana que todavía los puede hacer bajar más en la espiral de degradación. ¡Ay, si Garibaldi, nacido en Niza, volviera a nacer! Tanta revolución para Italia, para acabar viendo su ciudad natal queda atrapada entre el fanatismo del terror y el de quienes manipulan el miedo al terror.



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