Ni Fernández Díaz ni Empar Moliner

13 de abril de 2016 (23:00 CET)

Los excesos nunca son buenos. Las sobreactuaciones hacen daño a la democracia, aunque se puedan vestir con serios argumentos. En Cataluña en los últimos años se han cometido errores, porque se ha querido impulsar un proyecto de tanta envergadura como la independencia de forma acelerada y atropellada, con un discurso que ha encontrado eco a fuerza de repetirlo, y con mantras como el derecho a decidir, las balanzas fiscales, el España "nos frena", o el proceso soberanista.

Con ese proyecto bajo el brazo se camuflan continuas broncas con el Gobierno central. La última muestra es la actuación de la periodista Empar Moliner, al simular la quema de una Constitución en un programa de TV3 con la excusa de que está en contra de que el Tribunal Constitucional haya anulado, parcialmente, el decreto-ley del Govern sobre pobreza energética.

Hay que ser honestos. Es discutible esa decisión del TC. De hecho se redactaron dos votos particulares, con la adhesión, a uno de ellos, de un tercer magistrado. El tribunal, en todo caso, le da la razón al Gobierno, que presentó el recurso, al entender que la norma del gobierno catalán invadía sus competencias. El tribunal recuerda, también, que el ordenamiento jurídico ya ha optado por una protección mediante un sistema de bonificaciones.

Las deudas de las familias con las empresas suministradores, sin embargo, no desaparecían con la norma catalana. Lo que se trataba de impulsar era un aplazamiento. El decreto ley, de hecho, fue contestado por entidades como Cáritas o la Mesa del Tercer Sector. Se entendía que no solucionaba nada. En el fallo del Constitucional se asegura que las leyes del sector eléctrico y del sector de los hidrocarburos ya establecen protección para las personas con menos recursos, a través del llamado bono social.

¿Qué pretendía realmente el gobierno catalán? ¿Sólo hacer ver que se interesaba, que movía alguna cosa, con la gran baza de que el Gobierno central se opondría, y, por tanto, se lograba una magnífica excusa para defender que es necesario tener un estado propio?

Ese es, realmente, el mensaje de Empar Moliner con la quema simbólica de la Constitución, porque es la Constitución española, y no sirve, a juicio de los independentistas para que Cataluña tome las decisiones en materia social que considere oportunas.

Se trata de un gesto para irritar al contrario, más que para solucionar nada. Y, ciertamente, el problema es que el soberanismo es totalmente consciente de ello.

En el otro lado, ¿qué tenemos? El enroque, el no sé qué se debe hacer si todo funciona más o menos bien.

Lo que tenemos son decisiones como las que ha tomado el ministro de Interior, Jorge Fernández Díaz, que sólo consiguen, también, irritar al contrario. La última de Fernández Díaz, ha sido nombrar comisario honorario de la Policía Nacional a Francisco Marhuenda, director de La Razón.

Se reconoce al periodista, que trabajó con Mariano Rajoy en los gobiernos de José María Aznar, y que no esconde sus simpatías y su apoyo al presidente del Gobierno en funciones, sin que se informe de los méritos acumulados para tal galardón.

El caso es que ese reconocimiento llega después de que la semana pasada la Audiencia de Barcelona ratificara, en segunda instancia, la condena a Marhuenda por intromisión al honor de un comisario de la Policía Nacional, que ya está retirado. A Narciso Ortega, La Razón le acusó de haber intervenido para archivar una investigación contra la agencia de detectives Método 3, cuando ejercía como jefe superior de Policía en Cataluña.

¿A qué juega Fernández Díaz, a irritar también? En España, y en eso Cataluña no es nada diferente, se juega a los bandos, al blanco o negro, a la bronca, y no se puede caer en esa tentación. Con unas nuevas elecciones generales a la vista, se debería pensar seriamente en el bien general. Esperemos.  
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