Los viejos vicios de la nueva izquierda

12 de julio de 2015 (00:00 CET)

En los tiempos de la dictadura franquista, al menos, corría un dicho entre la izquierda para ridiculizar a los seguidores del revolucionario León Trotsky, que por entonces eran muy activos entre los jóvenes universitarios y algunos círculos obreros intelectualizados. Con ánimo de burlarse de su tendencia a provocar rupturas y nuevos grupos, todos ellos muy minoritarios, se decía: "Un trotskista, un partido; dos, una internacional; tres, una escisión".

Pensaba en ello estos días ante las noticias que anunciaban una nueva coalición de izquierdas auspiciada por Izquierda Unida, Equo, movimientos sociales diversos y personas próximas a Podemos, pero descontentas con la manera de  actuar de su líder máximo, Pablo Iglesias. Han cambiado para bien muchas cosas en la política, pero la tendencia a la fragmentación, el capillismo… parecen seguir bien latentes en algunos sectores de la izquierda.

Y no sólo de ellos. Pensemos, por ejemplo, en el lamentable espectáculo que las diferentes formaciones que aspiran a liderar el movimiento soberanista en Catalunya están dando. Las idas y venidas, las propuestas a veces algo surrealistas de listas electorales, la instrumentalización de movimientos sociales afines, que protagonizan Convergència, ERC y las CUP están acabando por desorientar hasta a sus próximos más sólidos.

Seguramente, lo que en el fondo late, más que un problema genético de nuestra idiosincrasia, es un problema de inmadurez política. Los partidos se alejan de la realidad y se muestran inseguros sobre el perfil que deben adoptar ante la sociedad. Dependientes, en general, de la subvención pública, más que de las aportaciones de sus militantes, corren a buscar refugios que les den un buen acomodo y protagonismo, antes que insistir en sus propuestas programáticas y negociar con generosidad a posteriori posibles pactos de gobierno en las instituciones en que se dé el caso.

Es curioso cómo algunos de estos males parecen fuertemente arraigados hasta en las más modernas formaciones que compiten en el actual tablero político español. La respuesta de Pablo Iglesias a la convocatoria para constituir Ahora en común acusándoles de ser un apéndice de Izquierda Unida la hubiera firmado cualquier rancio dirigente de los partidos más tradicionales. La incapacidad de Ada Colau en Barcelona o José María González en Cádiz para negociar pactos que proporcionen una mayor estabilidad a sus precarias mayorías son otro posible ejemplo.

Los nuevos movimientos sociales que han llegado al poder en ciudades muy importantes por el desgaste institucional de la política parecen víctimas de un parto prematuro. Les faltaban al menos unos cuantos años de ejercicio en la oposición para poder presentarse con ciertas garantías al desafío que les ha tocado asumir, pero… el pueblo ha votado. Supieron entender bien el hastío de la gente, lo que representaba el 15M, Sol… No está claro que estén preparados para la acción de gobierno.  

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