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Ha habido una enorme presión sobre los historiadores catalanes, con denuncias anónimas a los que estaban "al servicio del Estado español", en los años 90

Jordi Canal

El soberanismo se pone a prueba de nuevo en la Diada, y se conjura para la insurrección hasta 1-O, con la determinación de Puigdemont para poner las urnas, pase lo que pase.
El soberanismo se pone a prueba de nuevo en la Diada, y se conjura para la insurrección hasta 1-O, con la determinación de Puigdemont para poner las urnas, pase lo que pase.

PARÍS, 14 de julio de 2017 (08:55 CET)

En el relato que para el nacionalismo catalán han construido los historiadores, desde el neorromanticismo patriótico conservador de Ferran Soldevila al nacional-comunismo romántico de Josep Fontana, sin olvidar a autores como Antoni Rovira i Virgili o Jaume Sobrequés ni los precedentes balaguerianos, Cataluña constituye una viejísima nación que se dotó pronto, entre la época medieval y la moderna, de un Estado, siempre acechado por Castilla-España y en vías de convertirse, a finales del siglo XVII, en un modelo de democracia.

El 11 de septiembre de 1714 supuso el fin de una nación y de un Estado, revivida la primera, la nación, en el siglo XIX, con la Renaixença en lo cultural, y con el catalanismo y el nacionalismo en lo político; y convertido, el Estado, en los siglos XX y XXI, en una deseada e irrenunciable aspiración, a corto, medio o largo plazo. Pero, ni Cataluña es una antigua nación, ni fue un Estado, ni menos todavía un modelo de democracia en el siglo XVII e inicios de la centuria siguiente.

Historiadores como Soldevila crearon la historia del sueño de Cataluña

Ya en 1938 Gaziel hizo unas interesantes reflexiones sobre este tipo de historia nacional y nacionalista de Cataluña tras una relectura de la Història de Catalunya, de Ferran Soldevila. Lo definía como uno de los libros más bellos, al tiempo que bien construidos, que puedan leer los catalanes, inflamado todo de “fe catalanesca”, de la fe ciega del patriotismo. Adolecía, sin embargo, de un problema: no era tanto la historia estricta de unos hechos, como la de un deseo maravilloso urdido con ellos.

O, expresado de otra forma, Soldevila no presentaba, en realidad, la historia de Cataluña, sino la historia del sueño de Cataluña. El autor insistía en que a lo largo de algo más de mil años de historia, Cataluña nunca había existido como entidad política.

Las historias elaboradas desde 1870 narraban hechos reales, sostenía Gaziel, pero los atribuían a una entidad política y orgánica que era un auténtico “fantasma”, esto es, “Cataluña considerada com un Estado catalán”. Toda historia nacionalista era, simple y llanamente, una historia falsa. Esas historias de Cataluña resultaban, en el fondo, afirmaba, apologías melancólicas y delirantes. Era idispensable, concluía, una nueva historia que dejase de contar lo que debió ser y no fue, para intentar explicar lo que fue y lo que es, dando pistas sobre lo que puede ser.

Las historias de Cataluña elaboradas con posterioridad a estas lúcidas y valientes consideraciones han sido, en parte, bastante distintas de las que produjo la historiografía romántica y neorromántica hasta Ferran Soldevila.

El papel de Jaume Vicens Vives resultó, en este aspecto, fundamental, en especial sus obras críticas de las décadas de 1930 y 1940 y no tanto su Noticia de Cataluña, de 1954, que significó una recaída en la tentación romántica. En las décadas de 1970 y 1980, se llevaron a cabo intentos individuales y colectivos para reexaminar a fondo y rescribir la historia catalana. Fue una época en la que las maneras de hacer historia fueron revisadas y se hizo un notorio esfuerzo desmitificador.

Ni Cataluña es una antigua nación, ni fue un Estado, ni menos todavía un modelo de democracia en el XVII

Desde la última década del siglo pasado, sin embargo, han regresado con fuerza inusitada algunos de los caracteres y problemas de la historia nacional criticados en su momento por Gaziel. Ello resulta especialmente evidente, más que en las investigaciones sobre temas específicos, en las obras de síntesis sobre la historia de Cataluña, en los textos de divulgación en forma de libro o revista, en los manuales escolares y, asimismo, en el amplio uso político que del pasado se está haciendo día tras día.

Tres razones me parecen fundamentales a la hora de intentar explicar el cambio de rumbo de principios de la década de 1990: el éxito del proceso renacionalizador pujolista y su interés en la historia, lo que generó puestos, encargos, subvenciones y ayudas varias; la crisis y el hundimiento del marxismo, que lleva a muchos historiadores catalanes a abrazar el nacionalismo como fe o como religión de sustitución o acompañamiento (nacional-comunismo); y, asimismo, la presión ejercida sobre los historiadores catalanes que se vivió en la primera mitad de los años noventa, con polémicas públicas frecuentes, pero también con la amplia circulación de panfletos anónimos, en 1993, en los que se denunciaba a los historiadores catalanes que estaban “al servicio del Estado español”. El efecto fue enorme sobre toda la profesión, que no reaccionó de manera unánime.

Es cierto, como explica García Cárcel, que Cataluña es una sociedad enferma de pasado

La historia tiene en tierras catalanas una dimensión muy especial, seguramente más decisiva que en algunas otras partes del mundo, a la hora de pensar el presente y el futuro. Cataluña es, como ha afirmado acertadamente García Cárcel, una sociedad enferma de pasado. Y el nacionalismo tiene buena parte de responsabilidad en ello.

Este ha hecho, desde su aparición a finales del siglo XIX, un uso y abuso permanente de la historia en su proceso de nacionalización de la sociedad catalana. Aunque todos los nacionalismos sin excepción recurren a la historia para sustentar sus reivindicaciones, en el caso de Cataluña esta circunstancia llega hasta puntos de significativo delirio, como ponen de manifiesto los intentos de catalanizar a Santa Teresa, Cervantes y El Quijote. La magna y ridícula conmemoración institucional, en 2014, del tercer centenario del final de la guerra de Sucesión constituye otra buena muestra.

La elaboración de la historia como acto esencialmente patriótico, las aplicaciones de conceptos y visiones del presente al pasado, el juicio a las acciones de hombres y mujeres de otros tiempos por no haber llevado a cabo lo que debieron hacer desde un punto de vista de ideologías de hoy o, asimismo, el uso en los trabajos de terminología ahistórica constituyen, en mi opinión, lastres que nuestros historiadores siguen sin decidirse a soltar.

La historiografía contemporánea catalana, seguida y admirada en la década de 1970 e inicios de la de 1980, ya no ejerce casi ningún atractivo fuera de Cataluña. Y no es esencialmente culpa de “los otros”, a diferencia de lo que proclama últimamente alguno de nuestros grandes inquisidores. La historiografía catalana, con lógicas y admirables excepciones individuales, vive hoy en un pernicioso e improductivo ensimismamiento. No necesitamos más historia patriótica, nacional y nacionalista, sino, por encima de todo, historia crítica, ambiciosa, problemática y comparatista. Historia, al fin y al cabo, bien hecha.

 

Jordi Canal es historiador, profesor en la reputada École des Hautes Études en Sciences Sociales (EHESS) de París. Su último libro es Historia Mínima de Cataluña (Turner, 2015).

 

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