Los enormes errores de Pedro Sánchez y...de todo el PSOE

28 de septiembre de 2016 (21:43 CET)

La crisis del PSOE viene de lejos. Siempre es difícil asegurar en qué momento se tuercen las cosas. Recordemos Conversación en la Catedral, de Vargas Llosa. El protagonista se pregunta: ¿En qué momento se jodió el Perú? La victoria de Rodríguez Zapatero en 2008 fue amarga. Con todo lo que le había pasado al PP, tras los atentados del 11M de 2004, resistió con fuerza, y el PSOE no ganó por mayoría absoluta, cuando, desde el punto de vista económico –luego se vieron los errores y la falta de poner límites a la burbuja inmobiliaria-- el periodo entre 2004 y 2008 había sido bueno. La crisis ya se intuía, pero nadie hizo caso de las señales.

Sin embargo, el hecho es que en un primer informe de gestión, Miquel Iceta, precisamente, constataba ante la dirección del PSOE, que los socialistas seguían arrastrando un enorme problema: la falta de conexión con las clases jóvenes y medias urbanas. Y señalaba cómo el PP ganaba en la práctica mayoría de ciudades, --salvo País Vasco y Cataluña-- donde se entiende que viven las clases más dinámicas de una sociedad.

Aquel problema no se solventó. El PSOE ha envejecido, y no ha sido capaz de ser combativo cuando las cosas se ponían feas y esas clases medias y millones de jóvenes comprobaban que perdían derechos y que se empobrecían sin remisión. Es el mismo problema, en eso no es diferente, que la socialdemocracia europea, que, después de tocar el cielo, no supo reaccionar ante el enorme cambio tecnológico y la transformación del modelo productivo.

Eso es el marco general. Luego el PSOE no ha encontrado una dirección con personalidad que supusiera transformar el partido, y que depende en exceso de algunas federaciones, que, --por muchas razones-- mantienen una cierta fuerza y conservan gobiernos. Es el caso de la federación andaluza, la mayor de todas, la más poblada, con un gobierno del PSOE desde la constitución de la autonomía. Andaluces fueron los principales dirigentes que ganaron las elecciones en 1982 en toda España.

Pero todo eso ya se sabía. El problema mayúsculo es pensar que –porque está de moda, porque se cree que ahora es lo mejor y lo más democrático-- se podía mantener un partido que elige a un secretario general a través de su militancia, de forma directa, con dirigentes que son cooptados por los órganos de dirección.

Pedro Sánchez se enorgullece de ello, y a eso se ata como clavo ardiendo. Y da igual que se recuerde que Sánchez fue votado por la militancia porque Susana Díaz trabajó para conseguirlo movilizando a todos los militantes andaluces, porque no quería a Eduardo Madina –que representaba, ya veremos ahora, más opciones de cambio, desde el punto de vista ideológico y desde el punto de vista territorial, partidario de un proyecto federal atrevido. Da igual, porque cuando se consigue el poder, se olvida pronto por qué estás ahí.

El hecho es que Sánchez, que fue elevado a la secretaría general, pero no para ser el candidato a la Moncloa –eso ya se vería, y Susana Díaz quería optar a ello-- trabajó para serlo él. Y en ningún momento generó confianza entre los principales dirigentes terrritoriales del partido –que son los que consiguen y retienen el poder-- para ser, de verdad, el líder de todos los socialistas.

La cuestión de los pactos es importante, pero no explica ahora esa guerra civil en el PSOE. Es que no lo quieren, ni lo han querido nunca. Pero él se creyó el papel, recordando una y otra vez que fue elegido por los militantes socialistas.

Eso le impedía cualquier movimiento de cintura para buscar una abstención a la investidura de Mariano Rajoy. Y ese es el error propio de Sánchez, porque el PSOE podría ejercer de principal partido de la oposición logrando importantes cesiones por parte de Rajoy.

Los partidos no son de los militantes, son de sus votantes. Y para eso ejercen los políticos, para convencer, con pedagogía, para lograr que sus electores entiendan que las decisiones que toman son por el interés general. ¿No entenderían los electores socialistas una abstención para poder iniciar la legislatura, y forzar a Rajoy a tomar medidas que se consideren necesarias para el conjunto de los españoles?

Y volvemos al error del PSOE. Sánchez, tal vez, no podía, no puede, abstenerse porque su vínculo con la secretaría general es a través del militante. Y a él quiere recurrir de nuevo.

La tragedia es que todo el PSOE se desmorona. Todo son ahora batallas personales. Y de ello son responsables todos los barones, la dirección convertida en una especie de burócratas, intérpretes de los estatutos, y el propio Sánchez.

Pierde el PSOE, pero pierde todo el sistema político español.
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