Las tres fuerzas centrífugas que desgarran al PSOE

06 de noviembre de 2016 (06:00 CET)

Salvado el trágala de la abstención en la investidura de Rajoy gracias a los oficios del sobrio Javier Fernández, el PSOE se enfrenta ahora a un duro escenario para cuya definición hay que recurrir a términos tales como de profunda división, confusión y falta de estrategia.

Tres son las fuerzas que centrifugan hoy en direcciones bien distintas el alma del partido que fuera hasta hace poco alternativa de gobierno. Una de ellas, la vencedora de las últimas batallas internas, es la que podríamos definir, simplificando, como institucional.

El ala que lideran Javier Fernández (un poco a la fuerza), Susana Díaz, Guillermo Fernández Vara, Javier Lambán… y una parte significativa de la vieja guardia ha hecho una apuesta estratégica por la estabilidad, del país y del PSOE.

Convencidos de que cualquier posible resultado en unas terceras elecciones habría llevado a su partido a un escenario aún peor del que tienen hoy, sacrificaron lo que había que sacrificar para evitarlas. Su opción es la estabilidad del sistema, aislar el magma de Podemos y aceptar como un mal menor la preeminencia del PP hasta que el panorama claree y alumbre tiempos mejores.

La segunda vía es a la que intentan dar consistencia los últimos discursos de Pedro Sánchez. Aunque bañadas en un oportunismo y falta de coherencia de los que es difícil sustraerse, las recientes intervenciones del ex secretario general han unido bajo una misma bandera a los indignados del PSOE, a todos aquellos que achacan el progresivo deterioro del electorado socialista a una cierta pérdida de identidad y a los que, a falta de otras propuestas más sólidas, han acabado por asumir las tesis populistas de democracia participativa frente a la representativa y los cantos de sirena lanzados desde Podemos.

Y la tercera fuerza centrífuga es la que se alinea con los movimientos nacionalistas al alza. Fruto de la intensa descentralización llevada a cabo en la administración española y huérfanos de un proyecto nacional más ilusionante, una parte del socialismo español -caso paradigmático es el del PSC- ha situado su horizonte en las fronteras de la autonomía en la que desarrollan su actividad.

Poco importa para ello que deban caer en contradicciones tan palmarias como reclamar su independencia como partido frente al PSOE, aunque tengan y ejerzan plenos derechos políticos y de representación en los órganos federales de Ferraz. Si las decisiones adoptadas en Cataluña perjudican al PSOE, mala suerte, son el fruto de la autonomía –independencia- de los socialistas catalanes. Pero si el PSOE reclama solidaridad con lo aprobado en el Comité Federal, entonces sí saca a relucir la fundación del PSC y su carácter de partido independiente.

No habrá tiempo, seguramente, antes del próximo congreso socialista, de encontrar algún bálsamo que pueda soldar esos tres vectores que hoy tiran en direcciones contrarias y a veces contradictorias. No está claro el futuro del socialismo español, como está confuso el de la socialdemocracia europea. El espacio que hegemonizaban con comodidad desde la caída del comunismo está ocupado ahora por propuestas muy diversas. En España, Podemos es un duro competidor, aún contando con la propia debilidad organizativa y política de los hombres que lidera Pablo Iglesias.

Es difícil en ese escenario de futuro incierto ganar la autoridad suficiente para liderar una renovación socialista. Así las cosas, muchos, Iceta fundamentalmente, proclaman como consigna el sálvese quién pueda. Tal vez le valga, pero desde luego no servirá a la reconstrucción del proyecto nacional que necesita el PSOE.

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