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La resolución del problema político de Cataluña no puede ser un juego, y precisa de la voluntad política de las dos partes, como ocurrió en la transición

Manel García Biel

El rey Felipe VI y el presidente de la Generalitat, Carles Puigdemont, que debería ser consciente de que la política no es un juego. ED

Barcelona, 17 de octubre de 2017 (18:50 CET)

Los juegos de los niños se basan en ilusiones que no tienen por qué tener relación con la realidad. La imaginación nos puede trasladar a cualquier lugar y hacer las cosas más inverosímiles. Pero la política no es cosa de juegos sino de realidades.

La política se basa en correlaciones de fuerzas, en alianzas para conseguir mayorías y en amplios acuerdos para llegar a consensos. Todo esto para lograr mejores situaciones políticas, cambios de gobierno o cambios legislativos en profundidad.

Vamos a un ejemplo muy actual. La intención del Gobierno de la Generalitat de JxS y la CUP de proclamar una República Catalana Independiente. Tienen fuerza política y social, pero no suficiente. Han vulnerado las propias leyes lo cual no es aceptable ni aceptado ni a nivel del Estado, ni de la comunidad internacional, ni de la mayoría de la ciudadanía catalana. Más que conseguir alianzas, apoyos y consensos han creado todo lo contrario. Se trata por tanto de otro juego fantasioso, pero no infantil que puede comportar graves consecuencias de futuro si las partes no actúan con prudencia. No se puede conseguir un objetivo sin fuerzas suficientes e incumpliendo hasta su propia legalidad.

La política no se basa en “brindis al sol” sino en actuaciones concretas que comportan resultados concretos. Y pondré un ejemplo que a mucha gente puede extrañar como ejemplo de hacer política. El reciente discurso del Jefe del Estado. Es evidente que a mucha gente no le gustó lo que dijo, o la carencia de referencias a determinados sucesos. Sin entrar en su valoración fue un discurso con unos objetivos políticos claros. No era un discurso a la ciudadanía, desde mi punto de vista, sino que tenía unos destinatarios muy concretos.

El discurso del rey Felipe es un ejemplo, guste o no, de una politica con objetivos, con la vista puesta en la comunidad internacional

En primer lugar la comunidad internacional dejando clara la posición del Estado, que no ya la del gobierno; en segundo reclamar a los poderes del Estado su unidad y cohesión, el resultado ha sido claro viendo como desde el poder económico a las grandes empresas empezaban a dejar Cataluña como rechazo al intento de secesión; y en tercer lugar al gobierno de la Generalitat para decirle que se había llegado al final del camino y que a partir de aquel momento todo iría mucho serio.

Fue un discurso que puede gustar o no, pero que cumplió sus objetivos políticos. Lo único que deberíamos saber es si hacer esta actuación arriesgada tiene alguna contrapartida escondida por parte del gobierno del PP hacia el monarca.

Nuestra reciente historia como país nos demuestra que hemos sido capaces de hacer política en momentos mucho más duros y difíciles. La transición es un ejemplo de cómo gente con planteamientos políticos muy diferentes fue capaz de llegar a acuerdos aceptables a pesar de que no cubrían las expectativas que ellos pretendían.

¿Es más difícil el ensamblaje de Cataluña ahora de lo que fue el pacto constitucional? Pasqual Maragall y el “tripartito” intentaron un nuevo Estatuto para mantener el encaje de Cataluña por un largo tiempo más. Pero esto fue dinamitado fundamentalmente por la actuación de agitación, recogida de firmas en contra, por la actuación política de recurso al Constitucional y por las argucias para dejar sin voto algunos de los miembros del mencionado tribunal por parte del PP.

Algunos nos aferramos a los pocos casos positivos como el de Portugal o la propuesta de futuro de Corbyn

Podríamos decir que no sería tan difícil un acuerdo si hubiera voluntad de resolver los problemas, lo cual comporta un claro viraje por las dos partes. Por parte del PP dejar de hacer política electoralista con Cataluña y hacer política de Estado. Por parte de los unilateralistas dando marcha atrás en su camino hacia el precipicio que comportará la ruptura de la sociedad catalana. Por parte del resto de fuerzas, especialmente las federalistas o confederalistas ayudando al tránsito hacia un acuerdo de estado. ¿Será posible? Teniendo en cuenta los políticos que hay al frente de las diversas fuerzas diría que muy difícil si la sociedad no fuerza el diálogo. Pero propuestas como la de diálogo y negociación de CCOO o el intento del PSOE de acordar una reforma de la Constitución son iniciativas políticas que pueden lograr consensos y por tanto propuestas con voluntad de hacer política y no “marear la perdiz”.

A veces estas políticas que parecen juegos pueden traer, al contrario que en el caso de los niños, graves conflictos que después son difíciles de frenar.

La ciudadanía somos gente adulta y hay que decir basta a tanta política de cuento, de corto plazo, electoralista, y sin estrategias a medio y largo plazo. E evidente que esto es la moda hoy en Europa y en el mundo donde los nacionalismos y los populismos o todos juntos son la normalidad política. Es por ello que algunos nos aferramos a los pocos ejemplos positivos como el de Portugal o la propuesta de futuro de Corbyn basada en principios políticos.

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