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La Transición fue un pacto entre debilidades que dio pie a un régimen que ahora languidece, a pesar del nuevo Rey Felipe, que no tiene ni pizca de imaginación

Agustí Colomines

El rey Felipe VI en una audiencia reciente, junto al presidente de Foment, Joaquim Gay de Montellà. EFE/Toni Albir

Barcelona, 30 de junio de 2017 (20:44 CET)

Felipe VI no se sale del guion ni así lo maten. Este Rey no tiene la típica cara de bobo propia de los Borbones pero a veces lo es más que su padre, ese casanova que vivió a cuerpo de rey, nunca mejor dicho, pero que supo aguantar el tipo ante los peores males, el peor de los cuales fue que su entorno militar le montó un golpe de Estado, con su conocimiento o sin él, y el resultado fue que la monarquía quedó reforzada para toda la vida mientras el Estado de las Autonomías pactado en 1978 empezaba su largo declive. En menos de cinco años la excitación provocada por el deseo sucumbió ante la desolación de la consumación.

La Transición española fue resultado de muchas debilidades. En realidad, fue un pacto entre debilidades. La debilidad del Rey, cautivo y desarmado por el franquismo, y la debilidad de la oposición, sostenida mayormente por los comunistas, pero que después, como quedó demostrado, acabó siendo un pequeño partido a la izquierda de un PSOE que fue dando tumbos, de aquí para allá hasta que encontró el camino que lo convirtió en la segunda pata del régimen del 78. La otra pata siempre tuvo hincada la rodilla ante el altar de los antiguos jerarcas de la dictadura.

Esas dos debilidades, como se ha observado en otras ocasiones, provocaron que al cabo de muy poco tiempo el desencanto ganase la partida a la ilusión de los primeros años del cambio democrático. En la década de los ochenta las drogas le ganaron la partida a la consciencia política de muchos jóvenes que creyeron que con la democracia se acabaría con los carcas que impedían el asalto al poder de las esperanzas “revolucionarias” forjadas bajo el franquismo. Eso no ocurrió jamás. Es inaudito lo que ha costado que España reconociese, por ejemplo, el matrimonio homosexual, tanto como que la España de cultura castellanoparlante reconociese que el Estado no es de su propiedad. Bueno, en verdad eso no lo cree casi nadie en la España mesetaria y monolingüe que tiene copado el poder del Estado.

La Transición española fue el resultado de muchas debilidades, fue un pacto entre debilidades

La España plural ha sido siempre fruto de una especulación intelectual que sirvió para que se organizasen encuentros entre intelectuales, que aquí, en Cataluña, hubo quien compró como mucho entusiasmo, por ejemplo Jordi Pujol, quien en la inauguración de uno de esos encuentros, en 1981, señaló que los convocados en el Palacio de Maricel de Sitges lo eran “porque es evidente que las relaciones entre ellas [la cultura catalana y castellana] no acaban de funcionar bien, y hemos de hacer un esfuerzo para perfeccionar esta relación”.

Incluso Fernando Savater, hoy bastión del españolismo rancio y reaccionario coincidió con la preocupación de Pujol, y afirmó que “el hecho de que se celebre esta reunión significa que no todo es tan áureo y que, en efecto, existen problemas importantes que resolver”. Eran tiempos de armonía hispánica que jamás dejó de chirriar por falta de voluntad política.

Al cabo de cuarenta años de celebrarse las primeras elecciones democráticas, sólo las viejas glorias socialistas y nacionalistas que ahora comparten lecho y amor en la llamada Tercera Vía siguen alimentando la fantasía, metidos ya en campaña por el no con otro nuevo manifiesto, de que ese matrimonio desigual, en el que la cultura castellana tiene el rol, digamos, de dominación heteropatrialcal, puede funcionar cuarenta, cincuenta o cien años más. Durante los años de la Transición se pudo apreciar por lo menos el reformismo de quienes lideraban el cambio. Se pasó de la ley a ley liquidando las instituciones de la dictadura, aunque no toda la legislación que había producido.

Sólo las viehas glorias socialistas y nacionalistas de la tercera vía creen que se puede seguir cuarenta años más

Ahora sólo impera el inmovilismo de quienes se aferran a la Constitución como si fuesen los Diez Mandamientos sin que Felipe VI sea ningún Moisés, como en cierto modo sí lo fue su padre, el rey Juan Carlos I.

Mientras el Parlamento de Catalunya, la única institución regida por los principios del régimen del 78 que hoy está poniéndolos en tela de juicio, aprobaba esta semana por unanimidad anular las sentencias políticas del régimen franquista y declaraba “ilegales” los tribunales de la Auditoría de Guerra del Ejército de Ocupación, llamada posteriormente Auditoría de la IV Región Militar, que actuó en Catalunya del 1938 al 1978, el rey Felipe VI condecoraba en las Cortes a Rodolfo Martín Villa, el siniestro ministro de Relaciones Sindicales (1975-1976) y de Interior (1976-1979), quien fue, además, responsable político de numerosos casos de represión y torturas. Esa es la dicotomía actual.

El Rey no tiene ni pizca de imaginación, y está al frente de un Estado en extinción

La España que pone medallas en el pecho de quienes demostraron ser capaces de matar para proteger las leyes del franquismo, es la misma que inhabilita a Artur Mas, Joana, Ortega, Irene Rigau y Francesc Homs por el 9-N. Es la ley, argumentó el fiscal Emilio Sánchez Ulled, convertido en guerrero del antifaz, cuya mayor virtud, según el celebérrimo escritor Javier Pérez Andújar, es ser un “un fiscal rojo y charnego”. Esa España étnica y liberticida que tanto les gusta ya no es definitivamente un Estado democrático. Es otra cosa y tiene un nombre. Es la España autoritaria que limita la libertad y amenaza a los que quieren decidir libremente cómo quieren vivir y en qué Estado vivir.

El rey, en cambio, no tiene ni pizca de la imaginación que demostraron tener los que se inventaron el retorno del presidente Tarradellas para contener el dominio de la izquierda en Cataluña. Felipe VI es un pelele en manos de los partidos y de los poderes, siempre ocultos, del régimen del 78. El pasado mes de marzo el Ayuntamiento de Barcelona retiró, por una decisión de la mayoría de su Pleno, la Medalla de Oro de la Ciudad a Martín Villa, una distinción que se le había concedido apenas un mes después de los sucesos de Vitoria de abril de 1976, el próximo 1 de octubre los ciudadanos de Cataluña están llamados a decidir lo que no pudieron decidir a la muerte de Franco. Felipe VI está al frente de un Estado en extinción.

 

 

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