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Tarradellas afeó a Benet querer negociar con el Estado desde una concepción moral de la historia, algo que pretende hacer ahora el soberanismo

Manel Manchón

El soberanismo se pone a prueba de nuevo en la Diada, y se conjura para la insurrección hasta 1-O, con la determinación de Puigdemont para poner las urnas, pase lo que pase.
El soberanismo se pone a prueba de nuevo en la Diada, y se conjura para la insurrección hasta 1-O, con la determinación de Puigdemont para poner las urnas, pase lo que pase.

Barcelona, 10 de julio de 2017 (14:04 CET)

El debate sigue siendo intenso. Se ha recuperado, de hecho, con el proceso soberanista, y con el movimiento del 15M, provocado por la crisis económica, además de por otros factores. Se trata de cómo se realizó la transición, y quién acabó cediendo más en aras de poner en pie un sistema democrático homologable con el resto de países europeos. En Cataluña se quiso contraponer la figura del presidente de la Generalitat en el exilio, y de la Generalitat recuperada, Josep Tarradellas, con los partidos políticos del “interior”, que abogaban por una ruptura, y no por la reforma.

El escritor y ensayista Jordi Amat lo ha definido con una expresión afortunada, a partir de Com una pàtria (Edicions 62), su enorme biografía sobre Josep Benet, el senador más votado de España en las elecciones de 1977, y que luego sería el candidato del PSUC a la Generalitat en 1980: “Con Tarradellas se posibilitó la reforma, aunque era una figura de la ruptura”. Es decir, el Gobierno español pudo contener a las fuerzas de izquierda que planteaban abiertamente una ruptura, como el PSUC, segundo tras el PSC en las elecciones generales de 1977 en Cataluña, recuperando una pieza que significaba, en realidad, la única muestra rupturista en la transición, porque enlazaba directamente con la Generalitat republicana, suprimida por el franquismo.

Tarradellas buscaba un reparto de poder, sin concepciones morales de la historia

Benet no podía ver a Tarradellas. Ni Tarradellas a Benet. Para otra ocasión dejaremos la relación de los dos con Jordi Pujol, como también narra con maestría y abundante documentación Jordi Amat. Lo que aportó Benet, sin embargo, sigue siendo de gran actualidad, porque el bloque independentista ahora ha logrado una difícil pirueta: engarza los supuestos agravios del “Estado español” --recuerden que esa acepción la usa por primera vez el régimen franquista-- con Cataluña con la necesidad de constituir un estado propio.

Se conecta el proceso soberanista con el ansia de ruptura, de recuperar aquel espíritu de la transición, como si todo lo vivido y construido en los últimos cuarenta años hubiera servido de poco. Así, se reclama el concepto de nación, y su transformación en un estado, sin reflexionar si España ha podido ser un ente superador del nacionalismo español para abrazar un país lleno de ciudadanos en igualdad de derechos organizado, para distribuir el poder y las competencias, en un estado de las autonomías, con fallos, sí, pero puntero en el mundo.

Si Cataluña estuviera ahogada, ¿no habría una aplastante mayoría de catalanes en las calles?

Y Benet representa esa figura de la ruptura que, supuestamente, no fue. Porque ese es el equívoco. El estado franquista se transformó como un calcetín en un país democrático, como bien narró y analizó Javier Cercas en Anatomía de un instante.

La lección de Tarradellas que nadie escucha, o muy pocos, llega cuando se escandaliza al leer sólo el prefacio del libro de Benet que será una bomba de relojería: Informe sobre la persecució de la llengua i la cultura catalana per règim del general Franco, publicada en verano de 1973 por la editorial que financiaba Jordi Pujol y Josep Maria Vilaseca Marcet, Edicions Catalanes de París. El libro, la llamada “Biblia blanca” por el nacionalismo catalán, era un alarde de documentación para demostrar que se había “despersonalizado a Cataluña”, con “una colonización lingüística, cultural, política y económica”. Para Benet no había duda de que en 1939 los catalanes, de todos los bandos, sólo por ser catalanes habían perdido. Era un caso, como él daría a conocer, de “genocidio cultural”.

Lo que Benet pretendía era que cuando llegara el momento de la negociación, de lograr la democracia, todo eso se debía tener en cuenta, para aplicar políticas de “reparación”.

Tarradellas, cuando tuvo conocimiento de la obra, montó en cólera. ¿Por qué? Jordi Amat ofrece su interpretación. El propósito de Benet, a juicio de Tarradellas, y siguiendo a Amat, “era fruto de una concepción moral de la historia”. No se podía iniciar una negociación con el Gobierno del Estado a partir de esa posición moral. “Las posiciones que determinaba el Informe no conducían a ninguna parte. Si se había de establecer una negociación con el Estado, la posición catalana no se podía fundamentar en el agravio, porque éste no era un principio a partir del cual se podía resolver una problemática de poder”, afirma Amat, interpretando a Tarradellas.

Cataluña lidera todos los ámbitos en el crecimiento económico de España

Eso es esencial para el proceso soberanista ahora. Se ha elaborado una lista de agravios para justificar una ruptura con España que la mayoría de los catalanes no interioriza, simplemente porque no es real. Desde las infraestructuras –ocurre en muchas otras autonomías, y tiene que ver con el bajo porcentaje de ejecución de los presupuestos en determinados años-- hasta la cuestión de la lengua, pasando por el déficit fiscal.

Si en el caso de Benet era evidente –el franquismo prohibió y persiguió el catalán--, pero para discutir sobre el reparto de poder podía ser poco oportuno, según Tarradellas, ahora con más motivo, si se tiene en cuenta que Cataluña lidera todos los ámbitos respecto al crecimiento económico en España.

Esa es la lección que el soberanismo no acaba de entender. Porque, si de verdad los distintos gobiernos centrales hubieran ahogado a Cataluña, ¿alguien duda que habría una mayoría aplastante de catalanes que ya estarían en las calles protestando?

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