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Los políticos de los partidos soberanistas viven en la irrealidad y han logrado que una buena parte de la sociedad catalana lo confunda todo

Barcelona, 11 de octubre de 2017 (02:08 CET)

El himno de Cataluña. Se canta al final de la jornada, después de una sesión en el Parlament que nadie pudo entender. Con los periodistas extranjeros sin saber dónde mirar ni a quién escuchar. Los rostros de los miembros del Govern, cantando Els Segadors, sin acabar de vocalizar nada, con las miradas perdidas, denotan que no ha sido un buen día, que vivir en una burbuja tiene sus consecuencias, que todo tiene un límite.

La irrealidad de la elite política catalana es total. Los dirigentes de los partidos nacionalistas siguen jugando con un solo juguete, inmersos en sus cuitas sobre cómo acumular supuestos agravios que se puedan achacar al gobierno de Madrid, sea del color que sea, aunque si es el de PP, mucho mejor.

Pudo ser de otra manera. Pero ha sido así. Contrasta cada vez más la retórica que utilizan esos dirigentes, desde Jordi Turull, a Marta Rovira, o los propios Oriol Junqueras o Carles Puigdemont, o el cantautor Lluís Llach –que sigue creyendo que vive bajo el franquismo con sus gafas particulares—con una realidad plural, con hombres y mujeres que lo que piden es un marco de derechos y libertades que les garantice oportunidades de desarrollo personal y profesional.

Contrasta cada vez más la realidad con la retórica de políticos como Turull, Rovira o Puigdemont

Contrasta sus demandas para ser un estado propio --¿a estas alturas del partido?—con las peticiones de los ciudadanos para que la administración sea eficaz, y los profesores se encarguen de educar y no de agitar o adoctrinar.

El proceso soberanista ha llegado hasta sus propios límites, con una ficción sobre la declaración de independencia, que se declara pero no se proclama ni se vota. Y todavía no se sabe si se declaró realmente.

Hay disfunciones en el estado autonómico, cierto. Cataluña debería ser nombrada en la Constitución como una comunidad nacional que se ha corresponsabilizado de la formación de España. Pero esas carencias no justifican ni una mala administración, ni la puesta en marcha de un proceso independentista que llega cuando lo que toca es arrimar el hombro –ahora que es más difícil—para que los estados se diluyan en una gran unión política y fiscal europeas.

Muchos dirigentes admiten que eran independentistas de jóvenes, y hoy están en el poder

Se dice que pudo haber sido de otra manera. Sí. Porque lo que vemos ahora es, en gran medida, el producto de un proyecto iniciado en 1980. Es curioso que personalidades como Carles Puigdemont, Joaquim Forn, Josep Rull, Carles Mundó, --miembros del Govern— o Toni Soler, Oriol Soler o Jordi Llavina –, entre muchos otros, que se mueven en los medios de comunicación, se declaren independentistas desde muy jóvenes. Es decir, han llegado casi a la culminación de un proyecto empujado desde hace décadas, porque, seguramente, ese era el gran objetivo desde el inicio. Luego han buscado argumentos para justificar ese proyecto.

Por eso da vértigo leer algunas cosas escritas hace tantos años por el presidente Josep Tarradellas, que hace ahora 40 años regresó a Cataluña con aquel Ja sóc aquí. Tarradellas envió una carta al director de La Vanguardia, Horacio Sáenz Guerrero, que publicó el mismo medio el 16 de abril de 1981, como recoge una persona extraordinaria como el catedrátido de Didáctica de la Historia, Joaquim Prats, en su blog personal. Tarradellas ve en la figura, ya como presidente de Jordi Pujol, algunas características que podían truncar el necesario entendimiento entre Cataluña y España.

Tarradellas reprochó a Pujol que quisiera romper ya en 1981 los vínculos con España

Y señalaba sobre el gobierno de Pujol: “Están utilizando un truco muy conocido y muy desacreditado, es decir, el de convertirse en el perseguido, en la víctima; y así hemos podido leer en ciertas declaraciones que España nos persigue, que nos boicotea, que nos recorta el Estatuto, que nos desprecia, que se deja llevar por antipatías hacia nosotros (…) Es decir, según ellos se hace una política contra Cataluña, olvidando que fueron ellos los que para ocultar su incapacidad política y la falta de ambición por hacer las cosas bien (…) empezaron una acción que solamente nos podía llevar a la situación en que ahora nos hallamos”.

¿Nos frotamos los ojos? Está escrito en 1981, estamos en 2017.

En la carta, Tarradellas reprocha a Pujol que le censurara gritar vivas a España y Cataluña, al finalizar un acto como delegado del Gobierno por encargo del presidente Suárez. “Ya sabía que él solamente quería tener presente a Cataluña, pero para mí esto era inaceptable: eran ambos pueblos los que debían ir unidos en sus anhelos comunes”. Y añade que está seguro de que “el presidente Pujol consideraba normal esta actitud, porque afirmaba una vez más su conducta nacionalista, que era y todavía es hoy la de utilizar todos los medios a su alcance para manifestar públicamente su posición encaminada a hacer posible la victoria de sus ideología frente a España”.

Y esa idea, tantos años después, sigue inoculada en esa elite política catalana, que ha decidido vivir en su propia isla, pero que ha arrastrado a casi la mitad de la población catalana, llegando a una situación insostenible en estos últimos días.

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