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Existe una desconexión voluntaria de la realidad que no interesa, por parte del independentismo, un mundo particular, para ellos la Tierra es plana

Carlos Lareau

El presidente de la Generalitat, Carles Puigdemont, y su gobierno, aplauden la aprobación de la ley del referéndum del 1-O, cuyo anuncio no ha publicado el diario Ara. EFE/Toni Albir

Barcelona, 07 de septiembre de 2017 (20:38 CET)

Los que recordamos lo que era vivir sin libertad y sometidos a un poder arbitrario, asistimos estupefactos a los acontecimientos de estos días. ¿Qué ha ocurrido para que la Cataluña progresista, tolerante, avanzada y admirada de antaño se haya transformado, al menos en parte, en un país enajenado? Una sociedad arrastrada por su dirigencia –lo quiera o no— hacia una insurrección impuesta, sin consideración a que se parta en dos a su ciudadanía.

Hasta el miércoles, la objetividad –la obligatoria equidistancia— aconsejaba examinar el papel de todos los protagonistas del problema catalán. Pero, ¿cómo explicar el ‘alzamiento’ soberanista? ¿Qué otro nombre dar a lo ocurrido en el Parlament? Un sector de las élites catalanas ha generado, impulsado y, al final, ejecutado un ‘movimiento’ –término también elegido a conciencia— para suplantar la mayoría social independentista de la que carecen.

La clerecía catalana (un magma de electos, militantes de partidos y miembros de entidades cívicas que dependen, directa o indirectamente, de la subvención y el dinero público) renunció en enero de 2016 a la legitimidad para conservar el poder. Decidió entonces cooptar a la CUP, sus adversarios naturales, para mantener el movimiento. Pero ha ocurrido lo contrario: los sans-culotte’ locales, como señala acertadamente el director de ED, Manel Manchón, son los que realmente han cooptado el ‘procés para convertirlo en su Revuelta de las Tullerías.

Artur Mas hizo de la “astucia” una táctica respetable para llegar a Ithaca. Carles Puigdemont y el independentismo más radical, en cambio, han preferido, como Agamenón, el asalto frontal a los muros de Troya, violentando la legalidad y la integridad institucional.

¿Cómo pueden actuar como los aqueos de la Ilíada personas de quienes cabe esperar que antepongan la razón a los sentimientos? ¿Cómo se justifica contravenir principios enraizados desde el siglo XVIII (Montesquieu et alia)? ¿Cómo se puede invocar la palaba “democracia” para defender unos actos que ignoran sus procedimientos más básicos?

 

La respuesta a estas preguntas abarca un arco que va desde el patriotismo hasta el desvarío. Mi explicación, basada en años de observación empírica, cristalizó la pasada semana al presenciar la intervención ante la prensa de la titular de Enseñanza del Govern. Clara Ponsatí presentaba el nuevo curso escolar cuando, para facilitar a las televisiones declaraciones en castellano, se trastabilló de tal manera que tuvo que admitir que, pese a que “lo habla bien”, está desentrenada “en esto del español”.

La jauría que acecha en las redes sociales y en los medios digitales de la caverna se le echó al cuello: “analfabeta” fue lo menos ofensivo que dijeron. Los voceros de signo contrario replicaron con similar inquina: “¡españolistas!”, respondieron.

Pero por encima del enconamiento entre ‘lo español’ y ‘lo catalán’, el traspié lingüístico de la consellera ilustra un factor esencial de la cosmovisión nacionalista: su desconexión voluntaria de la realidad que no le interesa; el espléndido aislamiento que conforma su zona de confort. Y que trabaja de consuno con la reacción opuesta del nacionalismo español. La política es como la mecánica: siempre actúa un par de fuerzas.

El nacionalismo –cualquier nacionalismo— necesita afirmar su diferencia para sobrevivir. No se hace tangible si no es en contraste con otra entidad contrapuesta: un estado que se desea abandonar; un idioma que no se siente como propio; una nación rival. Pero para ser activado políticamente, no basta con declararse diferente. Necesita también el convencimiento de ser mejor: más virtuoso, más diligente, más honesto… Y, como nos recuerda la historia, en los casos más extremos, más fuerte, más puro, el ‘pueblo elegido’…. En suma: superior.

Dudo que Clara Ponsatí albergue, al menos de manera consciente, alguno de estos sentimientos. Pero su departamento es responsable de un factor de la deriva radical del soberanismo. En los últimos años ha alcanzado la madurez socio-política un nuevo segmento demográfico que solo vive en catalán y que se suma a la población, mayoritariamente rural, que tradicionalmente presentaba esta característica. Este grupo, fundamentalmente joven, tiene dificultades para expresarse en un castellano funcional equivalente a la fluidez nativa de su catalán. Y ni el sistema educativo ni su entorno social lo consideran un problema.

La consellera d’Ensenyament habla un inglés sofisticado. Pertenece a una élite intelectual independentista que completó su formación y ha desarrollado gran parte de su carrera en el extranjero: doctorado en Minnesota; profesora en San Diego y Toronto; catedrática en Escocia. Como su mentor –y también ‘minnesoto’Andreu Mas-Colell o como Xavier Sala i Martín, profesor en Columbia y ‘opinador’ de coloristas chaquetas.

Hay un segmento demográgico que solo vive en catalán, que tiene dificultades con el castellano funcional

Cualquiera que fuera el entorno personal y educativo que forjó el independentismo de estos tres destacados economistas, con seguridad no les impidió obtener un dominio funcional del español. Y por tanto, disponer del recurso utilitario al tercer idioma mundial después del chino mandarín y el inglés con 420 millones de hablantes.

El desinterés en hablar, o fomentar que se hable, correctamente el español en Cataluña es una realidad constatable. No se necesitan informes del Ministerio (bajo sospecha desde que el infausto José Ignacio Wert se propusiera ‘re-españoilzar’ a los alumnos catalanes) o del propio Departament de Ensenyament. Basta haber realizado unas cuantas entrevistas de selección laboral, editado textos en castellano de quienes escriben primariamente en catalán o escuchar hablar a unos cuantos políticos como Joaquím Forn o el propio president Puigdemont.

Es la ‘desinmersión’. Los alumnos del sistema público que no adquieren en su entorno particular suficiente español de forma natural, no lo obtienen a lo largo de su recorrido educativo. Aunque no se persiga intencionadamente fomentar el sentimiento de que España es un ente ajeno y foráneo, como acusan algunos anti-nacionalistas, el resultado es problema político. Pocas cosas son más políticas que la educación, porque configura las mentes, da forma al espíritu y encauza las emociones.

Hay un desinterés evidente en hablar correctamente español, da igual a los nacionalistas, basta escuchar a algunos consellers

El primer nivel de la élite política de Cataluña es cosmopolita. Jordi Pujol i Soley (Deutsche Schule) puso los cimientos sobre los que sus herederos pretenden hoy levantar la futura república catalana. Artur Mas (Lycée Français) o Oriol Junqueras (Liceo Italiano) también tuvieron familias que les pagaron una educación privada bilingüe. Todos ellos tuvieron la libertad –el derecho— de decidir sus convicciones en ambientes abiertos e internacionales.

Sin embargo, una parte sustancial –quizá la mayoría— de los alumnos del sistema público catalán, no tienen esa elección. No saldrán del colegio público en Castellbisbal –como tampoco lo harían en Colmenar Viejo, para ser honestos— con un nivel de inglés que les dé acceso al mercado británico o americano más allá de servir mesas, salvo que lo adquieran privadamente. Si, encima, están limitados funcionalmente en español, su carencia formativa les acerca a la penuria, aunque no le perciban así.

Para ellos, el mundo conocido empieza en el Rosellón y termina en les Terres de l’Ebre. A efectos prácticos, la Tierra podría ser plana. Más allá de su confín lingüístico, que también es mental y emocional, hay una realidad ajena, hostil, a la que no conviene acercarse.

Al limitar el universo cognitivo y vital al que se expresa en un único idioma se ha fomentado indirectamente la adhesión unívoca a un sistema de creencias sobre lo que debe ser Cataluña. ¿Resultado de un plan o consecuencia de una política mal aplicada? Si la tentación de los políticos es la independencia de un país en lugar de la independencia de las mentes, Cataluña será cada día más pobre y más pequeña. Y también es probable que se repitan atropellos institucionales como los de esta semana. 

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