La hiperactividad de Pablo Iglesias

30 de noviembre de 2016 (06:00 CET)

Me dice un  buen amigo médico que Pablo Iglesias tiene todos los síntomas de una enfermedad de moda. TDAH, que son las siglas en inglés de lo que aquí se conoce como hiperactividad y déficit de atención. Son esos niños, a veces insoportables, que no pueden parar quietos; les es imposible prestar atención salvo en intervalos pequeños de tiempo; necesitan ocupar su cerebro en varias cosas a la vez y no pueden permanecer atentos y tampoco pueden estar sin hacer nada.

En general son personas muy inteligentes, con facilidad de expresión, brillantes y creativos, pero con dificultades para desarrollar labores prolongadas cuyos resultados haya que esperar durante un tiempo.

Desde que mi amigo me hizo este comentario observo la hiperactividad de Pablo Iglesias con la sensación de tener una explicación científica. Necesita llamar la atención continuamente, cambia sus estados de ánimo y me parece que además tiene una cierta dificultad para asimilar las contrariedades y cumplir las reglas que permiten que las pequeñas frustraciones sean transitables.

No sé si estas dolencias llevan consigo intransigencia y actitudes marcadas por la soberbia. La sensación que me producen las conductas de Iglesias es la de tener en algún lugar del subconsciente un odio antiguo, no amortizado, que irrumpe en cuanto le rozan la piel con la más mínima contrariedad. No sé si fue un niño feliz.

Ahora esta enfermedad tiene tratamiento. En mi colegio, cuando era muy pequeño, tenía un compañero que ahora pienso que padecía esta enfermedad. Era terrible en el colegio, suspendía siempre y era muy rebelde a la disciplina, la cual eludía con confrontación. El estar castigado permanentemente no le convocaba a cambiar su conducta.

Entonces todo se resolvía con una bofetada, una reprimenda y algunas amenazas. Por supuesto, con castigos. Luego a este chico le fue muy bien en la vida.

El líder de Podemos debiera ser un hombre feliz. No lo parece. Ha conseguido liderar un partido político que en muy poco tiempo ha obtenido resultados brillantes naciendo de la nada. Y sin embargo, tiene dos atracciones que pueden llegar a ser fatales.

Tiene una necesidad extrema de ocupar el escenario. Manifiesta prisas para logros que resultan imposibles. Es ácido, impertinente, hiriente, probablemente como método elegido para tener notoriedad. Su atmósfera es la confrontación. Su comportamiento, absolutamente narcisista. Se quiere tanto que exige reconocimiento a cada uno de sus actos. También parece un jugador compulsivo que no se satisface con los premios que alcanza y tiene necesidad de seguir arriesgando.

Recuerdo aquellas confesiones que hizo públicas sobre la periodista Mariló Montero, en las que expresaba sus sueños de azotarla. Las organizaciones feministas, extrañamente, no se le tiraron al cuello. Probablemente tiene un conflicto sin resolver con las mujeres o a lo mejor es un machista que no puede ocultar esa condición. Los hechos apuntan en esa dirección.

Al principio, el niño grande Iglesias convocaba admiración. Se le perdonaba casi todo. Los resultados electorales del mes de Junio, en los que Unidos Podemos perdió un 1.200.000 votos en relación a los resultados que en los anteriores comicios sumaron Izquierda Unida y Podemos, son un indicio claro de que ya hay mucha gente que no ya no apuesta por él. Muchos periodistas fueron complacientes con él; ahora empieza a resultarles extraordinariamente cansino.

Tiene un pensamiento mutante. Ha pasado de manifestar una admiración inexplicable --salvo por la financiación que para sus proyectos consiguió-- por el régimen venezolano a evitarlo. Quería nacionalizar la prensa española. Luego fue socialdemócrata. No oculto sus ansias de control y de poder, en su oferta al PSOE para formar gobierno. Sigue dando vueltas a la definición política que no llega a concretar.

Su actitud ante la muerte de Rita Barberá fue la de un hombre sin piedad. Exigió a todos los miembros de su grupo parlamentario que se ausentasen del minuto de silencio, porque considera que la fallecida no merecía ese reconocimiento, que no es mucho.

Tiene una cierta tendencia al caudillismo. Sus crecientes discrepancias con su compañero de facultad, Iñigo Errejón, pudieran indicar que solo admite relaciones de sumisión.

Estoy convencido de que padece el mal de la hiperactividad y déficit de atención que le impide el sosiego. Mi amigo médico dice que el psicoanálisis ayuda mucho a soportar las contrariedades de ese padecimiento. Incluso creo que a él le gustaría tumbarse en el diván, porque una introspección realizada por una persona inteligente puede resultarle placentera, si como creo que sucede, tiene un narcisismo inconmensurable.

Al escribir este artículo tengo la sensación de haber encontrado la explicación a un enigma. ¿Por qué odia tanto alguien que tiene motivos para estar feliz? Tal vez por casualidad Pablo Iglesias lea estas líneas. Me alegraré si le resultan de utilidad.  
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