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Con la utilización del 155 de la Constitución surgen muchas ideas sobre España, tantas que es imprevisible lo que ocurra

Fèlix Riera

El presidente del Gobierno, Mariano Rajoy, quiere recuperar el Estado en Cataluña, con el 155 de la Constitución. EFE/Juan Carlos Hidalgo

Barcelona, 25 de octubre de 2017 (19:53 CET)

Por un lado, tenemos la España que propone Ciudadanos, que pretende fundar una nueva España dispuesta a dejar sin agua al independentismo, aplicando rigorosamente el artículo 155. Por otro, está la España del PSOE que busca desplegar el artículo 155 sin que suponga un lastre para su proyecto de una España federal.

También está la España del PP, que busca gestionar un 155 que deje a Barcelona al mismo nivel que Niza: una ciudad de provincias agradable pero triste. Está la España de Podemos, que quiere cambiar España desde Cataluña pero sin que Cataluña se dé cuenta. En fin, lo quiere todo y de una sola vez. Y por fin, está la No España de los independentistas, cada vez más exigente con la España de la que quiere desprenderse. Le pide separarse de ella al margen de la ley y a pesar de las consecuencias.

El 155 puede actuar como un agujero negro y absorberlo todo

Gracias al caso catalán hoy tenemos tantas Españas que falta tiempo para calcular las consecuencias que puede acarrear cambiarla en cada una de las posibles direcciones. Pero todas coinciden en una cosa: que la España que se abre paso es la España del 155 con su capacidad de absorberlo todo, como antes lo ha estado haciendo la Cataluña de la DUI.

El artículo 155 tiene una propiedad nueva a todas las leyes hasta ahora conocidas, pues permite hacerlo todo, obliga al contrario a aceptar lo inevitable, todo lo que toca evoluciona hacia la nada y obliga a desprenderse de todo lo innecesario. Lo innecesario es todo aquello que puede ser sustituido por el Estado. La razón por la que ha costado tanto su aplicación es por el hecho de que su naturaleza coincide con la de los agujeros negros. Como ellos, la aplicación del artículo 155 lo absorbe todo, incluso a los que lo han puesto en marcha.

Conviene que los que tienen que gestionarla tomen distancia para alejarse de su poder transformador de la realidad política catalana. El artículo 155 funciona como un martillo que cuando ve un clavo no deja de golpear. Si uno no se detiene a tiempo, puede acabar haciendo un boquete en la pared o, lo que es peor, acabar comprobando todo lo que vibra y se mueve como resultado de golpear ese clavo.

Hay que centrar todos los esfuerzos en unas nuevas elecciones que dejen sin efecto la DUI y el 155

El reto legal político y cultural de convivencia que ha planteado el independentismo no debería provocar el fin de la España de las autonomías sino buscar la creación de espacios de diálogo para su reformulación. El 155 como sistema de contención puede ser un acierto, pero el 155 como sistema de destrucción de toda la actuación de gobierno de la Generalitat puede ser un gran error.

El catalanismo moderado, que se manifiesta abiertamente crítico con la deriva independentista, puede acabar siéndolo con una idea de España que busque en el 155 acabar con el estatuto de autonomía de Cataluña, como intentó hacerlo el Gobierno de la Generalitat el 6 y el 7 de septiembre . De la misma forma que el independentismo ha dividido la sociedad, no parece lógico ni oportuno aceptar que también lo haga el 155. Por todas estas razones, hay que centrar todos los esfuerzos en unas nuevas elecciones que dejen sin efecto la DUI y el 155.

 

 

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