La decadencia socialdemócrata en Europa

28 de marzo de 2016 (14:22 CET)

Los partidos socialdemócratas habían sido generalmente aceptados por los poderes económicos dominantes como una herramienta para frenar el avance electoral de los partidos comunistas tras el inicio de la Guerra Fría. Los poderes económicos incluso aceptaban las propuestas de reforma del sistema siempre que no se pusiera en cuestión el propio sistema, y en este sentido eran la alternativa a las opciones de derechas, conservadoras o liberales, que eran las más fieles representantes del capital. Incluso a la socialdemocracia se la llegaba a denominar desde la izquierda comunista como el "fiel gestor del capitalismo", puesto que sus reformas permitían evitar el estallido social.

Todo esto cambió con la caída del bloque soviético. El comunismo se diluía como alternativa y al capital ya no le hacía falta ningún proyecto que comportara reformas y límites al poder del libre mercado.

La socialdemocracia que puede presumir de ser impulsora del estado del bienestar y que, fundamentalmente, benefició con su reformismo a las clases trabajadoras de la Europa occidental, se vio desalojada de su papel de mediador entre el capital y el trabajo. Desprendido del hundimiento del enemigo soviético el capitalismo se encontró sin adversario y pudo imponer su modelo económico por todas partes con el impulso de la globalización.

La socialdemocracia europea no supo reaccionar ante la nueva situación política y la derecha se fue imponiendo con políticas cada vez más liberalizadoras representadas especialmente por las políticas ultraliberales de Margaret Thatcher. Después de una etapa en que la derecha gobernó de forma generalizada los principales países europeos, apareció la tercera vía del laborista de Blair. Una política que deja atrás el carácter reformista de la socialdemocracia y se convierte en una socialdemocracia "descafeinada", o lo que podemos denominar como "social-liberalismo".

Con esta política ni siquiera se ponen en cuestión temas como las privatizaciones de bienes públicos. Se produce incluso un divorcio con el sindicalismo, una aceptación del liberalismo económico sin restricciones, la aceptación del esquema tatcherista, del capitalismo popular y el recorte de lo público en beneficio de lo privado. Así como la primacía de los factores macroeconómicos de la economía por encima del bienestar de la ciudadanía.

La nueva idea preside también las políticas del segundo gobierno de Schroeder en Alemania, con la aprobación de las primeras medidas de austeridad en la UE, los programas Hartz y Agenda 2010. El último fue el prólogo y el ejemplo de las futuras políticas de austeridad en Europa.

La crisis económica derivada de la crisis financiera de finales de los 2000 fue un ejemplo de que el sistema económico ultraliberal de la derecha no funcionaba y hacían falta cambios. Incluso el conservador Sarkozy hizo famosa la frase de que había que "refundar el capitalismo". Era la muestra más clara de que había que cambiar de políticas. La de la derecha del libre mercado se había demostrado negativa.

A pesar de esto, la gestión de la crisis europea se dejó en las mismas manos de sus responsables. La socialdemocracia europea no sólo no fue capaz de presentar ninguna alternativa, sino que fue seguidora y cómplice de las nuevas políticas de ultraausteridad.

Tres ejemplos son claros para ver esta inacción total y sometida de la socialdemocracia a las políticas de la derecha encarnadas por Ángela Merkel y su gobierno de coalición con el SPD.

En primer lugar, el Gobierno de la Unión europea formado por  los democratacristianos, los liberales y los socialdemócratas durante toda la crisis y de la aplicación de sus políticas austericidas. Hemos visto que los socialistas no movieron un dedo para ayudar a Tsipras y Syriza en Grecia. Al contrario, les interesaba que fuera derrotada una voz alternativa. Ahora mismo podemos ver como Hollande ha aplicado una reforma laboral en Francia inspirada en la del PP de Rajoy. También como Renzi se aliaba con Berlusconi para eliminar el pluralismo de la vida política italiana y como legislaba con políticas contrarias a las clases trabajadoras con recortes a la función de los sindicatos.

En segundo lugar, la socialdemocracia y las derechas conservadoras y liberales son partidarias de la firma del TTIP con Estados Unidos. Sin emportar la pérdida de derechos, no sólo de soberanía por los Estados miembros frente a las multinacionales, sino sociales, ecológicos, laborales y de consumo para la ciudadanía europea.

En tercer lugar, la política hacia los refugiados y el pacto con Turquía, adoptado no por la derecha conservadora y la mayoría de los socialdemócratas. Incluso en Alemania, los dirigentes del SPD han tenido una actitud crítica frente a la canciller Merkel por su inicial apoyo a la entrada de refugiados.

Este silencio político de los socialdemócratas, esta carencia de proponer políticas de progreso diferentes de las de las derechas es una muy mala noticia para los partidarios del cambio en los diversos países y en el conjunto de la UE.

Para conseguir un viraje en el rumbo habrá que levantar una alternativa realmente de progreso y de izquierdas muy amplia, y sería conveniente poder contar con lo que todavía representa la socialdemocracia. Esto no será posible si no se ve forzada a cambiar, cómo pasó en Portugal.

Por ello, hay que considerar importante el papel que pueda jugar, si perdura en su liderazgo, el actual líder laborista Jeremy Corbyn. Sería positivo que esta visión diferente se consolide y sea capaz de contagiar a otros partidos socialdemócratas si pretenden continuar siendo una referencia para las clases populares después de todo el que han hecho en los últimos 25 años.

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