La avería del ascensor social en Cataluña

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El ascensor social no funciona en Cataluña y numerosos datos desmienten la cohesión social de la que hace gala el gobierno catalán

Sonia Sierra

Artur Mas, con Carme Forcadell y Oriol Junqueras al llegar al Tribunal Superior de Justicia de Cataluña. / EFE
Artur Mas, con Carme Forcadell y Oriol Junqueras al llegar al Tribunal Superior de Justicia de Cataluña. / EFE

Barcelona, 23 de mayo de 2017 (18:30 CET)

Pasé mi infancia y adolescencia en Rubí, una ciudad obrera que se fue configurando a partir de las personas del resto de España llegadas a Cataluña con la esperanza de un futuro mejor para ellos y, sobre todo, para sus hijos. Crecí con la firme creencia de que estudiar era la mejor manera de prosperar en la vida, en una especie de confianza ciega en la cultura del trabajo que era muy común a mi alrededor.

De hecho, el instituto público al que asistí -y del que guardo de los mejores recuerdos de toda mi vida- recibía año tras año una felicitación oficial porque todos los alumnos que se presentaban a la selectividad, la aprobaban. En la inmensa mayoría de los casos, éramos los primeros de nuestras respectivas familias en llegar a la universidad.

La educación funcionaba entonces como un ascensor social, ascensor que hoy está estropeado como demuestran de manera abrumadora diferentes indicadores. En la ciudad de Barcelona, por ejemplo, un alumno de Ciutat Vella tiene ocho veces más posibilidades de fracaso escolar que uno de Sarrià. Esto quiere decir que la situación socioeconómica de las familias prácticamente determina el éxito o el fracaso escolar de un alumno.

Es como si nacieran ya con las cartas marcadas, algo inaceptable en una sociedad desarrollada. De hecho, gran parte de los alumnos matriculados en los centros públicos de Ciutat Vella no llegan a la universidad. Se trata de un dato demoledor que debería abrir portadas de diarios y que, sin embargo, pasa desapercibido. Y estas diferencias no se dan tan sólo en esta ciudad sino en la mayoría de las más pobladas como Terrassa, Sabadell, Cerdanyola, Badalona, Tarragona, Lérida y Gerona.

Gran parte de los alumnos matriculados en los centros públicos de Ciutat Vella no llegan a la universidad

Y estos no son los únicos datos que nos alertan que no se están haciendo las cosas bien. Cataluña es la comunidad autónoma donde los inmigrantes sacan peores resultados en PISA. En concreto, 10 puntos menos que la media de España.

Y no sólo eso: son los que tienen más percepción de rechazo en los centros escolares, el doble que, por ejemplo, en Madrid o Andalucía. Además, los alumnos de origen sudamericano son los únicos de toda España que sienten aún más rechazo que los que vienen de países con otras lenguas.

Estos datos se ocultan de forma sistemática porque tienen que seguir vendiendo la gran mentira de que el modelo catalán es el único que garantiza la cohesión social.

En el ámbito internacional, cuando se habla de cohesión social en educación se habla de equidad del sistema y de igualdad de oportunidades. Como hemos visto, en Cataluña, nacer en un barrio u otro o ser de origen inmigrante marca las posibilidades de éxito o fracaso escolar. Es decir, que el sistema catalán no garantiza ni la equidad ni la igualdad de oportunidades o, lo que es lo mismo, no es el garante de la cohesión social, como repite el mantra oficial sino todo lo contrario.

Afortunadamente, no existe ningún determinismo por el cual ser de origen extranjero o haber nacido en un entorno desfavorecido te aboque al fracaso escolar. Hay prueba evidente de ello en los resultados de las pruebas PISA de otros países o de otras comunidades autónomas como Madrid o Navarra. Y en Cataluña, si bien no es el modelo de éxito del que presumen, sí que hay algunos ejemplos concretos de éxito.

El más destacado es quizá el colegio Joaquim Ruyra, un centro de un barrio humilde de L’Hospitalet del Llobregat, con un 90% del alumnado de origen extranjero y unos resultados académicos muy por encima de la media, al nivel de los colegios de más prestigio.

 

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