Iglesias y Rufián como síntoma

30 de octubre de 2016 (23:00 CET)

Todos los problemas de España se concentran ahora en la actuación del PSOE, y en la decisión de su comité federal de abstenerse en la investidura de Mariano Rajoy. Sí, es extraño, raro en el contexto europeo, que un presidente con tantos problemas internos en su propio partido y con una crisis económica devastadora haya mantenido el Gobierno. Pero la realidad está clara: el PP tiene 137 diputados, lejos de los 182 que obtuvo en 2011. En todo caso, para Podemos, y el independentismo catalán el problema es del PSOE, que lo ha permitido, con esa abstención.

El PP seguirá gobernando, con dificultades, pero con el poder que conlleva el consejo de ministros, porque delante no ha tenido una alternativa clara, posible y viable. Porque delante lo que existe es una enorme lucha por ser el referente de la izquierda, que se encarna en el papel de Pablo Iglesias, al frente de Podemos, con su agresividad respecto al PSOE.

Tuvo una oportunidad, con la investidura de Pedro Sánchez, y no la quiso aprovechar, porque su objetivo es sustituir al PSOE, no colaborar con la formación de un gobierno alternativo.

Ante eso, ¿cuál es el error del PSOE? Seguramente, al margen de los personalismos, de los errores de Pedro Sánchez, y de los barones territoriales, el PSOE no supo defender su propia posición y no negoció su abstención, como clamaba Josep Borrell, lanzado ahora en intentar recomponer el partido.

El PSOE ha estado demasiado pendiente de Podemos, sin poner en valor lo que ha sido y lo que puede seguir aportando a España. Y cuando decidió esa abstención ya era demasiado tarde, penoso, y con el partido completamente roto.

Pero lo relevante en la política española es el cambio que se ha producido, el regreso a actitudes duras, llenas de rencor, que llegan de boca de los más jóvenes. Hay razones para criticar con dureza al PP y al PSOE, para constatar, como ha hecho el presidente del Círculo de Economía, Antón Costas, que el sistema de bienestar se ha concentrado en salvar a los más mayores, y ha condenado a los jóvenes a la intemperie, con un mercado laboral que sólo les ofrece contratos temporales que duran semanas, e incluso horas, en una situación de cambio del modelo productivo.

Pero es difícil de entender esa agresividad, concentrada contra el PSOE, como si fuera el mismo diablo.

La actuación de Gabriel Rufián es incomprensible, emulando a la de Pablo Iglesias. El republicano sacó a colación en el debate de investidura de este sábado el caso Laza y Zabala, como hizo el representante de Bildu, e Iglesias en la investidura de Pedro Sánchez, tras el 20D. ¿En 2016 aún estamos con eso? ¿A un partido que sufrió como el que más la sinrazón de ETA? ¿A que viene esa demoledora apisonadora contra el PSOE?

Se quiere poner en cuestión todo el edificio construido desde la transición, como si hubiera sido una enorme trampa, un colosal engaño. ¿De verdad?

¿Hemos vivido todos una ilusión, y Pablo Iglesias y Gabriel Rufián nos despertarán del sueño?

Construir el relato, esa es la expresión mágica de los asesores en comunicación política. Y en ese relato de la "nueva izquierda", o de los populismos –el independentismo incluido— los españoles viven en una pseudodemocracia, en manos de las elites económicas, y en Cataluña la opresión es ya inaguantable, con un maltrato persistente a sus ciudadanos.

Se inicia un periodo complicado. Ya no se trata de una lucha ideológica, de plantear alternativas en el eje izquierda-derecha. El peligro es el populismo, la bronca permanente, la frase corta y llamativa: Iglesias y Rufián como síntoma.
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