Iglesias, un camaleón con piel de lobo

02 de abril de 2016 (17:20 CET)

Escuché atentamente la conferencia de prensa de Pablo Iglesias después de su reunión con Pedro Sánchez. Conducía plácidamente; esta circunstancia es sedante para mí. Me hace percibir los matices sincronizando sin problemas lo que escucho con el trazado de la carretera y las señales de tráfico.

Me reía cada poco tiempo. Sobre todo cuando repetía con cadencia asimétrica al responder sobre el cese de Iñigo Errejón como jefe de la delegación de negociación con el PSOE. Una y otra vez Iglesias repetía sin cansancio "voy a arremangarme para dirigir la negociación". "Voy a dejarme la piel".

El lobo que exigía la vicepresidencia del Gobierno, el CNI, RTVE, el Boletín Oficial del Estado y no se cuantas cosas más se convirtió en el más humilde de los servidores de España. El resto también fueron eufemismos. Respeta mucho el acuerdo de PSOE y Ciudadanos, pero en ese acuerdo "transversal" de tan poca longitud que se termina en el PSOE, pero no está dispuesto en ningún caso a negociar un acuerdo con Ciudadanos al que invita a un acto de generosidad de permitir un gobierno PSOE-Podemos en el que Ciudadanos solo tiene que votar a favor o abstenerse.

El mundo de la comunicación y la propaganda es magistral.  Hitler trató con mucho éxito de convencer al mundo de que el responsable de la invasión de Checoslovaquia lo tenían los checos que maltrataban a los ciudadanos de origen alemán. Luego culpabilizó a Polonia de la invasión alemana de ese país. Goebbels era un experto en propaganda y descubrió que una mentira repetida con el acento adecuado podía pasar por verdad.

En medio de una crisis de consecuencias imprevisibles en el seno de Podemos, el camaleón Iglesias se ha transvertido en monja de la caridad que está dispuesto a quedarse fuera del Gobierno y pide la generosidad a Ciudadanos que él no tuvo nunca con el pacto que ese partido suscribió con el PSOE. Como marketing está muy bien ese invento de la vía del 161 frente a la del 131.

Queda exactamente un mes para la convocatoria automática de nuevas elecciones. Y sin embargo los nervios no han aflorado. Pedro Sánchez ha renovado el compromiso de volver a consultar a las bases de su partido si existe un pacto distinto del que fracasó en las dos sesiones de investidura. Dado que los militantes socialistas no supieron qué votaban en el referéndum anterior, no tiene mucho sentido consultarles ahora. Pero es como un freno para una posible marcha atrás. Sigo pensando que Podemos no quiere un acuerdo con el PSOE y que al PSOE no le conviene otro acuerdo que no sea la abstención de Podemos.

Hay un factor crítico. Ciudadanos nunca apoyará un gobierno con Podemos y tampoco se abstendrá. Y a Pedro Sánchez le pasaría factura en su credibilidad romper el acuerdo con Ciudadanos para pactar con Podemos.

También he creído siempre que el estómago se encogerá cuando se agote el tiempo. Empiezo a ser partidario de la repetición de elecciones que permita a los ciudadanos juzgar el postureo de cada partido en estas negociaciones inútiles.

Al camaleón se termina por descubrir por mucho que cambie de color para camuflarse en el paisaje. Como Podemos es un universo de lealtad difícilmente quebrantable, es de suponer que Iglesias podrá seguir siendo lobo o cordero en función del guión de cada ocasión.

A mí, conduciendo plácidamente, escuchando sus arengas en tono extraordinariamente humilde y sosegado, me entraba la risa. Ahora, cuando escribo estas líneas me convoca una suerte de indignación y de ternura. Pienso que estamos en un mundo en el que Donald Trump y Pablo Iglesias pueden ganar elecciones. No me angustia ni me promueve zozobra porque no tengo ninguna responsabilidad en esos posibles dislates. 

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