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España tiene una oportunidad para posicionarse de nuevo si sabe actuar globalmente, toma altura y abandona el estéril valle del debate territorial

Santiago Mondéjar

España debe actuar globalmente, y para ello es fundamental la diplomacia, que dirige el ministro Alfonso Dastis

Barcelona, 27 de noviembre de 2017 (12:51 CET)

No puede haber mejor muestra del daño que el empecinamiento separatista catalán está causando a los intereses españoles en el mundo global que la marcha de los buques insignia empresariales de Cataluña y la guinda en el pastel que supone el no haber logrado que la Agencia Europea del Medicamento se instale en Barcelona. Demasiados empresarios y creadores de opinión parecen instalados en un confortable marco mental que les sugiere un mundo estático, en el que problemas como el creado por el nacionalismo catalán permanecen en un redil local. Nada está más allá de la realidad. Nos hallamos inmersos en una  economía líquida y dinámica, en la que hasta el aleteo compulsivo de una palomilla catalana alrededor a un farol estelado tiene serias repercusiones al otro lado del globo.

Uno de los hándicaps de nuestro país es una tendencia al ensimismamiento, y a un conformismo empresarial que es una cortapisa para alcanzar todo lo que como país podemos lograr. Es una mentalidad que, sin ser generalizada, tiene la suficiente masa crítica como para ser una rémora en nuestra prosperidad. Hasta el punto de que entender el mundo en el que vivimos y sus dinámicas es uno de los mayores retos que tienen tanto el empresariado español como sus instituciones académicas. El caos catalán debe ser un revulsivo para la sociedad española en su conjunto. Pero mientras sigamos haciendo análisis basados en los paradigmas del periodo de entreguerras del siglo XX,  ni sabremos adonde ir, ni como llegar hasta allí.

La gestión de las relaciones internacionales y los conflictos entre estados ha sido una institución fundamental en el sistema internacional wilsoniano que determinó la praxis política mundial durante décadas. Hasta fechas recientes, esta diplomacia de corte tradicional fue potestad exclusiva de los estados.

El caos catalán debe ser un revulsivo para la sociedad española en su conjunto, abandonando ya el ensimismamiento

Ciertamente, el aparato estatal de la diplomacia clásica sigue funcionando y desarrollando tareas significativas en la esfera internacional. No obstante, aunque la diplomacia del siglo XXI seguirá en parte teniendo estos atributos clásicos, el dinamismo de la globalización y la eclosión de la sociedad de la información obligan a que vaya más allá, dejando de ser un monopolio estatal para evolucionar hacia una responsabilidad compartida con la sociedad civil en su conjunto.

Los cambios experimentados por la sociedad internacional desde la caída del Muro de Berlín han comportado la alteración radical del concepto de diplomacia. No solo ha aumentado el número de países en liza, sino que la polaridad EEUU-URSS ha dado paso a un mosaico de poderes emergentes que han desplazado el centro de gravedad al próximo y al lejano oriente, habida cuenta de la pérdida de peso especifico de las antiguas potencias y la irrelevancia de facto de la UE en el terreno diplomático.

Al mismo tiempo, la creciente relevancia pública de ONG,s, Movimientos Políticos y Grupos de Presión ha permitido el desarrollo de una actividad para-diplomática asimétrica, que no por ser heterodoxa resulta menos eficaz.  España no puede ignorar esta nueva realidad, ni las oportunidades que de ella se derivan.

No solo las agendas globales determinan cada vez más nuestra política interna, sino que en paralelo la fragmentación de los actores internacionales y la consiguiente naturaleza global de las problemáticas requiere dar una respuesta pronta y proactiva que solo puede hacerse de manera eficaz si implica la participación coordinada de agentes estatales y de actores de la sociedad civil.

La diplomacia de España debe colocarse en el centro, con una mayor actividad y agilidad en todo el mundo

Esto es así porque hay una amplia gama de funciones y servicios consulares que tienen que hacer frente a un número creciente de demandas, debido al aumento exponencial de los flujos de personas fruto de la expansión de los entramados comerciales entre países y el solapamiento de múltiples sistemas normativos y legales.

España debe reconfigurar su modelo diplomático para sacar partido de esta nueva situación.

Es necesario que el cuerpo diplomático disponga de una red ágil y de geometría variable. Que sea capaz de actuar como correa de transmisión de las Políticas de Estado y los Intereses Nacionales y a la vez colaborar tanto en aquellas tareas administrativas que puedan ser delegadas a organizaciones civiles como en el fomento de complicidades locales promocionado la Marca España. Es decir, crear un sistema diplomático líquido que facilite el desarrollo orgánico de aquello que se ha venido en llamar «poder blando».

El escenario internacional contemporáneo está condicionado por la instantaneidad y ubicuidad de la información. España debe disponer de una diplomacia pública actualizada para aprovechar este contexto para potenciar la divulgación de sus valores, principios y cultura, para mejor servir sus intereses nacionales por medio de la obtención de influencia en múltiples ámbitos internacionales, y a todos los niveles, hilvanado un hilo conductor que habilite la coherencia entre las actuaciones y el discurso de la política exterior. 

Para tener éxito España debe tomar altura y dejar de lado el esteril valle del debate territorial

Una estrategia diplomática de esta índole requiere elasticidad y dinamismo en la elaboración y propagación de los mensajes. Para ello, las estructuras en red son más eficaces que los sistemas lineales. Los primeros permiten a sus nodos más próximos al público objetivo la transmisión adaptada de la doctrina diplomática, haciéndola relevante a la audiencia al conectarla a su contexto geográfico y sociopolítico y siendo por lo tanto capaz de incidir en la opinión pública.

Esto requiere desarrollar una red mixta, constituida tanto por elementos oficiales como por entidades autónomas que actúan simbióticamente con los interés diplomáticos españoles gozando de un autonomía tutelada.

Es precisamente esta independencia operativa y su naturaleza distribuida la que brinda la capacidad de multiplicar el alcance de las iniciativas diplomáticas llegando a grupos claves y estratégicos como creadores de opinión, periodistas, políticos, académicos, intelectuales y agentes económicos. En definitiva, este marco de trabajo se basa en transcender la acción diplomática clásica superando un “modelo informativo” enhebrado como elaboración y difusión lineal de mensajes adoptando un “modelo relacional” que la formula como un proceso social de construcción de relaciones interactivas, en las que los elementos clave son el mutualismo y la reciprocidad y cuya piedra angular es la implicación de agentes sociales en funciones diplomáticas.

La necesidad de expandir el “poder blando” español es un elemento estratégico clave no solo para resituar la nación en el espacio que le corresponde por su importancia geoestratégica, económica y cultural, sino también, y crucialmente, para inducir la cohesión interna fraguando la ambición y la influencia de España en un mundo global del que no podemos aislarnos.

La nueva correlación de poder consecuencia del Brexit y la presidencia de Donald Trump ofrecen a España una oportunidad histórica para ejercer una nueva diplomacia destinada a ocupar decididamente nuevos espacios estratégicos, consolidando al tiempo su vocación europeísta y recuperando su proyección atlántica, reforzando los vínculos americanos y reafirmando la importancia histórica de nuestro país en el teatro mediterráneo. Pero para ello debemos tomar altura para tener la perspectiva que perdemos al permanecer estacionados en el estéril valle del debate territorial.

 

 

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