España se salvará si es menos española

26 de abril de 2016 (23:00 CET)

Se acabó. No había ninguna posibilidad. Los partidos políticos no quisieron negociar a fondo entre ellos desde la noche electoral del 20 de diciembre, y aunque hubo intentos interesantes, como el acuerdo entre el PSOE y Ciudadanos, el colapso ha sido total. España no tiene gobierno, y los ciudadanos deberán volver a las urnas el 26 de junio. No es un drama. Pero es un fracaso en toda regla.

España ha transitado con éxito desde la transición. Se quedaron muchos aspectos sin resolver, y se asumió que todo se iría arreglando con el tiempo. Hay más luces que sombras, pero hay sombras. Una de ellas es esa rivalidad soterrada que domina la vida política y que es paralizante.

Ha ocurrido con el proyecto de Podemos, cuya dirección tiene el claro objetivo de superar al PSOE y ser la referencia de la izquierda. Esa idea enlaza con el PCE, con el comunismo que, aunque colaboró como nadie durante la transición, no asumió que el PSOE les ignorara por completo después de conseguir la mayoría absoluta en 1982. Esos dirigentes, que han bebido de forma incomprensible de experiencias tan negativas como el chavismo en Venezuela –y no es una crítica forzada o recurrida-- siguen pensando que la transición fue un gran engaño y que no se produjo la necesaria –a su juicio-- ruptura.

Los socialistas, a su vez, han pecado por no asumir que su papel en la política española se ha ido debilitando no sólo desde la pérdida del poder en 2011. Como toda la socialdemocracia en Europa, el PSOE no ha sabido conectar con las clases medias, y ha dejado a la intemperie a las clases populares, que se han visto desbordadas por los excesos de la economía de mercado y de la globalización. En cualquier caso, el PSOE, con su acuerdo con Ciudadanos, ha querido seguir anclado en ese centro-izquierda, anclado en posiciones realistas de gobierno. No podía ser menos en un partido con responsabilidades de gobierno durante tantos años en España. Pero el peligro de dejarse llevar por el populismo existía.

En el otro lado está el PP. Es cierto que ganó las elecciones, y la primera fuerza política debe ser respetada, a no ser que huya del partido a los pocos minutos de comenzar. Mariano Rajoy no intentó un acuerdo serio con el PSOE, porque lo que primó es una estrategia pasiva, como aquellos tenistas que resisten en el fondo de la pista, que lo devuelven todo y esperan la desesperación y el fallo del contrario.

La supuesta responsabilidad del PP se debe poner en tela de juicio. En mayo de 2010, cuando España estaba al borde del abismo, cuando la Comisión Europea presionó a Rodríguez Zapatero para que reorientara por completo su política económica, con llamada de Obama incluida, el PP no apoyó en el Congreso el paquete de medidas de recorte presupuestario. Lo hizo, con una abstención, el grupo de CiU, que ahora ha dejado de existir. ¿Nadie se acuerda de eso? 

Sabiendo que todo se había debido a un descenso de los ingresos nunca visto, a un derrumbe de la economía española por la crisis económica internacional, --iniciada por la crisis de las subprime en Estados Unidos-- el PP no dejó de castigar el higado del PSOE para conseguir el poder, asegurando que con ellos volvería la recuperación. Y resultó que no era así, que los excesos en las facilidades del crédito y el boom inmobiliario se habían iniciado en la etapa de José María Aznar.

Los problemas económicos y sociales de España no se pueden abordar de forma tan distinta como han mostrado en estos cuatro meses los cuatro partidos que podían haber formado gobierno: PP, PSOE, Ciudadanos y Podemos. No estamos en un país con unas diferencias abismales, sin clase media, con desastres naturales, o con una oligarquía que se lo queda todo. Estamos en la Unión Europea, con dificultades, con problemas de formación en una parte de la sociedad, que se traduce en un paro estructural que obliga a un plan de choque. Los problemas no son menores, pero no constatan que sea imposible la formación de un gobierno, con combinaciones diferentes.

En muchas ocasiones a España le iría mejor si fuera menos española, si pensara que la colaboración es mejor que la bronca con el adversario.

A pesar de que desde la transición España ha avanzado, no es menos cierto que los dos grandes partidos, las dos grandes culturas políticas en España, el PP y el PSOE, apenas han colaborado, aunque Podemos diga lo contrario.

Queda un poso muy español, un poso cultural, como explica en muchas ocasiones el hombre sabio que es Carlos Aragonés –jefe de gabinete en los gobiernos de Aznar-- que imposibilita el diálogo franco.

Tras las nuevas elecciones del 26 de junio, España debería comenzar a ser más anglosajona, más alemana, y menos española.

Los dirigentes políticos se juegan el futuro de todos los ciudadanos. Y el rey Felipe tendrá, además, un papel primordial, ahora sí. Necesita ejercer, de verdad, de jefe del estado. También él debe cobrar una mayor legitimidad a ojos de todos.
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