Entre el oportunismo soberanista y el tancredismo gubernamental

13 de septiembre de 2014 (19:36 CET)

Finalmente… ¿cuántos fueron a la Diada de este año? De verdad, ni lo sé, ni me importa. Y no creo que debamos perder ni un minuto más en elucubraciones sobre una cifra imposible de acertar. No recuerdo una controversia más inútil y perniciosa en los últimos años. Hubo mucha, muchísima gente, y el despliegue por tercer año consecutivo resultó espectacular. Fueron, con seguridad, bastantes menos de los que decían sus promotores y muchos más de los que algunos medios y foros aseguran. Y, ¿qué más da?

En la era en la que vivimos tenemos afortunadamente instrumentos mucho más fiables para conocer el estado de la ciudadanía, sus temores y sus anhelos. Las más solventes empresas que en nuestro país sondean la opinión pública vienen reflejando, punto arriba punto abajo, con bastante claridad cuál es ése estado, sin necesidad de reportajes aéreos sobre la magnitud de la demostración de fuerza que vivimos este 11 de septiembre.

Esos análisis dibujan, muestra tras muestra, que hay una mayoría clara a favor de la consulta en Catalunya y aproximadamente un empate entre los partidarios de la independencia y los que estarían cómodos con quedarse como están o con que la administración autonómica aumentara su nivel de recursos y competencias sin romper con España. Entonces, después de este último 11-S, ¿qué?

Pues lo único que parece que ha tenido un crecimiento importante ha sido el cabreo de los ciudadanos que sienten encontrarse en un bucle, como esos hamsters condenados a girar y otra vez sobre un cilindro para divertimento de espectadores. Un bucle entre el discurso oportunista y tramposo del soberanismo y el tancredismo del gobierno con la Constitución como muleta.

Si existe una parte sustancial e importante de Catalunya que no desmaya en su pulso con España y tenemos una Constitución que impide el camino diseñado por éstos, habrá que buscar caminos que no sean la aplicación pura y dura del Código Penal que propone el fiscal general del Estado (¡qué gran ocasión para haber estado calladito!) o la irresponsable desobediencia civil que defiende el talibán (y no sólo por esto) de Oriol Junqueras.

Y es que lo que seguramente más duele a una buena parte de los catalanes y de los españoles y de las personas con un cierto sentido común es la falta de iniciativas políticas, no guiadas por el tacticismo más ramplón, que hay sobre la mesa y a las que poder asirse para no caer en la desesperación de ese cilindro rodante que nos han puesto en los pies.

Desde luego si toda la oferta política que tiene el principal partido español es el frente unionista que defendió en Catalunya la inefable María Dolores de Cospedal o si el referente político que tienen las clases medias catalanistas son el Mas que habla de cosas como el precio de la libertad, en un lenguaje más propio de Espartaco o del Ché Guevara que de un dirigente político europeo del siglo XXI, pues apañaos vamos.

Por favor, no sé si es tarde y no queda más destino que la frustración o el enrabietamiento, pero es como nunca el tiempo de la política. Una política con mayúsculas que busque complicidades, que transacciones y construya mayorías de nuevos consensos. Sí, me dirán algunos de ustedes, pero si a pesar de todo, el desafío constitucional se consuma… Lo urgente se resuelve con la ley, pero lo realmente importante no.



Suscribir a boletines

Al suscribirte confirmas nuestra política de privacidad